CAPÍTULO 56
Cuando el cura los declaró marido y mujer, los novios se abrazaron y se dieron un beso apasionado.
Desde la segunda fila de las sillas dispuestas sobre el césped de una elegante casona en las afueras de Buenos Aires, Laura les tiró el puñado de arroz que llevaba en la mano desde el inicio de la ceremonia.
Hacía meses que Valentina Sanahújar le había aprobado dos días para asistir a esta boda en la capital, en la que uno de los mejores amigos de Julián venía desde Barcelona a casarse.
Pero, después del viaje a Ushuaia, a Laura le había llevado varias conversaciones convencer a su jefa de que la autorizase a quedarse tres días más en la ciudad para hacer las averiguaciones que necesitaba sobre Alma de Arrabal.
Una mano cálida le acarició la nuca. Era Julián. Podría reconocer su temperatura hasta con los ojos cerrados. Por suerte los tenía bien abiertos, porque daba gusto mirarlo. Estaba sentado a su lado, con un traje ceñido al cuerpo que le quedaba como un pincel y la cabeza recién afeitada.
―Hay que quererse mucho para casarse dos veces con el mismo, ¿no? ―comentó él.
Laura rio. La broma se refería a que el novio era de Barcelona y la novia, de Buenos Aires. Se habían casado hacía dos semanas en un registro civil español y ahora, durante su luna de miel en Argentina, hacían una ceremonia religiosa en Buenos Aires.
―¿A ti te gustaría casarte ?
Laura se quedó petrificada.
―Si me estás proponiendo matrimonio, es la forma menos romántica del mundo.
―No te lo estoy proponiendo. Solo intento saber si debería hacerlo.
Laura sonrió mientras negaba con la cabeza. El pragmatismo de Julián por momentos le causaba admiración y por momentos la horrorizaba.
―La verdad es que nunca me imaginé casándome.
―¡Menos mal! ―respiró Julián, aliviado―. Habría sido una gran metida de pata.
―¿Y a vos? ¿Te gustaría casarte?
―Así, no. Pasarme meses organizando una fiesta que vale un dineral y en la que todo el mundo está mirando hasta el mínimo detalle…
Solo de pensarlo me genera estrés. Aunque no descartaría algo, en petit comité ―Julián posó los ojos en la barriga de Laura―.
Sobre todo más adelante, cuando ella ya sea consciente y nos pueda traer los anillos.
Laura le dio un beso en la mejilla. Olía a loción para después de afeitar. Luego le tomó la mano y la colocó sobre su vientre.
―Tengo mucha suerte.
―Yo creo que lo vamos a hacer muy bien ―respondió él.
Se dieron un beso que habría durado mucho de no ser porque los interrumpió un reguetón a todo volumen.
Al alzar la vista, Laura vio que varios invitados retiraban las sillas.
Julián y ella estaban sentados en las pocas que quedaban en su lugar original.
En el centro, a unos metros de donde el cura había celebrado la ceremonia, varias personas ya movían las caderas con bebidas en la mano.
―Chicos, perdonen pero vamos a mover las sillas a un costado ―les dijo una invitada que no era ninguna de las tres o cuatro que les habían presentado.
Cuando se levantaron, Julián le dio la mano y caminó a su ritmo en dirección a la barra. Las cosas entre ellos se estaban suavizando. Hasta se habían puesto de acuerdo en un nombre para Pichona. Era un nombre tanguero que, curiosamente, había sugerido Julián.
Al principio, Laura lo había rechazado de inmediato.
Todo lo que tuviera que ver con el tango la llevaba a pensar en Alma de Arrabal.
Pero le encantaba cómo sonaba. Desde que Julián lo había pronunciado, no podía imaginar otro.
Con el tiempo, el caso que ahora la consumía dejaría de ser una prioridad, y vetar un nombre para su hija por cuestiones de trabajo era una línea que no estaba dispuesta a cruzar.
Aun así, Laura seguía pensando en su hija como Pichona. Prefería no estrenar el nombre antes de que naciera, por aquello de no contar los pollos antes de que nazcan.
―¿Te apetece una cerveza sin alcohol? ―le preguntó Julián.
―Sí, gracias.
Mientras él hacía la cola para las bebidas, Laura lo esperó junto a un trío de octogenarios en las sillas que los bailarines habían dejado entre la pista y la mesa del DJ.
Al sentarse, sintió un alivio instantáneo en pies y gemelos y recordó que hacía unos meses una señora le había dicho que el embarazo era una muestra de la vejez.
En cuanto Julián volvió junto a ella, los novios llegaron corriendo. La novia tiró de los brazos de Julián y el novio agarró la mano de Laura.
―No, por favor.
―Venga, Laura, solo una canción. Con Georgina nos prometimos sacar a bailar a cada uno de los invitados. Si te consuela, no serás la más difícil de todas ―dijo, señalando a uno de los octogenarios, que hacía girar un bastón entre las piernas.
Laura disimuló el resoplido con una sonrisa, se levantó lentamente y se puso a bailar. Duró tres canciones, mucho más de lo que esperaba. Después volvió a sentarse y le indicó a Julián que continuara divirtiéndose.
Consultó el teléfono para ver si había recibido algún mensaje de su tía Susana, que el día anterior se había caído limpiando una estantería.
No había mensajes de ella, pero sí una notificación de la aplicación que le habían instalado sus colegas del equipo informático para monitorear las redes sociales de Alma de Arrabal y sus integrantes.
En este caso era una publicación de Amalia Roveda, la violinista de pelo cano, anunciando las últimas plazas para una clínica de violín en Buenos Aires la semana siguiente. Al ver la dirección donde Roveda dictaba el taller, Laura sonrió. Estaba a trescientos metros de su hotel.
Era sábado, y la clínica sería lunes y martes. Miró a Julián, que se había aflojado la corbata y bailaba abrazado al novio. Ella le había prometido que no trabajaría en el caso hasta el miércoles, cuando él se marchara al sur.
Si quería hablar con Roveda, tendría que romper esa promesa.