CAPÍTULO 48
Subirme a un escenario me ayuda a tomar coraje para lo que está por venir. Me pregunto si esta vez, que actuaré sin Alma de Arrabal, será distinto. Hasta la noche de la milonga de Andorra, el ritual siempre había sido el mismo. No me gusta cambiar nada, pero no me queda otra alternativa.
Entre las herramientas que compré hace dos días, saco otra sierra de arco.
No es la que usé ayer para cortar el disco de vinilo.
Esta es una sierra normal, de hoja azul, para metal.
Sopeso uno de los tubos de acero galvanizado que me vendió el chico de la ferretería.
Es lo suficientemente grueso para contener una explosión, pero manejable con mis herramientas.
Arremeto contra él empuñando esta vez la sierra con la mano derecha, porque necesito un corte lo más limpio posible.
En cualquier otra circunstancia me alarmaría, pero sé que es temporal.
Cuando termino el corte, un segmento de tubo de cincuenta centímetros cae a mis pies, amortiguado por la toalla que puse sobre las baldosas de la habitación de hotel.
Mi pecho comienza a desinflarse, como un globo al que le han hecho una punción diminuta.
Mezclo los dos componentes del pegamento epoxi y lo reparto por los bordes del tapón de acero que enrosco en uno de los extremos del tubo de mayor diámetro.
El tornillo que atraviesa el centro del tapón es un percutor improvisado pero funcional.
Si golpea con suficiente fuerza el centro de un cartucho, encenderá el fulminante.
Armas de fabricación casera, les dicen algunos. Otros las llaman tumberas.
La segunda parte de mi arma es un tubo del diámetro exacto para que en él encaje un cartucho de escopeta 12/70. Este tubo, a su vez, entra justo dentro del otro. Tiro un poco de aceite mineral dentro del más grande. Mi tumbera está lista y lubricada.
La caja de munición para escopeta la compré en un almacén de forrajes y artículos para el campo.
Con una navaja, abro el envoltorio plástico de un cartucho y retiro los perdigones, la pólvora y el taco que los separa.
Me quedo solo con el casquillo y el fulminante.
Lo meto con cuidado en el tubo más pequeño de mi arma hasta que el reborde del culote hace tope.
A su vez, introduzco ese dentro del más grande.
Ahora la tumbera está cargada.
Deslizo con fuerza el tubo pequeño dentro del grande.
El percutor golpea el culote con un clic seco y un sonido como el de un fósforo gigante al prenderse me confirma que el fulminante se ha encendido.
Si en lugar de ese casquillo inerte hubiera usado el cartucho completo, el disparo habría sido real.
La precisión no es el punto fuerte de las tumberas, pero, a base de práctica, tengo cierta destreza. Además, a la distancia que yo las uso, tampoco se necesita gran detalle. Estoy tan cerca que los perdigones ni siquiera tienen tiempo de esparcirse.
Saco otro cartucho de la caja y lo hago girar entre mis dedos.
Como siempre, me entran ganas de meterlo y probar el disparo.
Pero no es buena idea usar una tumbera dos veces.
Esos tubos de acero no están diseñados para soportar explosiones internas y cada disparo los debilita.
Por eso, me reservo el cartucho lleno de perdigones para dentro de dos noches.