Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Laura y Sallent permanecieron en silencio hasta que las luces traseras de la furgoneta se perdieron en el tráfico. Después volvieron a la sala de interrogatorios y Sallent sirvió dos cafés.

―¿Puedo hacerle una pregunta personal?

―Puede. Y tiene más posibilidades de que se la responda si pasamos al tuteo.

Sallent sonrió y le señaló la barriga.

―¿Qué tienes pensado hacer cuando nazca?

―¿Qué me estás preguntando exactamente?

―¿Vas a darle el pecho, por ejemplo?

―Es mi intención ―balbuceó―. Al menos el primer tiempo.

―¿Cuánto es «el primer tiempo»?

―¿A qué vienen estas preguntas?

―Mira, Laura, no te conozco en absoluto y sé que es meterme donde nadie me ha llamado, pero que hayas interrumpido tus vacaciones por un caso de hace un año me hace pensar que te importa mucho tu trabajo, que te lo tomas en serio y que… a ver cómo lo digo…

―Que soy una obsesiva. Una adicta ―arriesgó ella, parafraseando a Julián.

―Son palabras muy fuertes. Pero sí, a eso me refiero.

―Serán fuertes, pero son la verdad. Cada uno es como es y no sé si tiene sentido luchar contra nuestra naturaleza. Lo que querés preguntarme es si me voy a pasar todo el día fuera de casa en vez de quedarme con mi bebé.

Sallent puso las manos en posición de querer parar algo que venía hacia él con demasiada inercia.

―Mejor dejémoslo. Estoy pasando por un momento personal en el que este tema me toca de cerca. Discúlpame.

―¿Tenés un bebé chiquito?

El policía soltó una carcajada y elevó la mano por encima de la cabeza.

―Así de chiquito. Mide un metro ochenta y siete y tiene dieciocho años. Y la otra tiene quince y mide un poco menos. Se llaman Manel y Aina, y de bebés ya no tienen un pelo.

―¿Entonces?

―Manel se ha ido de casa este año. Estudia cerca de Barcelona para ser piloto de avión.

Mi salario de policía nunca habría podido pagar esa carrera.

Pero mi mujer trabaja en la banca y gana muy bien.

Gracias a su sueldo, él puede estar subido a un avión de lunes a viernes.

El puesto que tiene mi mujer no lo habría conservado de no ser porque a los dos meses de nacer Manel se reincorporó al trabajo en jornada completa.

La baja por maternidad es de veinte semanas y ella no se tomó ni la mitad.

Fue como si nada hubiese pasado. Parió, entrenó a una niñera y volvió a la oficina.

E hizo lo mismo tres años después con Aina.

―Entiendo. Gracias al sacrificio de tu mujer, tu hijo está haciendo lo que quiere. Para eso están los padres y las madres, ¿no?

―Sí, pero esa es solo una cara de la moneda.

La otra es una mujer que, a las puertas de la menopausia, descubre que la infancia de sus hijos se le ha escurrido entre los dedos.

El sacrificio que hizo para proporcionarles un bienestar económico es justamente lo que la atormenta.

Se pregunta si hubiera sido mejor madre estando presente en el día a día de Manel y no fuera de casa ganando dinero para que él hoy pueda cumplir su sueño de ser piloto.

Esta contradicción la hace sentirse una egoísta porque de alguna manera se arrepiente de haber trabajado tanto para darle todo, cuando ese sacrificio era precisamente un acto de amor.

―El caso de tu mujer y el mío son muy diferentes. Yo soy policía de una provincia muy poco poblada en un país de América Latina. Lo que decida hacer no será por dejarle a mi hija una gran fortuna.

Laura le dio la espalda a Sallent con la excusa de servirse un vaso de agua. Luchó por contener las lágrimas que empujaban para salir. Seguramente serían las hormonas, se dijo, aunque no podía parar de pensar en la discusión que había tenido con Julián.

Hasta ahora, su trabajo le había dado sentido a su vida.

Después del caso del coleccionista de flechas, su carrera había tocado fondo y amenazaba con no recuperarse nunca más.

Con el tiempo, y gracias a la resolución de los crímenes del glaciar, se había reincorporado a la fuerza policial para llegar en tiempo récord a lo más alto a lo que podía aspirar una criminalista dentro del cuerpo.

Y en tres meses sería madre. La pregunta que la mortificaba era hasta qué punto tendría que elegir entre una cosa y la otra.

―Me encanta lo que hago ―dijo, sin girarse hacia Sallent―. Y cuando nazca mi hija, no sé si en mi vida va a haber lugar para esto.

Sallent tuvo el buen tino de no acercarse ni de ponerle una mano en el hombro.

―Laura, ahora solo puedes ver aquello que dejarás de hacer por estar con tu hija.

No sabes lo que es ser madre. Esa niña vendrá con un gran cambio de prioridades.

Cuando la tengas en brazos, quizás decidas que ya no quieres pasarte todo el día entre cadáveres.

A lo mejor cuatro horitas recorriendo morgues y el resto cambiando pañales cagados es la combinación que te hace más feliz.

A Laura se le escapó una risa por la nariz y eso la llevó a cometer el error de parpadear. Una lágrima le rodó por la mejilla.