Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

A Nemirovsky le siguió Amalia Roveda, la otra violinista. Al entrar en la sala, la mujer le ofreció a Sallent una sonrisa amable, igual que había hecho con Laura en la milonga de Málaga. Detrás de esa sonrisa, sin embargo, a Laura le pareció ver algo de nerviosismo.

―¿Qué hizo después de la actuación?

―Escribir ―respondió pasándose la mano por la melena gris.

―¿Escribir?

―Estoy preparando un libro sobre la situación actual del tango.

―¿Como el de su compañero Florián Turnes?

Una nueva sonrisa, esta vez plena y sin dobleces.

―Todo lo contrario. El libro de él es una queja. Y está bien que sea así. Al final, casi cada tango es una queja. Hay muy pocos tangos celebratorios.

―¿Su libro, en cambio...?

―Es justamente lo opuesto. Florián eligió denunciar todo lo que se hace mal en el tango hoy por hoy.

Como si un alemán mereciera el infierno por no conocer los códigos de las milongas más recalcitrantes de Villa Urquiza.

Florián quiere detener el tango, pero la música no se queda quieta. El tango jamás lo estuvo.

La violinista enumeró con los dedos.

―Empezó en los prostíbulos. Después, Gardel lo hizo famoso cantando con dos guitarras. En los cuarenta vino la época de oro con las orquestas. Después, el peligro de extinción a manos del rock. Y ahora, el milagro.

―¿Milagro?

―¿Cómo se explica si no que decenas de miles de personas se movilicen cada noche en todo el mundo para bailar música grabada hace ochenta años?

¿No le parece increíble que una guatemalteca y un inglés puedan enamorarse y formar una familia gracias a haber sentido una electricidad especial mientras bailaban una tanda de Di Sarli en Madrid?

Roveda señaló hacia abajo con el índice.

―Hoy el tango está más vivo que nunca. Y si un noruego no sabe quién fue Aníbal Troilo, yo elijo no quejarme.

Celebro que ese noruego se levante de la mesa, le tienda la mano a una mujer y baile tres tangos de la orquesta de Pichuco mientras el resto de Oslo duerme.

¿Entiende? De eso va mi libro. De la guatemalteca con el inglés.

Del noruego. De un empresario malayo que pidió que en su funeral sonara un disco entero de Osvaldo Pugliese.

La mujer apoyó ambas manos sobre la mesa y se reclinó hacia atrás con una sonrisa.

―¿Qué es lo que le causa gracia? ―le preguntó Sallent.

―Que, dicho así, parece que fuera una gran escritora.

Pero el proyecto está en pañales. Estoy intentando encontrar mi proceso.

Respondiendo a su pregunta sobre qué hice después de la milonga de Andorra, quise probar qué pasaba si me ponía a escribir inmediatamente después de tocar, con los sentimientos a flor de piel.

―¿Y qué pasó?

―Magia. Sentí una energía muy especial. Me paseé por toda la ciudad parando en bares, parques y hasta en un McDonald's. Sacaba mi libretita, escribía unas páginas, la cerraba y seguía hasta el siguiente lugar.

―¿Podría enseñarnos esa libreta? ¿La tiene aquí con usted?

―Sí. Está en mi equipaje.

―Muy bien. En cuanto terminemos le indico a un compañero que la acompañe a buscarla. ¿Sabría decir el itinerario que siguió esa noche mientras escribía?

―En absoluto. No conozco la ciudad.

―Pero algo recordará. Algún punto en concreto…

―Sí, claro. Pasé por una calle muy comercial y me senté en la terraza de un restaurante cerrado. Después, me paré junto a una escultura de Dalí. Cerca de ahí había un cartel luminoso que decía «Andorra la Vella» encima de un arroyo.

―Un río ―corrigió Sallent―. El río Valira.

Del otro lado del vidrio, Laura recordó el primer beso con Julián.

Estaban en la fuente mágica, en Barcelona, en la ladera de lo que él había llamado «la montaña de Montjuïc».

Ella, sin embargo, después de haber vivido a los pies del Fitz Roy, no podía considerar a Montjuïc más que un cerro.

De la misma manera, Amalia Roveda, nacida en Rosario a orillas de un río por el que navegan barcos de contenedores, no podía considerar el cauce encajonado que cruzaba la capital andorrana más que arroyo.

―¿La noche de Ámsterdam también se fue a escribir?

La pregunta pareció sorprenderla.

―No. Esa noche salí con un amigo argentino que vive hace muchos años en Holanda.

A Laura no se le escapó que Carolina Samengo había dicho algo muy parecido.

―¿Adónde fueron?

―¿Es imprescindible que se lo diga?

―No puedo obligarla. Pero si no lo hace, pensaré que tiene algo que ocultar.

Amalia Roveda echó un vistazo a la cámara que grababa la conversación desde un rincón de la sala. Cuando volvió a hablar, lo hizo en un tono algo más bajo.

―Es más que un amigo. Un novio de la juventud con el que retomé el contacto por internet.

―¿Cómo se llama?

La mujer tragó saliva.

―Armando Soriano.

―¿Él puede corroborar esto?

―Supongo que sí.

―¿Supone?

―Está casado. Les pido por favor que sean discretos a la hora de preguntarle. Si su mujer se entera de que estuvo conmigo, sería un desastre.