Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

Siempre hay una señal divina.

No me malinterpreten. Por supuesto que lo más importante es lo otro.

La practicidad. La logística. El lugar que elijo para aliviar la presión en el pecho tiene que ser aislado, pero de fácil acceso.

Un sitio donde un disparo se pierda en la nada.

Por eso prefiero los bosques. Los troncos y el follaje amortiguan los ruidos.

Pero, además, tiene que haber algo que me confirme que he dado con el lugar indicado.

En Ámsterdam fue una ardilla. Me la encontré cara a cara en ese recoveco del Amsterdamse Bos. Me miró a los ojos y con la cabeza hizo un movimiento casi imperceptible. Hacia arriba y hacia abajo, como si me dijera que sí.

En Andorra fue una vieja inscripción en la mesa de cemento con la letra P. Más claro que eso, imposible.

Ahora también la señal es inequívoca. Después de recorrer kilómetros por caminos de tierra dentro del bosque patagónico, llego a este claro junto a una cabaña de madera abandonada.

Al bajarme, me sobrecogen los sonidos. El viento silbando entre las ramas desnudas y algún pájaro cantando de vez en cuando.

Y, de repente, desgarrando esos susurros, un tactactactactac como el de un reloj acelerado.

Tres segundos de silencio y luego otro tactactactactac .

Al alzar la vista, veo un pájaro carpintero negro, con la cabeza de color rojo fuego y del tamaño de una gallina.

Es majestuoso, pero algo me lleva a cerrar los ojos.

La verdadera señal está en el ritmo de su repiqueteo contra la madera de un árbol muerto.

Mentalmente, comienzo a tararear La Cumparsita , y los golpes del animal encajan en los compases como un guante.

Si eso no es una señal, que venga Dios y lo vea.

Caigo de rodillas en la tierra húmeda y blanda del bosque. La Cumparsita no deja de sonar en mi cabeza y el carpintero sigue acompañándola. No puedo contener el llanto. Primero, unas lágrimas silenciosas. Después, un sollozo descontrolado.

Me interrumpe el sonido que hace un palo al partirse cuando lo pisan.

Me invade la sensación de que me observan.

Miro entre los árboles, pero allí no hay nadie.

Quizás malinterpreté la sensación. A lo mejor no me observan, sino que me acompañan.

Y eso también sería una señal. Desde luego, este es el lugar donde le voy a hacer un agujero en el pecho a Leandro Fernández.

Cuando levanto la vista, el carpintero ya no está.