Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 60
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CAPÍTULO 60

Apenas terminó la comunicación con Sallent, Laura activó en su teléfono la grabadora de llamadas y marcó el número de Comodoro Rivadavia que le había proporcionado un colega de la Policía de Chubut. Tuvo tiempo de balancearse varias veces sobre la pelota de pilates hasta que respondieron.

―Buenas tardes. ¿Hablo con Gregorio Oyarzo?

―Sí. ¿De parte de quién? ―preguntó una voz áspera, de hombre mayor.

―Mi nombre es Mariela García, soy escritora y estoy preparando un libro sobre el tango en la actualidad. ¿Usted es el padre de Daniel Oyarzo, el violinista de Alma de Arrabal?

―Sí. ¿Quién le dio mi número?

―El propio Daniel. Lo entrevisté hace poco y le pedí el contacto de su familia. Me interesa mucho explicar el contexto en el que se cría un músico que termina por dedicarse al tango en los tiempos que corren.

Silencio en la línea.

―Por cierto, felicitaciones. Debe de estar usted muy orgulloso. Daniel llegó a lo más alto. Además de hacer giras por todo el mundo, Alma de Arrabal es considerada la mejor orquesta de tango de la actualidad.

Laura cruzó los dedos.

―No se lo voy a negar ―respondió por fin el hombre―. Tanto la madre como yo estamos muy orgullosos. Además, Daniel es hijo único, así que imagínese.

Laura sonrió. Oyarzo padre había mordido el anzuelo.

―¿Entonces me permite que le haga algunas preguntas sobre la juventud de Daniel? Por ejemplo, ¿durante el colegio secundario ya le gustaba el tango?

―Fue ahí donde empezó a interesarse. Tenía un profesor de música que era un personaje. Un porteño tanguero de pura cepa con un enfoque algo excéntrico.

―¿Excéntrico en qué sentido?

―Daniel siempre fue muy bueno para las matemáticas.

Y ese profesor lo interpretaba como una señal.

Le decía que la matemática y la música estaban estrechamente relacionadas.

Daniel lo adoraba y quería que él le diera clases particulares de violín.

El hombre accedió con la condición de que Daniel sacara nueve o diez en matemáticas.

En cuanto bajara a un ocho, se acababan las clases.

―¿Qué tipo de colegio era?

―Religioso, de curas. Se llama San Antonio.

―¿Qué los llevó a mandarlo ahí?

―Somos creyentes, la cuota era accesible y quedaba muy cerca de casa. Fue una buena decisión. No tengo nada que reprocharle al colegio. Además, durante los primeros años Daniel se motivó mucho con la religión y la institución fomentó ese interés.

―Ahora que lo dice, me pareció ver el nombre de Daniel en una lista de monaguillos, ¿puede ser?

―Sí. Durante un tiempo fue más devoto que nosotros, que ya es mucho decir. Después perdió el interés. Normal.

―Claro. Daniel mencionó un cambio de colegio.

―Sí, hizo hasta tercer año en el San Antonio.

―O sea, desde 1991 hasta 1993.

―No me acuerdo los años exactos, pero por ahí debe de ser.

―¿Y por qué se cambió?

―¿No se lo contó?

―No llegamos a profundizar en el tema. La conversación se fue para otro lado. ¿Podría contármelo usted o es algo privado?

Gregorio Oyarzo se tomó unos segundos para pensar. Y después habló.