Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Seis días después, los siete integrantes de Alma de Arrabal se dirigían por voluntad propia a la frontera de Andorra.

El «atajo» de Sallent era convencer a uno de sus superiores de que destinara mil cuatrocientos euros para que la orquesta tocara en el cumpleaños del supuesto dueño de un centro de esquí.

Para darle más credibilidad a la mentira, los había recogido en Barcelona un pequeño bus forrado con grandes fotografías de gente disfrutando de la nieve que el superior de Sallent se había encargado de pedir prestado.

―¿Está segura de que no quiere estar presente cuando hable con ellos? ―volvió a preguntarle Sallent a Laura.

Estaban en la única cámara Gesell del pequeño edificio de piedra que albergaba las instalaciones de la aduana. Una habitación pequeña y oscura con una consola para grabar lo que sucedía en la sala de interrogatorios al otro lado de la ventana espejada.

―Segura. Yo escucharé atenta, pero de este lado del vidrio. Si me ven, me reconocerán de la noche de la milonga en Málaga y sabrán que les mentí. Además, sería demasiado sospechoso que una policía argentina los interrogara en la frontera andorrana. Eso podría alertar al asesino. Aunque, bueno…

Sallent sabía perfectamente lo que Laura había dejado en el aire. Lo habían hablado varias veces en los últimos días. Para ella, el mero hecho de interrogarlos aumentaba demasiado el riesgo de poner al asesino sobre aviso. Pero estaban en la jurisdicción de Sallent y se jugaba con sus reglas.

―Confíe ―la tranquilizó el andorrano―. Los detendremos con la excusa de un interrogatorio de rutina, nada raro en una frontera. Estoy seguro de que hablar con ellos nos ayudará a avanzar. Incluso si el asesino se huele algo, creo que vale la pena correr el riesgo.

Laura asintió. De vez en cuando, muy de vez en cuando, sabía utilizar la diplomacia.

La llegada de Alma de Arrabal a Andorra era inminente y ya era demasiado tarde para discutir el plan.

Era el momento de darle ánimos a Sallent y desearle suerte.

Sonrió y señaló dos pequeños auriculares sobre una mesa.

―Si tengo algo que acotar, le hablaré por estos aparatitos.

―Le agradezco la confianza, Badía ―dijo Sallent con la mirada clavada en la pantalla de su teléfono, que mostraba la geolocalización de la banda―. Ya están llegando a la frontera. ¿Alguna recomendación más?

Laura estuvo a punto de decirle que tuviera mucho cuidado con lo que decía. Si se filtraba el dato de que estaban investigando asesinatos múltiples, ella y Sallent tendrían un problemón. Pero eso era tan básico que mencionarlo podía interpretarse como una falta de respeto.

―Buena suerte, Enric. Estaré atenta para apoyarlo en lo que pueda.