Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Quién me iba a decir que la primera milonga de mi vida sería en España , pensó Laura al entrar en el espacioso restaurante malagueño donde esa noche tocaría Alma de Arrabal.

Había venido sola, porque a Sallent una aerolínea lo había dejado varado en Madrid.

Se uniría a ella a la mañana siguiente para ir a ver a Emilia Durán.

Para Laura, igual que para la mayoría de los argentinos, el tango era la música que habían bailado sus bisabuelos. Hoy por hoy, lo consideraba poco más que alimento para los turistas y cuatro gatos locos.

La recibió un aire fresco que olía a perfume. Salvo un puñado de rubios vestidos con vaqueros y camisetas, las cerca de doscientas personas que llenaban el lugar iban de punta en blanco. Se alegró de haberse puesto su vestido de premamá más elegante.

Las mesas, en su mayoría sin gente pero con bebidas a medias y abrigos colgados de las sillas, estaban dispuestas alrededor de un gran cuadrado delimitado por una cinta blanca pegada en el suelo.

Hombres y mujeres bailaban con más o menos acrobacia dentro del cuadrilátero.

Cada pareja parecía moverse sobre la pista de manera aleatoria, pero en conjunto iban dando una lenta vuelta por la pista en el sentido contrario al de las agujas del reloj.

Como ese cuadro de Dalí en el que no sabías si estabas mirando a su mujer desnuda o a la cara de Abraham Lincoln.

Laura no llevaba ni dos minutos sentada en una de las mesas cuando su mirada se cruzó con la de un cuarentón muy atractivo. El hombre le hizo un gesto con la cabeza para invitarla a bailar, pero ella lo rechazó con una sonrisa.

Diez minutos más tarde, cuando el tango que sonaba llegó al final, los altavoces emitieron una bachata de Juan Luis Guerra.

Laura miró al DJ, esperando verlo con cara de espanto al darse cuenta del error, pero el hombre tomaba cerveza tranquilamente.

Los bailarines rompieron filas sin sobresaltos y la pista se vació.

Con el centro del salón despejado, Laura descubrió el pequeño escenario montado al otro lado de la sala. Varios micrófonos y un teclado ya estaban listos para recibir a Alma de Arrabal.

A la bachata le siguió otro tango. Hombres de todas las edades la miraban y le hacían el mismo gesto con la cabeza para invitarla a bailar.

Algunos se acercaban a la mesa y le tendían la mano.

Laura intentaba rechazarlos con cortesía.

«No sé bailar» o «Me duelen las piernas», pero ellos no parecían tener tiempo para escuchar sus motivos.

En cuanto ella negaba, ellos agradecían con una sonrisa y pasaban a la siguiente candidata.

―Supongo que conmigo tampoco querrás bailar, ¿no? ―le preguntó a sus espaldas una voz con un fuerte acento argentino.

Al girarse, Laura se encontró con un hombre que podría ser su abuelo. Tendría más de ochenta años y la cabeza calva salpicada de manchas oscuras.

―Es que no sé bailar ―se excusó con una sonrisa.

―Dejame adivinar. Tomás clases desde hace poco y no te animás a salir a la pista porque ves mucho nivel.

―No. No bailo ni estoy aprendiendo.

El hombre juntó las yemas de los dedos en un gesto que los argentinos habían heredado de los italianos junto con la pizza y la temeridad al volante.

―¿Entonces qué hacés en una milonga?

―Soy novelista ―improvisó, utilizando una de sus excusas favoritas―. Uno de los capítulos del libro en el que estoy trabajando transcurre en una milonga y quiero ser tan fiel a la realidad como sea posible.

―Uhhh, me gusta. Yo venía a convencerte de que superaras la timidez y salieras a bailar, pero esto es mucho más interesante. La milonga está llena de códigos. ¿Querés que me quede con vos un rato y te hago un curso intensivo?

―Será un placer. ¿Se ofende si le pregunto por qué tanta generosidad?

―¿Por qué no? ―repreguntó el hombre―. ¿Querés tomar algo?

―No, gracias.

―Empecemos entonces. ¿Alguna pregunta hasta ahora?

―¿Por qué acaban de poner una bachata?

―En una milonga se baila en tandas. Una tanda son tres o cuatro tangos de la misma orquesta, o al menos del mismo estilo. Si te gusta el primero de la tanda, sabés que tenés quince minutos para disfrutar con la pareja que elijas.

