CAPÍTULO 45
El ser humano es increíble, pensaba Laura mientras sostenía la puerta de su Renault Kwid para que el viento no la arrancara de la bisagra.
En la radio habían anunciado una alerta por ráfagas de aire de más de ciento treinta kilómetros por hora.
Los cables de la luz silbaban y las ramas de los olmos desnudos chasqueaban sin cesar.
Era increíble, se repitió, que apenas cinco días atrás ella estuviese en un valle del Pirineo, sin viento, con montañas altas cubiertas de verde y que ahora pisara la tierra estéril y escarchada de Río Gallegos.
Habían volado con Julián desde Barcelona a Buenos Aires y desde allí a El Calafate. Veintiuna horas de viaje, entre los dos aviones y la escala, eran muchas para aguantar con una espina clavada.
Julián había sido el primero en sacar el tema, cuando sobrevolaban África.
Intentó hacerle ver que tenía que aflojar.
Que en el mundo seguiría habiendo asesinatos con o sin ella.
Y Laura le habría dado la razón de no ser porque él había rematado su discurso arguyendo que «a partir de ahora sí que serás imprescindible, pero no en tu trabajo, sino en la vida de una persona».
Si Julián lo hubiese dicho en plural en vez de en singular ―«seremos imprescindibles»―, quizás no le habría molestado tanto. Pero dicho así, le cayó como una piedra.
Retomaron la conversación en el cielo de Brasil y la siguieron en Aeroparque mientras esperaban embarcar en el avión que los llevaría a El Calafate. La tónica fue la misma.
Ya en tierras patagónicas, ambos tomaron una actitud más calmada. Quizás fue el alivio de volver a casa y a la rutina, o quizás los venció el cansancio, pero dejaron de discutir.
Hicieron el trayecto desde El Calafate hasta El Chaltén en el Renault Kwid de Laura. El mismo al que ahora el viento quería arrancarle una puerta. Fueron dos horas y media en las que solo hablaron de potenciales nombres para Pichona.
Con ese tema también tenían un conflicto. A Laura, los nombres que Julián proponía le sonaban a bisabuela. Por otra parte, algunos de los que ella ponía sobre la mesa a él le parecían ridículos.
―¿En serio, Delfina? ―le preguntó Julián en un momento―. ¿Qué es lo próximo que me vas a sugerir? ¿Elefanta?
―Ah, claro, porque ponerle Paloma vos lo ves normal, ¿no?
Se quedaron mirándose, y poco a poco los semblantes serios estallaron en una risa.
Llegaron al Montgrí, el hotel del que Julián era propietario en El Chaltén, a las nueve de la noche del domingo.
Al día siguiente, temprano, Laura salió sola al volante del Kwid para dejar atrás la cordillera de los Andes y atravesar 450 kilómetros de meseta árida hasta llegar a su oficina en Río Gallegos, donde pasaría toda la semana.
Fue allí donde Laura puso el pie en el suelo escarchado, sujetó la puerta de su coche y pensó que el ser humano era increíble. ¿Qué otra especie podía cruzar medio mundo y pasar del verano al invierno en setenta y dos horas?
Sentarse en la silla de su escritorio después de un mes le resultó reconfortante. El tacto suave de los apoyabrazos brillantes por el uso y el ligero rechinar de las rueditas al moverse la hacían sentirse en casa.
Encendió la computadora, dispuesta a enfrentarse a una pila de correos electrónicos sin responder. Iba a empezar con los más antiguos, pero un mensaje de Sallent de hacía unas horas captó toda su atención.
Espero que haya ido bien el viaje. Al parecer, los de Alma de Arrabal también han vuelto a Argentina. Mira.
El correo incluía dos enlaces. En uno, Florián Turnes, el bandoneonista y autor de Códigos rotos , publicaba en sus redes sociales que ya estaba de nuevo en su querida Villa Urquiza, de donde, según sus palabras, «a veces pienso que no debería haber salido nunca».
El otro era una foto sin texto de Carolina Samengo, también bandoneonista, donde se la veía posar en la avenida 9 de Julio con el Obelisco de fondo.
Aquello explicaba por qué, dos días después del interrogatorio en la frontera de Andorra, la banda había quitado de sus redes sociales la lista con todas las actuaciones de su gira por Europa.
Si Alma de Arrabal ya estaba en Argentina, entonces las actuaciones en Toulouse, París y Madrid se habían suspendido.