CAPÍTULO 52
Al día siguiente, después de desayunar en el comedor del hotel de Ushuaia, Laura volvió a subir a su habitación para llamar a Sallent. Lo habría hecho la noche anterior, pero era plena madrugada en Andorra.
―Había al menos una menor de edad en el prostíbulo de Manuel Reláñez ―le dijo sin siquiera saludarlo―. Ahora sí parece que hay un patrón. Dos de las víctimas están relacionadas con la trata de menores. Uno proveía y el otro consumía.
―Tenemos que centrarnos en encontrar alguna relación entre el resto de las víctimas y la pedofilia.
En cuanto Sallent dijo esa palabra, Laura sintió que perdía toda la energía.
Alguna vez había fantaseado con perseguir a un asesino en serie.
Al fin y al cabo, ni siquiera los policías de homicidios eran inmunes a la influencia de las series de televisión.
Sallent estaba aún más entusiasmado con la idea y, habiendo nacido en uno de los países más tranquilos del mundo, probablemente no tendría otra oportunidad así en su vida.
Pero Laura se había imaginado persiguiendo a otro tipo de psicópata. Un hombre que mata mujeres, por ejemplo. O una viuda negra que envenena hombres ricos. Se había imaginado capturando a un monstruo, no a un asesino que eliminaba pedófilos.
―¿Qué hacemos, Enric?
―Yo indagaría en el pasado de los integrantes de Alma de Arrabal para ver si alguno sufrió abusos sexuales en la infancia o adolescencia, o tuvo algún tipo de conexión con la pedofilia. Quizás un familiar víctima de una red de trata.
―No me refiero a eso. ¿Qué incentivo tenemos para atrapar a esta persona?
Sallent desinfló los pulmones, como si Laura le hubiera quitado un peso de encima al sacar el tema.
―Mira que los asesinos en serie son infrecuentes. Y a nosotros va y nos toca un puto justiciero. Como dice mi hija, ¿en serio?
―Yo tengo un dilema moral grande con esto.
―El primer comisario que tuve siempre decía que los buenos policías hacen lo que deben hacer, no lo que sienten que deberían hacer.
―Es un gran consejo. A mí no me habría venido mal en su momento ―dijo Laura pensando en el caso del coleccionista de flechas.
―Trabajamos dentro de un sistema imperfecto, Laura. Pero es el que tenemos. Y las reglas hay que respetarlas.
―Lo sé. ¿Pero no te preguntás ni por un segundo para qué atrapar a alguien así?
―Sí. Y me respondo que es para hacer bien mi trabajo.
Además, no sabemos si el asesino sabe que está matando pedófilos.
A lo mejor es un enorme hijo de puta que, por casualidad, mató a otros enormes hijos de puta.
Hasta donde sabemos, de las cuatro víctimas solo dos estaban relacionadas con esta mierda.
Las otras dos podrían ser hermanitas de la caridad.
Laura no tenía argumentos para rebatir a Sallent. Solo contaba con el instinto, afilado por la experiencia, que le decía que si en un cajón hay dos manzanas podridas, hay que examinar al resto con atención.
―Visto así, es cierto. Podríamos estar detrás de un grandísimo hijo de puta ―le dijo para dar por zanjado el tema.
Tras despedirse de su colega, Laura se quedó unos segundos con los ojos cerrados, intentando apartar los pensamientos que le venían a la cabeza.
Julián le había intentado enseñar a meditar en un par de ocasiones, pero a ella la idea le parecía imposible.
No pensar no era lo suyo. Lo más cerca que había llegado era a desplazar pensamientos negativos evocando situaciones felices.
Visualizó a Julián arrullando a una bebé. Se imaginó que ella abrazaba a los dos y descubría que la niña había heredado de su padre la capacidad de irradiar siempre un calor gustoso. Y sonrió.
Aquella especie de nirvana duró hasta que el teléfono volvió a sonar. Laura supuso que Sallent se habría olvidado de decirle algo, pero la llamada venía de un número desconocido.
―¿Hola?
―He encontrado otro patrón.
Laura reconoció al instante la voz de Noelia Viader.
―¿Qué patrón?
Viader rio.
―Ya no funciona así. Cancelaste el trato.
―Noelia, si la información que me des...
―No gastes saliva. Ahora mis condiciones son otras. He encontrado un patrón que apunta a una única persona. No puedo garantizarte que sea el asesino. Pero cualquier otra cosa sería demasiada coincidencia.
―¿Qué querés que hagamos?
―Lo sabes perfectamente. La huella de Mac a cambio del dato. Y, si has estado prestando atención, sabes que no me marco faroles. Así que…
Las palabras de Noelia se interrumpieron con un largo bocinazo.
―Tu puta madre ―murmuró la ladrona.
―Flaca, mirá por dónde vas o te van a atropellar ―se oyó de fondo.
―¿Estás en Argentina? ―preguntó Laura.
Noelia cortó la llamada.