Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

El pequeño bus que transportaba a Alma de Arrabal pasó por las garitas de la policía española sin que lo pararan y avanzó hacia las instalaciones de la aduana andorrana.

Cada uno de los tres carriles por los que los vehículos entraban al Principado estaba custodiado por un policía con instrucciones de detenerlo.

Sallent le había explicado a Laura que Andorra tenía un convenio de libre circulación con España y Francia, sus vecinos.

Podían detener vehículos en la frontera, pero no solían hacerlo.

Eso, los miembros de Alma de Arrabal no lo sabían.

En general, nadie conoce el funcionamiento de una frontera a menos que la atraviese con frecuencia.

Cuando un agente los hizo bajar del bus y les indicó que los acompañaran al edificio de la aduana, ninguno de los músicos hizo ningún comentario.

Laura sabía todo aquello porque Núria Villaró no solo había instalado en el vehículo un GPS, sino también un micrófono que transmitía en directo todo lo que hablaban.

Sallent, que había estado escuchando junto a ella todo el tiempo, se fue a la sala de interrogatorios contigua y le indicó a un subordinado que hiciera pasar a la primera persona de la lista que Laura le había ayudado a confeccionar.

Un minuto después, Carolina Samengo, la bandoneonista joven y atractiva, estaba cara a cara con el policía andorrano.

Tras saludarla, Sallent miró el pasaporte de la mujer. Laura había estudiado a fondo la copia que les había proporcionado Durán. Samengo tenía treinta y cuatro años, aunque aparentaba muchos menos. Su pasaporte argentino indicaba que había nacido en Bucaramanga, Colombia.

―Señora Samengo ―comenzó Sallent, consultando una carpeta―. Es la segunda vez que ingresa a Andorra en menos de un mes, ¿no es así?

―Sí. Estuvimos a principios de julio. Tocamos en una milonga.

―¿Les pagaron por la actuación?

―Sí, claro.

―Supongo que habrán gestionado los permisos para realizar actividades remuneradas en el Principado.

―Entiendo que sí. Eso habría que preguntárselo a Emilia Durán, que es nuestra representante. Ella se encarga de todos los papeles.

―La actuación fue hace veintitrés días, el 7 de julio, en Andorra la Vella, ¿es verdad?

―Sí.

―¿Y usted qué día entró a nuestro país?

―Una semana antes. Vine a dar una clínica de bandoneón.

―¿También remunerada y también con todos los papeles en orden?

La mujer hizo un gesto ambiguo. Seguramente la banda tenía permiso para actuar, pero no para las demás actividades.

―¿Eso es un no?

―No lo sé. Espero que sí ―dijo sin un ápice de convencimiento―. Debería consultarlo con Durán.

Del otro lado del vidrio, Laura se alegró de que Sallent llevara la conversación de esa manera. La falta de un permiso le servía de excusa perfecta para interrogarlos.

―¿Alguna otra actividad comercial además de la actuación y la clínica?

―Nada más.

―¿Podría decirme qué hizo inmediatamente después de la actuación en Andorra la Vella la noche del 7 de julio ?

―Me quedé en la milonga tomando un par de cervezas. Tenía mucho calor.

―¿Dónde tuvo lugar esta milonga?

―En un restaurante que se llama Aires Buenos.

―Lo conozco, es enorme y tienen excelente carne. ¿Hasta qué hora estuvo allí?

―Hasta la una de la mañana aproximadamente.

―¿Y después?

―Me fui al hotel a descansar.

―¿Sola?

―Sí.

―¿Qué hotel?

―El Ibis.

―También lo conozco ―dijo Sallent, mientras buscaba algo en su teléfono―. Según Google, está a menos de quinientos metros del restaurante. ¿Se detuvo en algún sitio? A comprar algo o a hacer fotos, por ejemplo.

―No.

―O sea que en las grabaciones de las cámaras de seguridad del hotel veremos que usted llega… ¿A qué hora?

―Una y cuarto, supongo. No me acuerdo exactamente.

―No importa. El restaurante donde actuaron también tiene cámaras. Lo que quiero que me confirme es que la vamos a ver llegar al hotel entre siete y diez minutos después de salir de la milonga.

―Sí.

Laura sonrió. Era una buena jugada mencionar las cámaras de seguridad. Les haría pensar dos veces antes de mentir. Lástima que tanto en el hotel como en el restaurante le habían dicho a Sallent que los servidores solo conservaban las grabaciones de la última semana.

―Si me permite la pregunta, ¿qué hace una mujer colombiana tocando el bandoneón en una orquesta de tango?

―¿Puedo no permitirle la pregunta?

―Puede.

La mujer se encogió de hombros .

―Estoy acostumbrada a explicarlo. Mi padre era argentino.

Se exilió en Colombia durante la última dictadura militar.

Era un verdadero fanático del tango y muy buen bandoneonista.

Cuando murió, viajé a Buenos Aires a esparcir sus cenizas.

Entonces me enamoré de la ciudad y me quedé.

¿Es suficiente con eso o quiere saber más de mi biografía?

Sallent negó con la cabeza.

―Es suficiente. Pasemos ahora a Ámsterdam. Tengo entendido que actuaron allí hace poco.

―A mediados de abril.

―Hace tres meses y medio, entonces. ¿Qué hizo después de la actuación?

―Disculpe, ¿qué tiene que ver eso con nada?

Sallent llenó los pulmones de aire, como si estuviera considerando si decir o no lo que tenía en mente.

―Un gran porcentaje de la droga que entra en Andorra pasa en algún momento por Ámsterdam.

Laura ignoraba si el dato era real, pero Sallent lo había dicho de forma convincente.

―Si no fuera colombiana, ¿me haría la misma pregunta?

―Por supuesto.

La bandoneonista dudó por un instante, pero al final habló resignada.

―Esa noche salí con un amigo de Colombia que vive hace muchos años en Holanda.

―¿Puede darnos los datos de este amigo?

―Por supuesto.

Laura anotó el nombre y apellido. La conversación quedaría grabada, pero a ella la tranquilizaba tomar sus propios apuntes.

―¿Adónde fueron?

―A varios locales nocturnos. No sé cómo se llamaban ni en qué parte de la ciudad estaban. Recorrimos tres o cuatro y terminé bastante borracha. Pero puedo preguntárselo a él.

―No hace falta, lo haré yo mismo. ¿Recuerda qué hicieron sus compañeros esa noche, después de la actuación ?

Samengo se recostó en la silla y exhaló con fuerza.

―Ni idea. Cuando terminamos de tocar, cada uno es libre de hacer lo que quiera. A mí me gusta ir sola, ya comparto suficiente tiempo con ellos durante los ensayos y los shows .

―Haga memoria, por favor.

La mujer arrugó un poco la nariz, como si eso la ayudara a recordar.

―Diría que Florián y Jorge salieron.

Carolina Samengo se refería a Florián Turnes, el bandoneonista autor de Códigos rotos y a Jorge Heredia, el cantante.

―¿Por qué «diría»?

―Porque siempre salen. Llueva, truene o caigan piedras.

Yo no soy una monja de clausura, pero ellos están a otro nivel.

Recuerdo una noche en Helsinki, con nieve hasta las rodillas, los tipos se fueron de fiesta con apenas un abrigo encima del traje con el que actuamos.

Yo ni loca. Con ese frío, no asomo ni la nariz.