CAPÍTULO 51
El avión de Aerolíneas Argentinas aterrizó en Ushuaia cuando ya se hacía de noche.
Laura condujo el coche de alquiler hasta su hotel, dejó el equipaje y salió a caminar por el centro en busca de un restaurante donde cenar.
Con casi treinta y tres semanas de embarazo, la barriga comenzaba a pesarle demasiado.
Pronto no podría moverse con la soltura de ahora.
Bueno, si a estos pasos forzados podían llamárseles soltura.
Después de un plato de agnolotti de salmón con salsa de hongos y un postre doble, porque Pichona también contaba, volvió al hotel, se subió al coche y condujo algo más de un kilómetro.
El Maragato estaba a la salida de Ushuaia, a apenas dos manzanas del agua helada del canal de Beagle. La profesión más antigua de todas también estaba presente, por supuesto, en el fin del mundo.
Si había que reconocerle algo al Maragato era que no engañaba a nadie: fachada pintada de lila, luz roja sobre la puerta de entrada y, más arriba, un cartel de neón con la silueta de una mujer voluptuosa.
Para despejar cualquier duda, dentro del cuerpo de la mujer se leía, también en neón, «Night Club».
Laura recordó la primera vez que había entrado en un puticlub, al inicio de su carrera policial. El humo del tabaco prácticamente no la había dejado respirar. Por suerte, la prohibición de fumar se acataba en El Maragato. Aunque también estaba prohibida la prostitución, pero esa era otra historia.
En cualquier caso, esta vez Laura no tenía intención de entrar.
Esperó con el motor y la calefacción encendidas hasta que, sobre las once de la noche, reconoció a la mujer que se bajó de un Peugeot 206 azul.
El coche, viejo pero muy bien cuidado, le pegaba más a un jubilado que a una prostituta de treinta años.
―¡Ludmila! ―la llamó bajando la ventanilla. Sabía que su verdadero nombre era Ana María, pero prefirió utilizar su seudónimo.
La chica apuró el paso, como si no la hubiese escuchado. Normal, considerando que había rechazado las decenas de llamadas de los últimos días. Por eso, a Laura no le había quedado más remedio que subirse a un avión.
―¡Ludmila!
La chica se giró hacia ella.
―¿Oficial Badía? ―preguntó, como si la primera vez no la hubiese oído.
―Entrá al auto unos minutos, por favor. Y podés llamarme Laura.
―¿Pasó algo?
―Quiero hacerte unas preguntas sobre Manuel Reláñez.
Ludmila sopesó las palabras sin cruzar la calle.
―Ya les dije todo lo que sabía.
―Subí al auto, por favor. Y quedate tranquila que no tenés nada de qué preocuparte.
La chica dudó pero terminó por hacerle caso. Cruzó la calle y, tras mirar a su alrededor, se subió al vehículo. Laura condujo un par de manzanas y estacionó en una calle bien iluminada.
―¿Manejaba chicas jóvenes? ―le preguntó Laura en cuanto Ludmila se sentó en el asiento del acompañante.
―¿A qué se refiere con jóvenes?
En los ocho días que habían pasado desde la charla por teléfono con Sallent, Laura no había dejado de pensar en las fotos que habían encontrado en la computadora de Stefan Wachter. Niñas, sin pechos ni vello púbico, con cuerpos rectos y planos, sometidas a penes, dedos y bocas de hombres adultos.
―Menores de edad ―dijo Laura al fin―. ¿Reláñez tenía algún límite con respecto a eso?
Ludmila cerró los ojos lentamente, como si le doliera un recuerdo.
―Si sabés algo, es mejor que me lo digas. Legalmente, sos cómplice de lo que calles. Aunque eso es lo de menos. Lo más importante es que podés ayudar a que otras nenas no pasen por lo mismo.
―No dije nada antes justamente porque tenía miedo de que me consideraran cómplice.
―Estás a tiempo. Contame lo que sabés.
Ludmila tragó saliva y miró hacia el techo del coche, parpadeando varias veces para evitar que una lágrima le arruinara el maquillaje.
―Hace unos dos años vino un cliente nuevo.
Después de mirarnos a todas, preguntó si había alguien más joven.
Le dijimos que no. El tipo se pidió un whisky y se sentó en una mesa a tomarlo sin mostrar interés por ninguna de nosotras.
Cuando lo estaba terminando, Reláñez se le acercó y le dio bastante charla. Parecían hablar en serio.
―¿Llegaste a escuchar algo de la conversación?
―No, pero sé de qué hablaron.
―¿Cómo?
―Al día siguiente yo estaba con un cliente en una de las habitaciones y me pidió que le fuera a buscar algo para tomar. En el pasillo me encontré a Reláñez metiendo en otra de las piezas a una nena. Tendría once o doce años. Nunca antes la había visto.
Laura se concentró en su respiración, intentando apartar todos los pensamientos que le venían a la mente. Un nivel de rabia extremo no debía de ser bueno para Pichona.
―Esa noche, como todas, después de que cerró El Maragato fui a la caja a cobrar lo que me correspondía.
Reláñez me hizo esperar a que les pagara a todas mis compañeras.
Cuando solo quedábamos él y yo, sacó un fajo de billetes y empezó a contar en voz alta.
Al llegar al monto que me correspondía, me miró a los ojos y siguió poniendo dinero en la pila. Me pagó el doble.
―¿Qué te pidió a cambio?
―Reláñez no pedía. Me prohibió que le contara a nadie lo que había visto. Y me juró que, si lo hacía, me iba a matar.
Laura asintió, como si lo que acabara de oír fuera lo más normal del mundo. Se estiró para abrir la guantera y sacó un sobre marrón.
―Te voy a mostrar unas fotos y me gustaría que me dijeras si reconocés a alguien.
Laura encendió la luz en el techo del coche y le fue mostrando, una a una, las fotos de cada miembro de Alma de Arrabal.
―No me suenan.
―Intentá recordar. En particular me interesa saber si alguno de ellos estuvo en El Maragato antes de la muerte de Reláñez.
Ludmila dejó de mirar las imágenes para fijarse en Laura.
―Eso fue hace más de un año. ¿Sabe la cantidad de gente que pasa por un club de alterne en un año?
―Me imagino. Pero es muy importante, hacé el esfuerzo.
―Si vi a alguno, no lo recuerdo. De verdad. Además, un mes antes de la muerte de Reláñez me fui de vacaciones a Buenos Aires a ver a mi familia.
―¿Quizás alguna de tus compañeras?
―Puedo preguntar entre las que quedan de esa época.
La muchacha lo dijo como si hablara de décadas atrás, y no de hacía catorce meses. Laura supuso que en el mundo de Ludmila las cosas sucedían muy rápido.