CAPÍTULO 43
Cuando Sallent terminó con las preguntas a Gabriela Bayona, se unió a Laura del otro lado del vidrio espejado. Habían hecho pasar a toda la orquesta a la sala, en parte para liberar el resto del pequeño edificio y en parte para observarlos.
―Tenemos un montón de coartadas que verificar ―dijo Laura.
―Algunas serán muy difíciles ―respondió Sallent, señalando a la tecladista. Antes de dar por terminado el interrogatorio, él le había preguntado qué había hecho la noche de Ámsterdam, y ella respondió que se había ido al hotel porque le dolía la espalda.
―Si fuera fácil, nuestro trabajo podría hacerlo cualquiera.
Sallent sonrió y Laura habría jurado que irguió un poco la espalda.
―De las de Andorra me encargo yo. Las de Ámsterdam van a ser más difíciles, pero lo intentaré a través de Europol.
Laura sabía exactamente a qué se refería el andorrano. Había trabajado en algún caso conjunto con la policía chilena y, en cuanto había fronteras de por medio, la burocracia se multiplicaba y los resultados menguaban.
Volvió a sentarse en la silla giratoria desde la que había observado los interrogatorios. Del otro lado del cristal, la mayoría de los músicos estaba de pie, con la espalda apoyada en la pared y la mirada concentrada en su teléfono.
―¿Cree que ha valido la pena? ―le preguntó a Sallent.
―Por supuesto, tenemos muchos hilos de los que tirar.
Laura no estaba tan segura, pero ahora solo quedaba mirar hacia adelante.
―Eso es verdad ―concedió―. Por ejemplo, según los testimonios, nadie se opuso abiertamente a volver a Andorra. Sin embargo, lo que Bayona le escuchó decir a Nemirovsky…
―Si Nemirovsky no quería volver, ¿por qué ni él ni Oyarzo lo han admitido cuando se los he preguntado?
―Tal vez Bayona miente. Podría estar tratando de sembrar discordia, de desviar la atención.
En la sala de interrogatorios, los únicos que estaban sentados eran Turnes y Heredia. Hablaban. El viejo bandoneonista le susurraba algo al oído al cantante, que mantenía la mirada de niño fija en el suelo.
Laura se excusó para ir al baño. Desde hacía unas semanas, las ganas de hacer pis eran más frecuentes y más intensas.
Cuando volvió, se encontró con que Sallent había recogido todos los papeles y le estaba entregando los siete pasaportes al mismo subordinado que, durante el interrogatorio de Heredia, le había hablado a Laura sobre los parches en los pezones.
―¿Ya se van? ―preguntó Laura.
―No tenemos nada que los incrimine. Aquí el agente Puigcorbé ha revisado la furgoneta mientras los interrogábamos y no hay ningún arma en las maletas ni en los instrumentos.
Vamos a negarles la entrada al país, pero no podemos retenerlos más sin la orden de un juez.
Y no vamos a conseguir una sin pruebas tangibles.
Observaron juntos a través del cristal cómo el agente les comunicaba que no les estaba permitida la entrada al país por no tener permiso para llevar a cabo actividades económicas dentro del Principado. Los músicos se levantaron al mismo tiempo sin rechistar.
Un minuto más tarde, Laura y Sallent miraban desde una ventana del vestíbulo del edificio cómo los integrantes de Alma de Arrabal se subían a la furgoneta .
―¿Cree que deberíamos vigilarlos? ―preguntó ella.
―Definitivamente.
―¿Se habrán tragado lo del narcotráfico?
―No lo sé. Pero hemos ganado mucha información.
―¿Cómo sugiere que sigamos?
Sallent se giró hacia Laura, le miró la barriga y le puso una mano en el hombro.
―Me parece que usted debe volver a casa. Continuaremos colaborando vía telemática. Puede contar conmigo para lo que necesite. Los dos queremos detener a quien está haciendo esto, pero creo que ha llegado el momento de ceñirnos a los canales adecuados.
Laura se mordió la lengua para no responderle. Le molestaba el tono paternalista con el que Sallent acababa de hablarle. Pero le molestaba aún más que tuviese razón.
Los siete músicos ya estaban dentro de la furgoneta. Por la ventanilla, Gabriela Bayona miró brevemente hacia el edificio de la aduana y sus ojos se cruzaron con los de Laura. Su expresión era indescifrable: podía ser miedo o podía ser alivio.
El vehículo giró en U y se alejó hasta perderse en la procesión de coches que entraban y salían del pequeño país.