CAPÍTULO 35
Entro en la ferretería y agarro un número. La calefacción está puesta con ganas. Mientras me desenrosco la bufanda que me tapa la boca, miro disimuladamente hacia arriba. No me cuesta encontrar la lucecita roja encima de la lente curva que enfoca el mostrador.
El tema de las cámaras de seguridad, la verdad, me preocupa. Estuve investigando y, en general, no almacenan imágenes durante más de una semana, pero nunca se sabe. Mientras más lo pienso, más claro tengo que el día que me atrapen será por culpa de uno de esos chirimbolos.
Pero no se los voy a poner fácil, por supuesto.
Tomo todas las precauciones que puedo. Me oculto para que no me vean y, sobre todo, me dejo ver cuando es importante.
Al final, tarde o temprano, la policía me preguntará qué estaba haciendo la noche de tal a las tal.
Y si no tengo una coartada sólida, estoy en el horno.
Casi.
Unos minutos después, otro empleado canta mi número. Es joven, de cuerpo delgado y fibroso. Lo miro un segundo más de lo necesario. A la distancia a la que estamos, los perdigones ni siquiera tendrían tiempo de abrirse.