CAPÍTULO 42
La última en pasar por la sala de interrogatorios fue Gabriela Bayona, la tecladista y profesora de tango. A diferencia de sus compañeros, se mostraba muy nerviosa. Movía las manos, se acomodaba constantemente en la silla y evitaba el contacto visual con Sallent.
El andorrano acababa de preguntarle, como al resto de la orquesta, qué había hecho después de la actuación.
Ella había respondido sin titubear que se había ido con el disc jockey de la milonga a tomar algo y que terminaron pasando la noche juntos en el hotel.
Otra persona más con la que hablar para confirmar coartadas, anotó Laura en su libreta al otro lado del vidrio.
―¿Por qué han vuelto a Andorra, señorita Bayona?
―Nos contrataron. Surgió la posibilidad de hacer una nueva actuación a último momento.
Mientras hablaba, sus rastas se movían de manera anárquica. Resultaba contradictorio que, a pesar de los evidentes nervios, pronunciara las palabras con tono calmado y mirada distante.
―¿Y todos estuvieron de acuerdo?
Gabriela Bayona desvió la mirada.
―No exactamente.
Laura se inclinó hacia adelante todo lo que le permitió la barriga, como si eso fuera a hacerle oír mejor la conversación que le llegaba a través de los auriculares.
―¿Qué quiere decir ?
―Sergio y Daniel… ―susurró―. Escuché una conversación entre ellos. Daniel decía que no les convenía volver a Andorra.
―¿Por qué?
―No lo sé. Solo oí que Sergio intentaba convencerlo.
―¿Qué oyó exactamente?
―Daniel decía algo así como: «Andorra es un país muy chico. No deberíamos volver».
―¿A qué cree que se refería?
―A que lo poco gusta, pero lo mucho cansa. Nuestra actuación en Andorra fue genial. No cabía un alfiler en la pista de baile. Es poco probable que eso se repita menos de un mes después. Andorra es, con todo respeto, un limón que se exprime rápido.
―Pero a ustedes no les pagan en función de cuánta gente va, ¿o sí?
―No, cobramos un fijo. Pero a ningún artista le gusta tocar con poco público.
―Esta segunda actuación es en una fiesta de cumpleaños. El público está asegurado.
Bayona miró a Sallent incrédula.
―¿Una fiesta de cumpleaños?
―¿No sabía dónde venía a tocar?
―No. Florián me dijo: «Nos surgió otro show en Andorra», y no pregunté nada más.
―¿Cree que Nemirovsky y Oyarzo tampoco lo sabían?
La tecladista sonrió con todos los dientes.
―Ellos seguro que sí. Nadie en la orquesta es tan colgado como yo.
―Entonces su conjetura…
Bayona mostró las manos reconociendo la derrota.
―Si Daniel sabía que veníamos a un cumpleaños, su reticencia a volver no pudo deberse al miedo a tocar sin público.
―Sergio Nemirovsky, además de ser el contrabajista de la orquesta, es profesor de tango igual que usted, ¿no? ―preguntó Sallent.
―Correcto.
―¿Cómo se lleva con él?
―¡Muy bien! ―se apresuró a exclamar―. Es un excelente compañero de trabajo y un gran bailarín.
―Ahora que sabe lo de la fiesta de cumpleaños, ¿se le ocurre por qué Oyarzo pudo querer convencer a Nemirovsky de no volver a Andorra?
―No tengo la menor idea.