Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

En cuanto Alma de Arrabal terminó el primer tango, la pista volvió a llenarse de parejas abrazadas hasta que no cupo un alfiler.

Laura rechazó otra invitación a bailar sin siquiera mirar a quien se la hacía.

No pensaba despegar los ojos del escenario ni un segundo.

Había empleado los últimos tres días en recopilar información sobre la orquesta mirando entrevistas, videos de actuaciones y publicaciones en redes sociales, y ahora era el momento de estudiarlos en persona.

La formación era heterogénea por donde se la mirara.

Tres mujeres y cuatro hombres. Edades entre veintipico y pasados los setenta.

Cabelleras a la gomina, rastas y cabezas afeitadas.

Cuerpos musculosos, fofos y raquíticos. Los únicos puntos en común aparentes eran la impecable ropa negra y la precisión con la que cada uno se movía en el escenario, como engranajes de un mecanismo perfectamente lubricado.

A Laura, el que más le llamaba la atención era Jorge Heredia, el cantante.

Su cara imberbe de rasgos suaves le daba el aspecto de un chiquillo débil.

Sin embargo, en cuanto abría la boca destrozaba esa imagen con un vozarrón descomunal.

A pesar de su enorme talento, Heredia cantaba sin salirse del fraseo rítmico.

No hacía nada por destacar ni hablaba entre tango y tango.

Simplemente aferraba el micrófono con sus manos delicadas y cantaba.

En una de las entrevistas que Laura había leído le preguntaban por su perfil bajo y él respondía que la voz era solo un instrumento más al servicio de los bailarines.

Los verdaderos protagonistas de la noche, decía, estaban debajo del escenario, no arriba.

De los dos bandoneonistas, una era una chica que no parecía pasar de los treinta años.

Laura sabía muy poco de tango, pero jamás había visto a una mujer tocando ese instrumento.

Y mucho menos a una así. Carolina Samengo irradiaba belleza y juventud incluso detrás del gran fuelle negro que le tapaba medio torso y debajo del trapo de gamuza que le protegía los pantalones.

En cambio, Florián Turnes, su contrapartida masculina, era todo lo que se podía esperar de un tanguero.

Tendría setenta años, el pelo blanco peinado a la gomina y un pañuelo de seda rojo asomando del bolsillo del traje.

Estaba algo excedido de peso y sus dedos anchos, más propios de un trabajador del campo que de un músico, se movían por el bandoneón con una delicadeza que contrariaba.

A Laura le pareció que Turnes establecía más contacto visual con los hombres de la orquesta que con las mujeres.

De vez en cuando miraba al público y sonreía.

Y no tenía ningún reparo en borrar de un plumazo esa sonrisa al ver a los extranjeros desaliñados bailando junto al escenario.

Le seguía en edad la violinista Amalia Roveda.

Tendría cincuenta y pico, aunque era difícil de juzgar.

En videos de hacía dos o tres años, aparecía con el pelo negro, pero ahora lucía una trenza plateada.

Laura, que se teñía desde los años de universidad, se preguntó cuándo tendría la valentía de afrontar su verdadero aspecto físico y tomar esa misma decisión.

La idea, de momento, le parecía un horror.

Amalia Roveda ejecutaba casi la totalidad de las piezas con los ojos cerrados. Solo los abría con el último acorde, para recibir con una sonrisa el aplauso del público. Muchas de esas veces, dedicaba también una mirada casi maternal a sus compañeros.

Todo lo que Roveda tenía de serena, Gabriela Bayona, la tecladista, lo tenía de estridente. Meneaba la cabeza al compás de la música haciendo que sus largas rastas se movieran como una fregona seca. A Laura los movimientos le recordaban a Fito Páez.

Según las publicaciones en redes sociales, la tecladista era también profesora de tango y aprovechaba las giras para dar clínicas de baile junto a Sergio Nemirovsky, el contrabajista.

La calvicie de Nemirovsky le impedía ocultar que a su oreja derecha le faltaba el lóbulo. Sostenía el enorme instrumento con brazos delgados pero fuertes, al igual que el resto de su cuerpo. De vez en cuando carraspeaba, aunque evitaba hacerlo en los silencios entre canciones.

Mientras tocaba, recorría con la mirada a sus compañeros. A Laura le pareció que se detenía en el violinista con algo más de frecuencia que en los demás. Y en cuanto tomaban contacto visual, era el otro quien apartaba primero los ojos.

El violinista en cuestión se llamaba Daniel Oyarzo y apretaba el instrumento contra un cuello tan tatuado como las manos que lo sostenían.

Sobre los metacarpos llevaba el dibujo de una cruz cristiana.

Tenía la postura tensa y los músculos marcados de alguien obsesionado con el físico, pero cuando tocaba se movía al compás de la música con la gracilidad de una bailarina de ballet.

Con ese porte, resultaba extraño que las miradas del delgado contrabajista parecieran intimidarlo.

Miradas, miradas y más miradas. Los años le habían enseñado a Laura que los ojos de una persona rebosaban de información. Disimuladamente, anotó en su teléfono todas las interacciones entre los músicos.

El tango que tocaban terminó y las parejas de la pista aplaudieron. Los músicos lo agradecieron con sonrisas y una ligera reverencia.

A Laura le costaba imaginarse que uno de ellos, hacía dos semanas, había matado un par de horas después de recibir un aplauso así. Quizás hoy también. Quizás atacaba después de cada presentación y la policía todavía no había descubierto al resto de las víctimas.

Laura sabía que los asesinos en serie representaban una minúscula parte de los homicidas.

Y, si dejábamos afuera a Estados Unidos, donde la incidencia era más alta que en el resto del mundo, las probabilidades eran extremadamente remotas.

Y sin embargo, pensó mientras la música volvía a comenzar, había cuatro homicidios cortados por la misma tijera.