Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 57
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CAPÍTULO 57

Laura había hecho las paces con la idea de tener a Roveda en el mismo barrio y no ir a verla.

Había decidido que pondría a la familia por delante.

Sin embargo, dos días después de la boda, Julián se ofreció a llevar a los novios al aeropuerto de Ezeiza en el coche que había alquilado.

Una cosa era no dejar a Julián por trabajo en medio de otro viaje, y otra muy distinta era quedarse de brazos cruzados esperándolo en el hotel cuando Amalia Roveda estaba a cinco minutos a pie.

Sobre las ocho de la noche, bajó en el ascensor, cruzó el vestíbulo con paso decidido y salió a la calle.

El invierno no acababa de irse en Buenos Aires, y la gente caminaba de un lado a otro muy abrigada.

A Laura le causó cierta gracia. Para una patagónica como ella, doce grados eran una temperatura ideal para ir de camping .

Caminó por las calles empedradas, recordando los años en los que había puesto en pausa su carrera como policía para estudiar la licenciatura en criminalística en Buenos Aires.

De aquel tiempo, trece años atrás, le quedaba un gran recuerdo.

Lástima que, de los compañeros con los que había entablado amistad, no quedaba ninguno en la ciudad.

Algunos, como ella, habían vuelto a sus lugares de origen.

Otros habían aceptado destinos alejados para ascender más rápido en el escalafón del Poder Judicial.

Se detuvo junto a una tienda de ortopedia frente al centro cultural en el que Amalia Roveda dictaba su taller.

Unos minutos más tarde, una decena de personas emergió del edificio cargando estuches de violín.

Algunas se quedaron hablando en la puerta, pero poco a poco el grupo se fue desgranando hasta que la vereda quedó desierta.

Diez minutos más tarde, Amalia Roveda salió del centro cultural con un estuche de violín en cada mano.

Laura cruzó la calle y caminó hacia ella fingiendo mirar el teléfono.

Levantó la vista cuando estaban a punto de chocar.

La violinista se sobresaltó, murmuró una disculpa y se dispuso a continuar sin dar señales de haberla reconocido.

―¿Vos tocás en Alma de Arrabal? ―preguntó Laura.

―Sí. ¿Nos conocemos?

―De la milonga en Málaga.

―¡Es verdad! La escritora. Qué casualidad encontrarte en Buenos Aires.

―Sí, aunque no creo demasiado en las casualidades.

―¿Cómo va tu embarazo?

Laura miró hacia la protuberancia que llevaba meses impidiéndole verse los pies.

―Para adelante.

―Me alegro.

―¿Puedo invitarte a tomar algo?

La violinista alzó una ceja.

―Eh… ¿Cuándo?

―Hoy.

―¿Hoy? No puedo. Me encantaría, pero tengo otro compromiso.

―Aunque sea un café. Por favor. Te quiero preguntar algo muy importante.

―De verdad, no puedo. Si querés te dejo mi número y arreglamos para otro día.

Laura suspiró y le mostró la credencial de policía. Hubiera preferido jugar esa carta más adelante.

―No soy escritora. Estoy colaborando con Europol en un caso de narcotráfico. Necesito hacerte unas preguntas. Y vamos a un bar porque me muero de hambre.

Roveda se mostró sorprendida, pero tras una mirada fugaz a la barriga de Laura, le indicó que la siguiera.

Rodearon la esquina y entraron en un típico cafetín de Buenos Aires. Era un lugar genuinamente antiguo, no como esos locales modernos diseñados para tener aspecto de viejos. Esa longevidad, considerando los vaivenes de la economía, era todo un logro para cualquier comercio argentino.

Las recibió un olor a café y a comida que hizo que Laura salivara.

Nadie le había avisado que durante el último trimestre estaría dispuesta a comerse un elefante a todas horas.

Eligió una mesa para dos en el fondo, alejada de los pocos parroquianos, y se pidió una milanesa napolitana con papas fritas.

La violinista solo quiso una copa de vino.

―¿Narcotráfico, dice? En Andorra nos detuvieron en la frontera para preguntarnos por esto.

―Sí, en Andorra está entrando un montón de droga, posiblemente proveniente de Ámsterdam ―dijo Laura, utilizando la pantalla de Sallent―. Y como ustedes dieron conciertos en ambos lugares y quisieron volver a Andorra, Europol los catalogó como personas de interés.

