CAPÍTULO 34
Mientras del otro lado del espejo Sallent despedía a Heredia y hacía pasar a Florián Turnes, Laura buscó en internet el nombre del medicamento para el reflujo que el cantante había mencionado.
Efectivamente, la galactorrea estaba entre los efectos secundarios y podía manifestarse en personas de ambos sexos.
El bandoneonista de Alma de Arrabal y autor de Códigos rotos entró en la sala con la cabeza alta y un cierto rictus en la boca que a Laura se le antojó rabia contenida.
Sallent miró sus papeles y carraspeó.
―¿Cuánto tiempo estuvo en Andorra en su visita anterior?
―Ocho días.
―¿Hicieron varias presentaciones?
―No. Solo una. Durante la semana dimos talleres y cursos. Lo hacemos en casi todos nuestros destinos. Cada miembro de la banda tiene una especialidad: canto, lutería, baile… Yo doy clínicas de bandoneón.
―¿Llegó a Andorra con el resto de los miembros de la orquesta, como lo ha hecho hoy?
―No. Vine dos días antes.
―¿Por qué?
―Me está hablando como si fuese sospechoso de algo.
―¿Sospechoso? En absoluto. Pero le pido que entienda que es el deber del Cuerpo de Policía de Andorra custodiar nuestras fronteras.
―¿Qué es lo que busca de verdad ?
―Hoy las preguntas las hago yo, señor Turnes. Contésteme por qué vino dos días antes que el resto de sus compañeros.
―Para aprovechar a hacer de turismo. Me gusta exprimir al máximo los lugares que conozco. Al fin y al cabo, no sé si volveré alguna vez.
―¿Qué hizo después de la actuación?
―Me fui a tomar algo con Jorge.
La versión de Turnes encajaba perfectamente con la de Jorge Heredia. Por más que el andorrano se esmeró en encontrar diferencias e incluso le tendió alguna trampa, no logró identificar una sola fisura en el relato.
―¿Estuvieron todo el tiempo juntos?
―Sí. Bueno, todo el tiempo... usted sabe cómo es esto.
―No, señor Turnes. No «sé cómo es esto».
―Vas al baño, vas a la barra a comprar algo, te ponés a charlar con una mina. Encima Jorge fuma, así que sale a cada rato. No sé por qué me están haciendo estas preguntas, pero si es muy importante que yo haya visto a Jorge en todo momento esa noche, tengo que decirle que no fue así.
―Sí, es muy importante. Estamos investigando un caso de narcotráfico.
Turnes arqueó las cejas, como si esa palabra lo hubiera tomado por sorpresa.
―¿Recuerda cuál fue el período de tiempo más largo durante el que lo perdió de vista? ―continuó Sallent.
El bandoneonista cerró los ojos intentando recordar.
―Una hora, supongo. Jorge me dijo que iba al baño y a fumar.
Yo me puse a hablar con una mujer y ya me olvidé de él.
Cuando volvió, me contó que él también había estado conversando con una chica y que se habían puesto a bailar.
Recuerdo la sonrisa de oreja a oreja que tenía cuando me contó que había conseguido su número de teléfono.
―¿Notó algo raro en él al volver?
―Estaba un poco agitado. De bailar, supongo.
―¿Y en Ámsterdam, después de la actuación, también salieron?
Turnes abrió los ojos al oír la pregunta, pero respondió sin objetar.
―Sí. Fuimos a un local nocturno en el Barrio Rojo. Lo perdí de vista en varias ocasiones.
―¿También volvió agitado Heredia?
―Sí.
―¿Y en ese local se bailaba?
―No.
―¿Algo más que quiera añadir? Tenga en cuenta que ya estamos en proceso de obtener las grabaciones de varias cámaras de seguridad tanto en Ámsterdam como en Andorra la Vella. Si hay algo que vayamos a descubrir en esos vídeos que no nos haya dicho, ahora es el momento de hablar.
Turnes clavó la mirada en Sallent y sonrió con los labios apretados.
―Nada más.