CAPÍTULO 27
Emilia Durán se apoyó en el respaldo de su silla.
―Con una o dos actuaciones por semana, no les saldría rentable hacer una gira. Por eso, todos tienen una fuente de ingresos complementaria. Los dos bandoneonistas, por ejemplo, dan seminarios intensivos. Hay poca gente fuera de Argentina que enseñe bandoneón. Las clases se pagan muy bien.
―Quién lo diría, ¿no? ―intervino Sallent.
―Son músicos de una de las bandas de tango de más renombre en la actualidad. Un aficionado al fútbol que se lo pudiera permitir no repararía en gastos para aprender con Messi.
A Laura la comparación le pareció desacertada.
Una cosa era el fútbol, con su popularidad desproporcionada, y otra un instrumento que prácticamente no existía fuera del Río de la Plata.
Pero luego recordó una frase de Julián de unos meses atrás, cuando se había obsesionado con ver videos de YouTube sobre éxito empresarial: «Cualquier nicho de mercado puede ser muy rentable si uno logra dar con la audiencia objetivo».
―¿Y el resto de la banda qué hace durante la semana previa a la actuación?
―Los violinistas son luthiers. Bueno, Oyarzo es luthier y Roveda le ayuda. Se asocian con talleres de lutería locales y dan seminarios de construcción y reparación de instrumentos.
―Y supongo que Jorge Heredia enseña canto.
―Por supuesto. ¿Lo han oído? Con lo poca cosa que es el pobre chico, pero cuando tiene un micrófono en la mano, se transforma.
―¿Qué tan importante es esta orquesta para su negocio en términos económicos, señora Durán? ―preguntó Sallent.
La mujer le clavó la mirada, como si acabara de preguntarle por su vida sexual.
―Todo suma ―dijo, bajando la vista―. Pero no me estoy haciendo rica con ellos, si eso es a lo que se refiere.
―Se lo pregunto porque antes ha dicho que organizar la logística es una pesadilla. ¿Por qué accede a algo así?
La mujer asintió, como si se hubiera hecho esa pregunta muchas veces.
―Podría ponerme firme y decirles que no, pero no dejan de ser siete pequeñas divas.
―¿Divas?
―Dentro de su micromundo, sí. En la dicotomía entre ser cabeza de ratón o cola de león, ellos son, sin lugar a dudas, cabeza de ratón.
Por la cara que puso, Sallent no tenía ni idea de lo que Durán acababa de decirles. Laura, otra vez gracias a Julián, conocía la expresión. Los gurús de los negocios la usaban para referirse a si era preferible dominar un mercado pequeño o tener una pequeña porción de un mercado grande.
―Después de todo ―prosiguió Durán―, son los mejores del mundo en lo que hacen.
Si no, no trabajaría con ellos. Además, soy de la vieja escuela: para mí a un artista hay que tratarlo bien y darle lo que quiere, dentro de lo posible.
Ya lo tienen suficientemente difícil para ganarse la vida con lo que hacen.
―¿Podría darnos algún ejemplo de estos aires de diva?
―Florián, por ejemplo, es el más estructurado. Siempre pide ir lo antes posible al siguiente destino, para hacer turismo. Si fuera por él, viajaría al día siguiente de cada actuación.
―¿Nunca hace turismo después del show en vez de antes? ―preguntó Laura.
―No. Dice que prefiere absorber el aire de la ciudad antes de la presentación. Si lo conocieran, lo entenderían. Es un romántico del tango. Un fanático. Hasta escribió un libro.
―No me diga ―disimuló Laura.
La mujer se levantó de su silla y recorrió con el índice la breve biblioteca que ocupaba dos estantes junto a la ventana.
―Aquí está.
Puso sobre la mesa un volumen de no más de cien páginas.
En la portada había una pareja bailando tango.
El hombre tendría unos sesenta años, iba peinado a la gomina y vestía un traje gris.
La mujer, de unos cincuenta, llevaba un vestido negro que le cubría las rodillas, zapatos con taco aguja y el pelo recogido con fuerza.
La sonrisa y los ojos cerrados le conferían un semblante de paz.
Encima de sus cabezas, el título del libro flotaba en letras rojas.
Códigos rotos .
Laura lo abrió. En la primera página había una dedicatoria escrita a mano.
«A Emilia Durán
Gracias por ayudarme a llevar mi religión a todos los rincones de Europa.
Florián.»
―¿Lo ha leído?
―Por encima.
―¿Nos lo presta?
―Todo suyo.
―¿Podría también darnos copias de los pasaportes de los siete músicos? ―intervino Sallent.
Emilia Durán se movió un poco en la silla.
―Tendría que buscarlos. Los debo tener por ahí.
―Si se encarga de reservarles vuelos y hoteles, necesitará sus datos a menudo .
La representante apoyó los codos en el escritorio y se inclinó ligeramente hacia adelante.
―¿Qué pasa si decido no colaborar?
