CAPÍTULO 37
De un lado del mostrador, el joven empleado de la ferretería me pregunta qué necesito. Del otro, yo imagino la trayectoria de los perdigones, el retroceso del arma y el olor a pólvora.
El chico vuelve a hacerme la pregunta. Parpadeo unas cuantas veces para volver a la realidad. No será hoy ni será él.
Le pido dos tubos metálicos para electricidad de diámetros muy específicos. Me advierte que el tramo mínimo son tres metros. Me pasa en casi todas las ferreterías a las que voy.
Aunque necesito apenas unos centímetros, pido tres metros de cada uno y le indico que me los corte a la mitad, así los puedo transportar.
También tengo que comprar sierras, un taladro, algunos clavos, tornillos y pegamento epoxi. Pero para eso iré a una ferretería distinta.
Cualquier precaución es poca.
A mis espaldas, la puerta se abre. Acompañado de un aire helado entra un hombre mayor, de estatura baja y barriga prominente enfundada en una camiseta manchada de pintura. No debe de hacer más de diez grados afuera y él va en manga corta.
Hay gente en la Patagonia que es increíble. Parece que tuvieran piel de pingüino. Mientras tanto, el resto de los mortales terminamos acatarrados ante cualquier virus de morondanga.
Mientras el empleado busca los materiales que le pedí, veo que el hombre de manga corta me mira. Me resulta familiar. Nariz puntiaguda, ojos negros diminutos y la espalda algo encorvada. Como si realmente fuera medio pingüino.
Clavo la mirada en mi teléfono para evitar el contacto visual, pero ya es demasiado tarde.
―Perdoname. ¿Vos estás en una orquesta de tango?
Mierda.