Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

La calle empedrada de Andorra la Vella brillaba bajo las modernas luces del alumbrado público. Laura caminaba despacio, con una mano apoyada en la barriga. El aire fresco de la montaña le hacía bien después de varias horas encerrada en la comisaría.

En cuanto la videollamada con Noelia Viader había acabado, Sallent y Núria Villaró se habían abocado a recopilar toda la información disponible en internet sobre Alma de Arrabal. Laura, mientras tanto, había cotejado los informes de balística de los cuatro casos.

Cuando los ojos y las lumbares de Laura dijeron basta, Sallent se había ofrecido a acompañarla a su hotel. Tomar aire les ayudaría a procesar todo lo que habían descubierto.

―¿Está cien por cien segura? ―preguntó Sallent, que acortaba los pasos para ajustarse al ritmo de ella.

―Absolutamente. Los proyectiles 9 milímetros introducidos post mortem en las cuatro víctimas fueron disparados con la misma arma.

―Eso quiere decir que el asesino es el mismo.

―Todo apunta en esa dirección, sí.

―¿Hay algo que la preocupa?

―No ―dijo Laura―. Pienso en cuál debería ser nuestro siguiente paso.

―Yo empezaría por las fechas. Si el asesino está entre los miembros de la orquesta, o del equipo técnico, es clave que sepamos si alguno de ellos suele viajar antes que el resto a las ciudades donde tocan.

Supongo que una orquesta de gira normalmente llega con el tiempo justo, incluso el mismo día de la actuación.

¿Cómo elige entonces a la víctima? Si no va con antelación, solo se me ocurre que las selecciona al azar.

―Estoy de acuerdo en que hay que centrarnos en las fechas ―dijo Laura―. Matar al azar me sigue pareciendo de lo más improbable, sobre todo con ese modus operandi casi ritual.

―Supongamos entonces que lo planea de antemano. ¿Con qué criterio elige a las víctimas?

―De momento, lo único que tienen en común es que son hombres de mediana edad.

―Tiene que haber algo más.

―La clase social podemos descartarla, porque tenemos un rico y tres que no lo son. El nivel educativo, también. Wachter tenía un máster en Harvard y Reláñez no había terminado la primaria.

Laura se sentó un momento en un banco para apreciar un juego de luces y agua sobre el río Valira.

Le recordó a la fuente mágica de Montjuïc, donde se había dado el primer beso con Julián hacía dos años.

Se lo imaginó en Barcelona explicándole a sus padres durante la cena por qué ella no estaba allí y la culpa le apretó el pecho.

Julián tenía razón, nunca dejaría de haber asesinatos y ella no tenía por qué resolverlos todos.

Se acarició la barriga y se prometió que cambiaría.

No podía ser tan difícil. Al fin y al cabo, Laura tenía las prioridades claras: la familia debía venir primero.

Sin embargo, resolver crímenes era lo que más satisfacción le había dado en la vida.

La posibilidad de renunciar a una pasión tangible por otra que estaba por venir, aunque fuera más grande e intensa, le causaba vértigo.

Ojalá el nacimiento de Pichona pusiera las cosas en su lugar, como todo el mundo se empeñaba en asegurarle.

Las palabras de Sallent la devolvieron a la realidad.

―Otro aspecto importante es el traslado del arma homicida.

Imposible pasarla por el control de seguridad de un aeropuerto.

Lo mismo en trenes de alta velocidad. En Europa, para que te autoricen a transportar un arma de fuego hay que presentar mil papeles, permisos, declararla…

eso deja un rastro indeleble. A Andorra se entra únicamente por carretera, no hay aeropuerto ni tren, así que es fácil meter un arma en un coche, porque se registra un porcentaje muy pequeño de los vehículos que atraviesan la frontera.

Así y todo, implica asumir un riesgo enorme.

Laura negó con la cabeza.

―Conseguir un arma no es fácil ni siquiera en lugares de alta criminalidad como el Gran Buenos Aires.

―Y, sin embargo, hay una escopeta, o varias, que accionaron esos cartuchos. Las balas de 9 milímetros podría llevarlas ya disparadas.

―Si estas conjeturas son ciertas ―resumió Laura―, en cada ciudad donde actúa, el asesino debe conseguir una escopeta.

―En Andorra una escopeta sin papeles es casi ciencia ficción.

―¿Ve? Hay algo que se nos escapa. ¿Cómo puede alguien llegar a un país desconocido y en pocos días conseguir un arma, encontrar una víctima y ejecutar un homicidio?

―Por eso es importante revisar los registros de viaje de la banda. Quizás hay uno de los siete que siempre llega antes que el resto.

―Estoy de acuerdo. Con Ushuaia y Comodoro Rivadavia será más difícil, porque Argentina es el país donde viven.

Es posible que se hayan trasladado cada uno por su cuenta.

Según vi, varios de los miembros de la orquesta viven en Bariloche y otros en Buenos Aires.

Los de Bariloche pudieron ir en vehículo propio.

―¿No son miles de kilómetros hasta Ushuaia?

―Sí, y hay que cruzar el estrecho de Magallanes en ferry. Pero los patagónicos estamos acostumbrados a viajes larguísimos. Además, no digo que hayan ido de Bariloche a Ushuaia sin escalas. Puede haber habido más presentaciones en el camino.

―Y más crímenes. En Europa también actuaron en otras ciudades además de Andorra y Ámsterdam.

Habían llegado al hotel de Laura. Entraron al vestíbulo, donde el ambiente cálido contrastaba con la frescura de la calle.

―¿Cómo hacemos para saber cuándo viajó cada uno? ¿Por dónde empezamos? ―preguntó Laura.

Sallent le mostró en el teléfono un viejo post en redes sociales de Alma de Arrabal. En él, la orquesta anunciaba su gira por Europa y ponía como contacto a una tal Emilia Durán.

―Empezamos por ella. Se dedica a representar músicos, algunos de bastante renombre. ¿A que no sabe dónde tiene la oficina?

―Ni idea.

―En Málaga. La misma ciudad donde Alma de Arrabal tocará dentro de tres días.