―Volveremos con la policía española. Y, para amortizar el viaje, les diremos que se traigan también a algún inspector de Hacienda.
Como andorrano, sé lo estricta que es la Agencia Tributaria de su país.
Supongo que recorrerán el calendario de actuaciones de la banda en Europa y le pedirán a usted la factura de cada una.
―Sallent hizo una pausa para señalar una foto de Alejandro Sanz―.
No creo que alguien de su envergadura haga transacciones en negro...
―Está bien, les prepararé esas copias de los pasaportes. No hacía falta la amenaza. Como ya les he dicho, le tengo mucho cariño a las fuerzas de seguridad.
―Muchas gracias ―respondió Laura con su mejor tono de poli bueno―. ¿Cree que si le damos un listado de ciudades podría decirnos el orden en el que llegaron los músicos a cada una?
La mujer lo meditó durante un segundo.
―Supongo que sí. Bastaría con mirar los billetes de tren, avión o autobús de cada uno.
―Nos sería de gran utilidad.
―¿Qué más quieren?
―Que no comente esto con la orquesta.
―Denlo por descontado. No quiero entorpecer la investigación ni preocuparlos a ellos.
Sallent puso sobre el escritorio una copia de la fotografía que Alma de Arrabal usaba en todas sus redes sociales. Era la misma que Noelia le había mostrado a Laura cuando le había hablado por primera vez de la orquesta.
―También nos serviría mucho que nos dijera lo que nunca vamos a encontrar en ningún papel. Sus personalidades. Cómo se llevan entre ellos.
―¿Esto es relevante para atrapar a esa prófuga?
―Desde luego. Cuanto más sepamos de los músicos, más probable es que podamos anticipar los movimientos de Noelia Viader.
Durán miró la fotografía de la banda.
―Con algunos he tratado más que con otros.
Con una uña larga, de manicura perfecta, señaló a la mujer violinista. En la fotografía, el vestido negro dejaba descubierto un hombro.
―Amalia Roveda es con quien más hablo.
―¿Qué sabe de ella?
―Que es un poco la mamá de todos. Y que si se dedicara a representar músicos, tendría mucho dinero.
Trabajó unos años con un representante en Argentina, no recuerdo su nombre.
Como violinista es muy buena y como luthier no lo sé.
Pero como manager , aunque a ella no le guste el título, es estupenda.
Siempre está pendiente de todo. Intenta mediar entre los pedidos de sus compañeros y el baño de realidad que yo les tengo que dar a veces.
Si la tecladista quiere agua con gas a sus pies, Amalia se encarga de que ahí esté. Los consiente todo lo que puede.
El dedo de Durán se movió para señalar a la chica joven y atractiva que sostenía sobre el regazo un bandoneón con el fuelle abierto en forma de abanico.
―Con ella también he hablado bastante. Se llama Carolina Samengo. Es colombiana.
―¿Cómo termina una colombiana tocando el bandoneón en una orquesta de tango?
―Una vez se lo pregunté. Me respondió que ella había nacido en Buenos Aires a los veintinueve años. Es un guiño a Carlos Gardel, que para zanjar la discusión de su nacionalidad de origen una vez dijo «nací en Buenos Aires a los dos años y medio».
El dedo volvió a moverse y alternó entre la tecladista de las rastas y el contrabajista calvo con la oreja mutilada.
―Estos son Sergio Nemirovsky y Gabriela Bayona, los profesores de tango. Alguna vez me contactaron para que les consiguiera un sitio para dar las clases, porque los locales donde se hacen las milongas no siempre están disponibles durante la semana.
Por último, la uña se posó en el cantante con pinta de niño y voz de huracán.
―Jorge es todo un personaje. Vive en una tristeza permanente. Pero los días previos a un concierto, es como si volviera a la vida. Hasta se le suele ir ese tic nervioso que tiene de parpadear constantemente.
La mujer debía de tener razón, porque Laura no había observado ningún tic en la presentación de la noche anterior.
―Además, es muy religioso. Va a misa todos los domingos, esté donde esté. Quizás mi ateísmo me haga verlo más grave de lo que es. Pero me cuesta entender que alguien así de joven se tome la religión tan en serio.
―¿Cuán en serio? ―preguntó Sallent.
―Tiene un anillo de oro con la imagen de Cristo.
Una vez les conseguí un bolo en Marruecos, que no es Europa pero está aquí al lado.
Amalia Roveda me contó que el domingo, cuando se levantaron para irse, Jorge le pidió cambiar el billete del ferry para no perderse la misa. Amalia se quedó a acompañarlo.
―¿Marruecos no es un país musulmán? ―preguntó Laura.
―Mayoritariamente sí, pero hay iglesias católicas.
Tiempo después tuve la ocasión de preguntarle a Amalia por qué Jorge era tan inflexible con su devoción.
Lo justificó, como hace siempre con todos sus compañeros, diciendo que Jorge no solo es un creyente acérrimo sino que disfruta viendo cómo se practica su religión en otras partes del mundo. Igual que hace con el tango.