CAPÍTULO 54
Así y todo, siempre tomo precauciones para defenderme. Antes de escribir ese número en la botella, mi otra mano ya estaba en el bolsillo acariciando el metal. De momento, la sangre nunca ha llegado al río, pero no por eso voy a bajar la guardia. Para todo, siempre hay una primera vez.
El hombre aspira ruidosamente entre los dientes y señala el número, que ya empieza a desdibujarse.
―Usted sabe que eso es caro, ¿no? ―me pregunta.
―Defina caro.
―Dos mil dólares.
―¿La noche entera?
―Sí.
―Me parece razonable ―le digo.
El hombre asiente y hay cierto asombro en su mirada.
Quizás no esperaba que accediera a pagar tal suma.
Saca el teléfono del bolsillo y lo consulta acercándoselo al pecho, como si jugara una mano de póker.
Después lo gira para mostrarme la foto de una niña de piel morena y ojos rasgados.
Parece tailandesa o filipina. Tiene un vestido ajustado de color blanco en el que apenas se notan dos protuberancias a la altura del pecho.
―Me gusta lo que veo ―digo―. ¿Cuándo?
―¿Mañana a esta hora?
Demasiado pronto, pienso. Todavía no tengo todo preparado.
―Mañana no puedo. Pero dentro de tres días, sí. ¿Acá mismo?
―Acá no.
El hombre despega la pequeña etiqueta del cuello de la botella y la seca con una servilleta. Después le pide un bolígrafo a la chica de la barra y escribe un número de teléfono.
―Llámeme pasado mañana y le doy la dirección. Es la chica de la foto, no hay trucos. Así que me da la mitad del dinero antes de verla. Después se la presento y me paga el resto.
Me guardo la etiqueta en el bolsillo trasero del pantalón y me levanto de la barra.
―De acuerdo ―le digo, ofreciéndole una sonrisa.
El corazón me va a mil. Esto no siempre sale tan bien en el primer intento.