CAPÍTULO 33
Enric Sallent hizo salir de la sala a Carolina Samengo y le indicó al agente apostado en la puerta que la llevase a la pequeña sala de reuniones del edificio.
De esa manera, mantendría separados a los miembros que ya había entrevistado de los que no.
También tenía a otros dos agentes en el vestíbulo, atentos a todo lo que pudieran hablar los músicos antes de ser interrogados.
Cuando Laura levantó la vista de sus notas para mirar a través del vidrio, Sallent hacía pasar a Jorge Heredia.
Tal y como ella había notado en la milonga en Málaga, el pelo alborotado y la cara casi imberbe le daban al cantante un aspecto de niño que no encajaba con los cuarenta y cuatro años que constaban en su pasaporte ni con la seguridad con la que desplegaba su vozarrón privilegiado sobre el escenario.
―Salí con Florián.
―Defina «salí», por favor.
―Fuimos a un local nocturno. Lo hacemos en todas las ciudades que visitamos.
―¿Qué sitio exactamente?
―Un bar de copas no muy lejos de la milonga. Se llamaba «El Garrapata» o algo así.
―¿El Garrepa?
―Eso.
―¿Hasta qué hora estuvieron?
―Como hasta las cuatro de la mañana. Después nos fuimos a dormir.
―¿Estuvo en todo momento con Turnes?
―Sí. Bueno, en casi todo momento. Salí varias veces a fumar.
Heredia acompañó la respuesta con el ademán de llevarse un cigarrillo imaginario a la boca.
Laura notó que la mano le temblaba. Era frecuente durante un interrogatorio, tanto en inocentes como en culpables.
Lo que verdaderamente le llamó la atención fue la cicatriz arrugada con forma de T del tamaño de una moneda entre la muñeca izquierda y los nudillos.
―¿Varias veces? ¿Cuántas?
―No lo sé. Cinco. Siete.
―Fuma mucho, veo.
―Más de lo que me gustaría.
―¿No le afecta para cantar?
―De momento, no. Pero quiero dejarlo.
―¿La noche del dieciséis de abril en Ámsterdam, también salieron después de la actuación?
Heredia clavó los ojos en el policía.
―¿Por qué me pregunta eso?
Sallent repitió la excusa de la investigación por narcotráfico y le aseguró que no tenía nada de lo que preocuparse.
―También salimos en Ámsterdam, sí.
―¿Adónde?
El cantante echó un vistazo fugaz alrededor de la sala antes de contestar. Parpadeaba de manera constante, como si algo le molestara en los ojos. Laura estaba segura de que la noche que los había visto actuar en Málaga no mostraba ese comportamiento.
―Fuimos al barrio rojo.
―Además de Florián Turnes, ¿alguien más podría corroborar lo que dice?
―No.
―Muy bien ―dijo Sallent―. Ahora quiero que me cuente con pelos y señales cada detalle que recuerde.
Horas, lugares, personas con las que se encontraron, si sacaron fotos, todo.
Y piense muy bien antes de hablar, porque si aparecen discrepancias con lo que nos cuente Turnes, él o usted tendrán un problema.
El agente que había escoltado a la orquesta desde la furgoneta entró en la sala en la que estaba Laura. Se puso junto a ella y apoyó un dedo en el cristal espejado.
―Este tipo es muy raro.
Laura no respondió. Quería centrarse en la declaración de Heredia y no en la opinión de un policía. Pero el agente tenía ganas de hablar.
―Lleva parches en los pezones.
Laura se giró hacia él.
―¿Qué?
―Los he notado al cachearlo.
―¿Le preguntaste por qué los lleva?
―No.
Laura apretó el botón para hablarle a Sallent a través del auricular. Él hizo un gesto afirmativo con la cabeza y esperó a que Heredia concluyera el relato sobre la salida por el Barrio Rojo.
―¿Qué son los apósitos que lleva en los pezones? ―preguntó el policía, repitiendo las palabras de Laura.
El cantante se levantó la ropa para mostrar dos parches de color piel. Hacía poco, Laura había comprado unos muy parecidos.
―Galactorrea ―dijo Heredia―. Tomo una medicación para el reflujo del esófago. Uno de los efectos secundarios es la producción de leche. Sí, en hombres también.