CAPÍTULO 41
Un adicto necesita una dosis cada vez mayor para lograr el mismo efecto.
Con el tiempo, cada vez me cuesta más aliviar la presión en el pecho. Sé que es ridículo ponerle un número, pero no lo puedo evitar. La primera vez que maté a alguien, bajó de cien a veinte. La siguiente, a veinticinco. La penúltima, en Ámsterdam, solo logré llegar a cincuenta y cinco.
Saco el LP de su funda de cartón. Es una copia de los grandes éxitos de la orquesta de Juan D'Arienzo.
Normalmente lo pondría en un tocadiscos y escucharía dos o tres veces el último tema del lado A, pero hoy no estoy en mi casa sino en un bosque perdido de la Patagonia, buscando el sitio ideal para liberar la presión.
El claro en el que me encuentro no me convence porque está demasiado cerca de una casa solitaria que parece habitada. Tendré que seguir buscando.
Cierro los ojos y no puedo evitar transportarme a la noche en la que empezó todo. Me lleno los pulmones y recreo cada detalle.
A pesar del frío de los últimos días de invierno, siento fuego en la piel. Y, por supuesto, la presión en el pecho aumenta.
Ochenta. Noventa. Noventa y cinco.
No me alarma porque sé que es temporal. En cuanto la canción termina, arremeto contra el disco con la sierra de calar.
Con cada pasada de la hoja, la presión disminuye.
Si cortara con la mano derecha en vez de con la izquierda, iría más rápido y más recto.
Pero lo prefiero así. Ignoro si la policía es capaz de reconocer al autor de un corte de la misma forma que lo hacen con la letra manuscrita.
Uso la mano mala, sobre todo, porque cuanto más irregular y áspero sea el resultado, mejor.
Él no podrá sentir el dolor, porque cuando se lo clave en el ojo ya estará muerto, pero para mí es importante.
Justo antes de que la fina sierra llegue a la etiqueta de papel en el centro del disco, hago que la hoja cambie de rumbo y avanzo dos centímetros. Luego, otra vez.
El pequeño triángulo negro cae en la hojarasca. Siento la tentación de quitarme los guantes y pasar la yema del dedo por el borde, pero me contengo. No soy tan idiota como para dejar ADN o huellas en lo que se convertirá en uno de los objetos más analizados por la policía.