―¿Narcotraficantes nosotros? Imposible. A ninguno de los siete nos sobra el dinero.

―Esa también es mi conclusión. Con todo respeto, por supuesto. Pero los jefes son los jefes y ellos deciden. Además, no les resulta nada fácil encontrar tareas para alguien en mi condición. Sería muy útil que me permitiera hacerle unas preguntas.

―Sin problema. ¿Qué quiere saber?

―¿Por qué cancelaron la gira por Europa?

―Sergio, el contrabajista, está enfermo.

―¿Qué le pasa?

―Según nos dijo, tiene un enfisema pulmonar. Pero yo creo que es algo más grave. Está internado en el Hospital Italiano.

Laura recordó la tos de ese hombre calvo al que le faltaba media oreja.

―¿La decisión de cancelar fue unánime?

―No. Carolina, Florián y Gabriela querían seguir. Pero dos bandoneones y un teclado no son una orquesta.

Laura dividió mentalmente a Alma de Arrabal en dos bandos.

Por un lado, los que habían querido continuar: la argentina-colombiana, el viejo tanguero fundamentalista y la tecladista y profesora de baile hippie .

Por otro, los que habían decidido parar y volver a Argentina: la propia Amalia Roveda, el cantante imberbe y exseminarista, el uruguayo contrabajista y profesor de baile enfermo, y su pareja el violinista exmonaguillo cubierto de tatuajes.

Si el asesino estaba en el primer bando, quizás quería seguir con la gira porque planeaba más crímenes. Si pertenecía al segundo, podía haber querido interrumpirla para reducir el riesgo de que lo descubrieran. Ambas opciones tenían sentido.

―¿Observó algún comportamiento inusual en algún compañero durante esta última gira? Sobre todo en Ámsterdam y Andorra.

―No, ninguno. Bueno, hay algo menor, pero no creo que esté relacionado con lo que usted quiere saber.

―Cuéntemelo, por favor.

Un mozo con camisa blanca y corbata negra trajo en una única bandeja un sifón antiguo con soda, una botella de agua, una jarra de cerámica con forma de pingüino llena de vino y la comida de Laura.

―Sergio y Daniel son pareja. No sé si usted lo sabe.

Laura no asintió ni negó, pero recordó lo que les había contado Gabriela Bayona sobre la conversación en la que Daniel Oyarzo le insistía a Sergio Nemirovsky en que no podían volver a Andorra.

―Continúe ―dijo Laura, y probó el primer bocado de milanesa. Sublime.

―Mientras estábamos en Ámsterdam, una noche decidí pasear por el Barrio Rojo. Supongo que ha oído hablar de él.

―Sí, claro. Donde las prostitutas posan detrás de un vidrio como si fueran maniquíes.

―Exactamente ―respondió Roveda, sirviéndose vino del pingüino―. Fui porque se mencionaba en una guía turística, pero me revolvió el estómago. Igual que cuando fui en España a una corrida de toros. Lo ves por la tele y te parece curioso, pero ahí, en persona, es sórdido. Horrible.

Laura le hizo un gesto para que continuara mientras masticaba otro trozo de milanesa.

―Me los encontré ahí.

―¿A Oyarzo y Nemirovsky?

―Sí. No me vieron. Iban de la mano, saludando a las chicas en las ventanas. En un momento se metieron a hablar con una. Ella les dio un beso a ambos y charlaron dos minutos. Después, la chica bajó la cortina y no supe nada más.

―¿Cuánto tiempo estuvieron dentro?

―No me quedé a esperarlos. Pero me pareció raro, porque hasta donde sé son gays, no bisexuales.

Amalia Roveda se quedó un rato en silencio. Apartó el vino y se sirvió un vaso de soda del viejo sifón.

―A medida que le cuento esto, me estoy arrepintiendo. Estoy ventilando el secreto de unos compañeros y quizás no tenga nada que ver con lo que usted busca.

―Hace bien. Si Oyarzo y Nemirovsky no hicieron nada ilegal, no tienen de qué preocuparse. ¿Cómo era la prostituta?

―Rubia, menudita y con muy poco pecho. Estaba vestida de colegiala. Parecía una nena.