Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Pocos minutos después de que la orquesta terminara la actuación, el simpático octogenario volvió a acercarse a Laura.

―Tendrías que aprovechar para hablar con Florián Turnes, el bandoneonista. Escribió un libro sobre las reglas no escritas de la milonga. Se llama Códigos rotos . ¿Querés que te lo presente?

―Será un placer.

―Muy bien. Pero antes me presento yo. Agustín Ortiz, soy el dueño de este restaurante y fundé esta milonga hace cincuenta años, cuando vine de Argentina.

―Mariela García ―se presentó Laura―. ¿Cincuenta años? Habla usted como si acabara de bajarse del barco.

―Che, pará. Soy viejo pero no un dinosaurio. Vine en avión.

Ortiz le ofreció una amplia sonrisa y la guio entre las mesas con paso lento hasta llegar a una en el rincón del salón donde se habían sentado los músicos.

―Excelente actuación, muchachos. Los felicito ―los saludó Ortiz levantando un pulgar nudoso.

Los músicos le agradecieron. De los siete integrantes, solo quedaban cinco. Faltaban Carolina Samengo, la bandoneonista joven, y Gabriela Bayona, la tecladista de las rastas.

―Les presento a Mariela ―dijo Ortiz, repitiendo el nombre falso―. Es escritora y está preparando una novela… Bueno, que lo explique ella. Yo me voy a trabajar un rato.

Sin más, Ortiz saludó a Laura con una palmada en el hombro y se alejó en dirección a la barra.

―Sentate, nena ―dijo Amalia Roveda, la violinista de pelo canoso―. ¿A ver tus zapatos? Ah, menos mal que tenés calzado bajito. Algunas no renuncian al taco aguja hasta que están de ocho meses.

Laura ocupó un asiento entre la mujer y Turnes.

Un poco más allá, el contrabajista calvo al que le faltaba un trozo de oreja se puso de pie y la saludó con un apretón de manos.

El violinista musculoso y tatuado alzó la vista de su teléfono, le dedicó una sonrisa breve y volvió a enfrascarse en el aparato.

Por último, el cantante de rasgos infantiles y vozarrón de trueno la saludó con un gesto y se cambió a una silla más cercana para poder oír la conversación.

―¿Querés tomar algo? ―ofreció Florián Turnes, el viejo bandoneonista.

―No, gracias.

De cerca, el hombre tenía los ojos cansados y algo enrojecidos. La actuación le había arrugado un poco el traje y se había aflojado la corbata. Sus manos eran más grandes aún de lo que parecían a la distancia.

―Así que escritora, ¿eh?

―Sí. Bueno, aspirante.

En cuanto Laura empezó con la descripción de su supuesta primera novela ―una historia de amor homosexual entre un bandoneonista y un bailarín de tango―, el cantante se excusó y se fue a bailar.

Nemirovsky, el contrabajista, dio un bufido como si aquello lo aburriera enormemente y eso hizo que se pusiera a toser.

Si lo que tenía era un catarro, era de los gordos.

Sin decir nada, se alejó en dirección a la barra.

Daniel Oyarzo había levantado la vista del teléfono y escuchaba con atención desde que Laura había dicho la palabra «gay». Ahora solo quedaban tres de los siete integrantes: él, Florián Turnes y Amalia Roveda.

―Me dijo el señor Ortiz que usted también escribe.

El hombre se reclinó en la silla con un aire orgulloso y respondió con una sonrisa.

―Bueno, escribí.

―¿Ya no lo hace?

―Soy un músico que hace unos años tuvo ganas de publicar un libro. Pero ya está, ya conté todo lo que quería contar.

―¿Y qué contó?

―El libro se llama Códigos rotos . Hablo sobre las convenciones que se han perdido en las milongas. Sobre todo, fuera de Argentina. Aunque incluso en nuestro país hay algunas que van de progres y también se pasan todo por donde usted ya sabe. Sobre todo la gente joven.

Laura asintió con una sonrisa. Ella tenía treinta y siete años y ya comenzaba a adquirir esa visión de que el mundo se iba al garete. Iba a hacer un comentario sobre el tango Cambalache , pero prefirió callar.

Amalia Roveda chasqueó la lengua y negó con la cabeza. Su gesto decía «perdónenlo, es un viejo cascarrabias». A Laura le recordó a la reacción que tienen algunas mujeres ante los comentarios desacertados de sus maridos. Al notar la reprimenda encubierta, Florián Turnes largó un suspiro.

―No me hagas caso. Soy un fanático. Nací en Villa Urquiza, ¿te dice algo ese nombre?

―Es un barrio de Buenos Aires.

―¿Qué más?

―Nada más ―admitió Laura.

Florián exageró una mueca, fingiendo que el comentario le había dolido.

―Villa Urquiza es el último bastión del tango puro. En las milongas de allá los códigos son inquebrantables. No es raro que «inviten a irse» a quienes se comportan de manera improcedente.

―¿Qué vendría a ser improcedente?

―Mujeres que sacan a bailar a hombres. Hombres que sacan a bailar en el momento que no corresponde. Parejas que se mueven siempre en el mismo lugar sin dar vueltas a la pista. Vestimentas poco clásicas. En las milongas de Villa Urquiza, el tango es una religión. Y yo, digamos, fui monaguillo.

Continuaron la conversación durante un buen rato. A Florián Turnes le gustaba escucharse. De vez en cuando Amalia Roveda intervenía para poner paños fríos sobre los comentarios más radicales. Oyarzo volvió pronto a su teléfono.

―¿Hace mucho que toca con Alma de Arrabal? ―le preguntó Laura en una de las pocas ocasiones en las que el bandoneonista calló durante más de tres segundos.

―Veinte años. Soy el único sobreviviente de la formación original. A veces me pregunto, ¿sigue siendo esto Alma de Arrabal?

―Como el barco de Teseo.

El hombre la miró confundido.

―Si a un barco se le van reemplazando partes hasta que ya no queda ninguna de las originales, ¿sigue siendo el mismo barco? ―explicó Laura.

Turnes se señaló el pecho.

―De momento queda este remo y piensa seguir empujando contra viento y marea.

―Y en esta formación actual, ¿cuánto tiempo llevan?

―A ver, déjeme que haga memoria. Gabriela, que es la última, entró cuando falleció Juancito Contursi. Eso fue hace… un año y medio.

Un año y medio , repitió mentalmente Laura. Los cuatro homicidios habían sucedido en los últimos trece meses.