Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Laura volvió a su habitación de hotel a la una de la mañana tras cenar un kebab con Sallent en la oficina de Núria Villaró.

Se lavó los dientes, se descalzó y se dejó caer en la cama con un suspiro de alivio.

Sonrió al sentir una especie de aleteo en el vientre.

Había algo reconfortante en notar que Pichona se movía.

El miedo, irracional pero presente, de que le hubiera pasado algo se despejaba y el contador de la preocupación volvía a cero.

Laura se preguntó si la bebé se habría movido otras veces a lo largo del día y ella había estado demasiado concentrada en el trabajo como para notarlo.

Se acarició el vientre.

―No te conozco, pero me parece que ya te quiero.

Otro movimiento. Quizás una respuesta. Quizás azar.

Se tapó con la manta y abrió Códigos rotos , el libro del bandoneonista Florián Turnes.

Era un volumen pequeño, de tapas blandas e impreso sobre papel blanco.

Laura tardó poco en detectar errores de ortografía y la ausencia de un hilo conductor claro.

Era más bien una ristra de quejas sobre la falta de respeto a «los mandamientos sagrados del tango» intercaladas con fotografías del autor, mucho más joven, tocando con orquestas formadas exclusivamente por hombres peinados a la gomina.

En el capítulo final, al que Laura llegó después de hora y media, Turnes reproducía una entrevista de 1998 que le habían hecho para una revista que, según él, era la publicación especializada en tango más longeva e importante de Argentina.

Las respuestas de Turnes, salpicadas de anécdotas que ya habían aparecido antes en el libro, eran más de lo mismo.

Sin embargo, una de ellas hizo que Laura se incorporase en la cama.

A velocidad de hipopótamo, por supuesto.

«De todos los códigos que se rompen en la milonga, ¿cuál es el que más le molesta?», preguntaba el periodista.

«Cuando el disc jockey no cierra con La Cumparsita .

¿Tan difícil es de entender? Es el broche de oro.

El tango es un baile solemne y todo el mundo debería irse como gente civilizada cuando suena la pieza que así lo indica.

Por suerte, es un código que se rompe muy poco, pero cuando sucede me dan ganas de agarrar al disc jockey del cogote».

Laura miró la hora. Eran casi las tres de la mañana. De no ser porque Sallent le había dicho que esa noche tenía que sustituir a un compañero enfermo, no se habría atrevido a llamarlo.

―¿Ha pasado algo?

―Tengo una teoría. Bueno, una conjetura.

Pasó los siguientes minutos explicándole al andorrano lo que había aprendido en la charla con el dueño de la milonga en Málaga y confirmado en la lectura de Códigos rotos .

―O sea que bailar a Gardel está prohibido.

―Algo así. Gardel ni siquiera suena en las milongas.

―Entonces, ¿cuál es tu teoría exactamente?

Laura tragó saliva. Tenía miedo de que al decirlo en voz alta le sonara ridículo.

―A un extremista del tango le molestaría muchísimo que se bailara a Gardel. Me pregunto si es posible que haya alguien dispuesto a matar con tal de defender ese código.

Definitivamente, sonaba ridículo.

―¿Y La Cumparsita cómo encaja en todo esto?

― La Cumparsita es, literalmente, el último tango. Es el tango para decir adiós.

Sallent se tomó unos segundos antes de responder.

―De las víctimas, solo nos consta que una de ellas bailara tango ―dijo.

―Tendríamos que averiguar si los otros tres también.

―Supongo que usted puede consultar con la policía argentina. Yo contactaré con los de Países Bajos para que le pregunten a la familia de Koeman.

Sallent había hablado sin demasiado entusiasmo.

―Es solo una teoría ―matizó Laura, restándole importancia―, pero tampoco tenemos mucho más de dónde agarrarnos. Además, si las víctimas están relacionadas con el tango, tenemos un patrón, independientemente de si la conjetura de los códigos rotos es cierta o no.

―Supongo que no perdemos nada con intentarlo.

―¿Se le ocurre algo mejor?

―Sí. Sigo pensando que tenemos que interrogarlos.

―¿Por qué habla en plural? Ya le dije que para cuando resuelva el problema de la jurisdicción, yo estaré en Argentina.

―Porque creo que he encontrado un atajo.