CAPÍTULO 26
Si en Andorra el clima fresco había sido una bendición para Laura, el calor de Málaga en pleno julio se le antojaba un infierno. Los treinta y tres grados de Barcelona ya no le parecían tan agobiantes comparados con los treinta y siete de la ciudad andaluza.
Las oficinas de Artistas y Eventos S. L.
estaban en un segundo piso de un edificio sin ascensor en la plaza de la Merced, a cincuenta metros de la casa natal de Pablo Picasso.
Laura subió las escaleras jadeando mientras le aseguraba a Sallent, recién llegado tras su peripecia con la aerolínea, que no necesitaba parar para descansar.
Los recibió una secretaria joven en una sala de espera con fotos firmadas por David Bisbal, Estopa, Enrique Bunbury y Diego Torres. Todos con piel tersa y ropa pasada de moda. Artistas y Eventos S. L. había vivido tiempos mejores.
―La señora Durán los está esperando, adelante ―dijo la chica, haciéndolos pasar a un despacho.
Emilia Durán rondaba los sesenta años. Estaba bronceada, tenía una forma física excelente y seguramente compraba al por mayor la laca con la que dominaba su tupida cabellera rubia.
―Señores, bienvenidos a nuestras humildes oficinas. Tomen asiento, por favor ―dijo, señalando dos sillas frente a su escritorio.
El mobiliario, al igual que las fotos firmadas, era de veinte años atrás. Sin embargo, la oficina estaba limpia y ordenada .
―Gracias por recibirnos ―dijo Laura.
―Faltaría más. Lo que sea por colaborar con las fuerzas de seguridad. Les tengo mucho respeto y cariño. Mi padre era del ejército.
Aunque Laura no era ninguna experta, le pareció que Durán no tenía acento andaluz.
―Necesitamos más gente como usted ―bromeó Sallent.
―¿En qué puedo ayudarles?
―Queremos hacerle unas preguntas sobre Alma de Arrabal.
Laura detectó un instante de rigidez en el rostro de Durán.
―¿Se han metido en algún problema?
―No, no. Para nada ―respondió Laura―. Estamos intentando atrapar a una prófuga de la justicia argentina. Se llama Noelia Viader y desapareció tras robar varias toneladas de oro y plata de una mina de la Patagonia.
―¿Y qué tienen que ver los chicos de Alma con esto?
―Noelia Viader es fanática del tango y una fiel seguidora de ellos.
Nos consta que ha asistido al menos a una de las presentaciones de la orquesta en esta última gira europea y creemos que es muy probable que vaya a alguna otra.
No descartamos que intente establecer una relación con los miembros de la banda, porque los admira profundamente.
―¿Podría ser peligroso para los músicos?
―En absoluto. Viader es una ladrona de guante blanco.
No es violenta. Pero está buscada por Interpol, así que se mueve con mucha cautela.
Si intenta acercarse a alguno de los músicos, no lo hará en el local donde actúan, a la vista de todos.
Seguramente simulará un encuentro fortuito en un hotel o un restaurante, por ejemplo.
Por eso, necesitamos toda la información que pueda darnos sobre Alma de Arrabal.
―¿Por qué no hablan con ellos directamente?
―Comprometería la investigación ―intervino Laura―. Viader es extremadamente inteligente y no le costaría darse cuenta de que los músicos la reconocen.
La mujer se tomó unos instantes para procesar todo aquello .
―Aclárenme algo, por favor. Usted trabaja para la policía andorrana y usted para la argentina, ¿verdad?
―Sí ―dijeron al unísono.
―Entonces, no tienen jurisdicción en España. ¿Es legal que no haya un miembro del Cuerpo Nacional de Policía español acompañándolos?
―Claro que es legal ―se apresuró a decir Sallent―. Sería ilegal detenerla, por ejemplo. Pero hacerle unas preguntas no está prohibido. Desde luego, usted no tiene ninguna obligación de contestarlas.
―No me diga.
―De todos modos ―intervino Laura―, si queremos que hable con nosotros, tarde o temprano lo conseguiremos. Llevará un tiempo, no se lo voy a negar.
―No tengo nada que esconder ―dijo la mujer con una mueca de desagrado―. ¿Qué quieren saber?
―Usted representa a Alma de Arrabal, ¿verdad?
―No exactamente. Soy el punto de contacto para las actuaciones en Europa.
―¿Eso no es lo que hace un representante?
―Sí, pero en este caso no es tan sencillo. Realmente ellos no tienen manager . En todo caso, Amalia Roveda, la violinista, se encarga de negociar los precios de las actuaciones.
Laura recordó a la mujer de pelo cano que se había preocupado por sus pies la noche anterior en la milonga.
―Ella delega en mí la organización de los eventos en Europa.
Un segundo después de decir esto, Durán sonrió como si acabase de recordar un chiste.
―¿Qué es lo que le causa gracia?
―Que dicho así suena muy grandilocuente. Estamos hablando de una orquesta de tango que toca para cien o doscientas personas. Mi trabajo, por un lado, es conseguirles el traslado y el hotel lo más barato posible. Por otro, hablo con los organizadores de las milongas y gestiono los pagos.
―¿Cuántos son en total, incluyendo el equipo técnico? ―preguntó Sallent .
―No hay equipo técnico. Son siete músicos, nada más. Ellos mismos montan y desmontan cada show.
―¿Cuánto cobran por cada actuación?
―Mil cuatrocientos euros en total.
―Doscientos por cabeza ―apuntó Sallent.
―No tengo idea de cómo se lo reparten.
―¿Quién elige dónde actúan?
―Quienes los contratan. Tienen sus teatros, restaurantes o centros cívicos donde organizan las milongas.
―Me refiero a las ciudades. ¿Quién dice «a esta ciudad vamos y a esta no»? ¿Ellos? ¿Usted?
Durán sonrió mostrando unos dientes demasiado perfectos para su edad.
―Le decimos que sí a todas las ofertas. Ellos vienen a Europa una o dos veces por año e intentamos llenar la agenda al máximo.
―¿Viajan juntos o separados?
La representante resopló como si Laura acabara de pedirle la solución a una ecuación de segundo grado.
―Eso es un caos. A veces quieren ir juntos y otras algunos viajan unos días antes para hacer turismo, o se quedan un poco más que el resto. No sé por qué tanto lío si al final están una semana en cada ciudad. Siempre les pregunto: ¿tanto os cuesta viajar todos juntos?
―¿Una semana en cada destino no es demasiado para una banda que está de gira? ―preguntó Sallent.
―Para ellos no, porque actúan generalmente viernes y sábados, pero durante los días de semana dan las clínicas.
Laura recordó que en la banda había dos profesores de tango: la tecladista de rastas y el contrabajista sin pelo al que le faltaba un trozo de oreja.
―Esos son Bayona y Nemirovsky. Pero, ¿el resto?
Durán mostró una sonrisa lobuna.
―Cada uno tiene su negocio montado. Lo que ganan a través de mí es, en realidad, una pequeña parte de lo que ingresan en total.