Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55

Ocho horas después de esa primera contracción, Laura salió del hospital de Río Gallegos sin una bebé en brazos. Después de una exploración y un tiempo en observación, el obstetra concluyó que Laura había experimentado las contracciones de Braxton Hicks. O falsas contracciones.

El médico le explicó el porqué de esas contracciones, pero Laura solo registró que eran normales, que no significaban que el parto hubiese comenzado y, sobre todo, que la bebé estaba bien.

También le dijo que había hecho lo correcto al acudir al hospital, porque con treinta y dos semanas de embarazo era perfectamente posible que se pusiera de parto.

«El mundo está lleno de sietemesinos», había rematado.

A Laura, esas palabras se le habían quedado grabadas a fuego. En cualquier momento podría verse obligada a alejarse de su trabajo durante mucho tiempo.

Salió del hospital convencida de que tenía que hacer todo lo que estuviera a su alcance para avanzar con el caso. Por eso, se fue directa al depósito de evidencias del juzgado provincial de Río Gallegos.

Se encontró con la puerta cerrada a cal y canto. Pero desde que era la jefa de la policía científica, su tarjeta abría esa puerta y muchas otras. Y ella la utilizaba muy a menudo, a todas horas.

Ese día entró a las seis de la tarde, una hora después de que se hubiera ido el sargento primero que custodiaba el almacén.

El ingreso quedaría registrado, pero no levantaría ninguna sospecha.

Todo el mundo en la policía y en los juzgados sabía que Laura Badía lo mismo trabajaba a las diez de la mañana que a las diez de la noche.

Una vez dentro, contempló la sala del tamaño de una cancha de paddle donde iban a morir los papeles, huellas, pelos, balas y otra miríada de objetos aparecidos en los crímenes cometidos en la provincia desde hacía un siglo.

Caminó directamente hacia el pasillo donde estaba la evidencia del robo a la mina de Entrevientos.

Para la magnitud del delito, el contenido era magro: unos papeles, un pequeño dispositivo GPS y una ficha rectangular con una única huella digital.

Ese cartón de veinte centímetros por diez, enfundado en una bolsa sellada con un precinto similar al de la caja que lo contenía, era la clave de la causa contra Augusto Ferrari.

Y el precio que Noelia le había puesto a su información.

Pasó los dedos por la tapa y consideró una vez más el plan.

Su primera idea había sido romper los precintos y meterse el papel con la huella entre su abultado vientre y el elástico del pantalón de gimnasia que últimamente usaba para ir a trabajar.

Después podría buscar otra caja, la del caso Aparicio, por ejemplo, un crimen violento en el que estaba trabajando de manera activa, y salir de la sala a paso de tortuga, aprovechando su embarazo.

El avance tendría que ser lento para que en alguno de los cuatro cuadros por segundo que grababa la cámara de seguridad del punto de acceso se leyera claramente que la caja que Laura se estaba llevando era la del caso Aparicio.

Por supuesto, este recaudo no solucionaría el problema del precinto roto.

Cuando saliera a la luz que la caja con la evidencia contra Ferrari había sido manipulada, la defensa haría todo tipo de alegatos para usarlo a su favor.

Y también la fiscalía, si es que podía encontrar un ángulo que le conviniera.

Lo cierto era que, con una intervención así, Laura alteraría para siempre el cauce de las cosas.

Por eso, decidió tomar otro camino. Cargó la caja del caso Entrevientos apoyándola en el vientre y la llevó hasta el escritorio en el que había estado el sargento primero hasta hacía una hora.

Sin preocuparse por la cadencia de sus pasos ni por la tecnología de la cámara, dejó registrado de su puño y letra en el libro de movimientos que a partir de ese momento tomaba posesión de la evidencia del caso de los ladrones de Entrevientos y, por lo tanto, era responsable de ella.

No había nada inusual en lo que acababa de hacer.

Ahora la caja estaba bajo su custodia y podía romper el precinto.

Después le pondría otro y, si el contenido no había cambiado, le bastaría cualquier excusa para haber querido consultar esos materiales.

Y la jefa absoluta de la policía científica tenía mil motivos válidos para hacerlo. Lo hacía a diario con otros casos.

El problema de verdad vendría si la ficha con la huella desaparecía. Entonces sí, le pedirían explicaciones. Su jefa, los abogados de las partes y el juez a cargo de la causa.

Pero eso no iba a pasar.

Cuando llegó a su oficina, rompió el precinto de la caja y extrajo el papel con la huella de Ferrari. Era el momento de ponerse manos a la obra.