El hombre levantó la mano para llamar la atención de un muchacho con pinta de empleado del local que pasaba por allí. El joven asintió sin decir nada y cambió de rumbo para dirigirse a la barra.

―Yo, por ejemplo, bailo todo menos Pugliese. Si veo que el primero de la tanda es de él, me quedo sentado. En cambio, si me ponen algo de D’Arienzo, saco a bailar hasta a una escoba.

El joven empleado apareció con una copa de vino rosado. El anciano debía de ser un cliente muy especial, porque la milonga no tenía camareros, sino que había que pedir las bebidas en la barra. Sin embargo, a él le habían traído el vino a la mesa sin mediar palabra ni cobrárselo.

―¿Y Gardel? ―preguntó Laura.

―¿Qué pasa con Gardel?

―¿Le gusta?

―Para escucharlo en mi casa, sí.

―¿Y para bailar?

El hombre esbozó una sonrisa detrás de la copa y señaló la pista de baile.

―En una milonga como esta tenés un cincuenta por ciento de argentinos. De la otra mitad, te aseguro que muy pocos saben quién es Carlos Gardel.

―¿En serio? ¿Entusiastas del tango que no conocen a Gardel? Esto me interesa.

―Gardel fue un embajador del tango en el mundo.

El más importante de su época. En los años veinte, principios de los treinta, cantaba en España y Francia vestido de gaucho, combinando tangos con folklore argentino.

Lo acompañaban dos guitarristas, nada más.

El tango de Gardel es precioso por su voz, pero musicalmente es muy magro.

A los bailarines nos gusta pisar con el bandoneón, con el contrabajo, con el piano.

Tango de orquesta. La mayoría de lo que se baila en una milonga está grabado años después de que el pobre Carlitos muriera en el accidente.

No hizo falta que Laura preguntara qué accidente.

Un argentino viene de fábrica con ciertos datos.

Sabe que Maradona le hizo un gol con la mano a los ingleses en el mundial de 1986.

Sabe que la carne de un asado se pone siempre con los huesos contra la parrilla.

Y sabe que Carlos Gardel murió en un choque entre dos aviones en Colombia.

―¿O sea que Gardel no se baila?

―Y… Es casi imposible oírlo en una milonga. Lo mismo que a Piazzolla. Curioso, ¿no? Son los dos exponentes más grandes del tango y acá no los dejamos entrar.

―Me va a venir muy bien para mi libro todo esto.

―Uy, hay un montón de otras reglas no escritas.

En el extranjero el tema no es tan estricto, pero en una milonga tradicional en Buenos Aires, si no te comportás, los viejos no tienen problema en cantarte las cuarenta.

Entre nosotros, acá hay más de uno al que no le vendría mal ―dijo señalando a los rubios mal vestidos, que ahora bailaban entre las mesas en vez de hacerlo en el cuadrado del centro.

El hombre le dio otro trago al vino sin quitar la vista de los desacatados.

―Después tenés tangos considerados mufa .

Hay hombres que, antes de bailar La gayola , se tocan disimuladamente un testículo para ahuyentar a la mala suerte.

Fue el último tango que cantó Julio Sosa antes de morir en un accidente de tránsito, y algunos consideran que la letra es premonitoria.

También conozco gente en Buenos Aires que si suena Adiós muchachos directamente deja de bailar y se sienta.

Pero ojo, que eso ya son cuestiones personales.

―¿Hay alguna regla inquebrantable, que se respete en todo el mundo?

El hombre se tomó unos segundos para pensar.

―Sí. Vayas donde vayas, el último tema de la milonga es La Cumparsita .

Laura reprodujo mentalmente aquel ritmo inconfundible.

―Es la manera que tiene el disc jockey de decirnos: «Bueno, muchachos, bailen el último y después agarran las pilchas y cada uno a su casa». Ese es un protocolo inquebrantable.

En ese momento, el tango que estaba sonando llegó a su fin y la sala quedó en silencio. Los bailarines vaciaron la pista y la intensidad de las luces disminuyó hasta dejar el local en penumbras. Después, un par de focos cálidos iluminaron el escenario.

Sin preámbulos ni presentaciones, los miembros de Alma de Arrabal aparecieron por un lateral y tomaron sus posiciones acompañados por un moderado aplauso del público.

El hombre señaló la pista desierta.

―Ahí tenés otra regla de oro: cuando toca una orquesta en vivo, el primer tango no se baila ―le dijo, poniéndose de pie―. Después, si querés, seguimos. Ahora disfrutá, que estos son buenísimos.