CAPÍTULO 50
Al entrar en el local, tres o cuatro parroquianos se giran a mirarme, pero enseguida vuelven a lo suyo. No aparento ser de la policía, ni estar allí para cobrar una deuda, ni moler a nadie a palos.
Me quito el abrigo. Afuera hace frío y el asfalto brilla con la escarcha, pero en el local la temperatura es lo bastante alta como para que las chicas puedan moverse en ropa interior sin que se les ponga la piel de gallina.
―¿Qué vas a tomar? ―me pregunta una joven preciosa en cuanto me acerco a la barra.
―Un gin-tonic.
Intento no mirarle el escote, pero es imposible. Cuando me descubre, cierra un poco los brazos para acentuar la línea entre sus pechos.
―¿Te gustan? ―me pregunta.
―Me llaman la atención. Pero no, no son mi estilo.
La chica sonríe y hace un gesto con la mano barriendo el antro.
―Si ves a alguien de tu estilo, te la presento.
Finjo mirar a las mujeres que trabajan allí.
Lo de siempre. Pieles claras y oscuras. Curvas pronunciadas y costillas marcadas.
Pechos de silicona y naturales. Caras arrugadas y cutis tersos.
Solo hay dos patrones inquebrantables: poca ropa para mostrar la mercadería y mucho maquillaje para ocultar los rastros de una vida de mierda.
Tuerzo el gesto en una mueca ensayada.
―Son todas demasiado… grandes. ¿No tenés compañeras más jóvenes?
La mujer frunce el ceño. Señala con el mentón a dos chicas sentadas en la barra a apenas tres asientos del mío.
―Aitana tiene veintiuno. Candela cumple veintitrés el mes que viene.
Asiento, pero no digo nada. Le doy un trago largo al gin-tonic, que está buenísimo, y le pido a la chica que se acerque.
Ella accede, aprovechando la ocasión para inclinarse sobre la barra y mostrarles los pechos a dos hombres que la miran desde cuatro asientos más allá.
Le hablo tan bajo que la música le impide comprenderme.
Eso la obliga a acercarse más aún a mí. Ahora mis labios casi rozan su oreja y puedo sentir un perfume cítrico que huele a caro.
―Más jóvenes ―susurro―. Mucho, mucho, mucho más jóvenes.
La mirada se le congela. Entonces pienso que ha llegado el momento en el que me van a echar a patadas. Me ha pasado más de una vez.
La chica se retira lentamente, como quien se aleja de un cocodrilo. He dejado de parecerle alguien inofensivo. Sin embargo, no me pide que me vaya ni llama a gritos a nadie.
―Dame un ratito, a ver qué puedo hacer ―es todo lo que me dice antes de pintarse una sonrisa de oreja a oreja y volver a su trabajo.
Diez minutos más tarde, un hombre de unos cincuenta años se sienta junto a mí y apoya en la barra una pequeña botella de cerveza recubierta por una capa de hielo.
―¿Qué está buscando exactamente? ―me dice.
Por toda respuesta, pongo el dedo sobre el vidrio escarchado de la botella y escribo el número 12.