CAPÍTULO 21
A las seis de la tarde del día siguiente, Laura llegó a la frontera de Andorra en un taxi pagado por el Cuerpo de Policía del Principado. Sallent la esperaba para llevarla al mismo hotel donde se había hospedado hacía diez días.
La discusión con Julián había continuado en la habitación y, a pesar de que en ningún momento dejaron de susurrar, había sido gorda.
Al final, ambos llegaron a la conclusión de que sus posturas eran irreconciliables y acordaron dejar de pelear.
Decidieron que Laura se iría a Andorra y Julián se quedaría visitando amigos y disfrutando de sus padres.
Ella no podía estar con los brazos cruzados ni dedicarse a hacer turismo estando a solo tres horas de otro policía que investigaba un caso casi idéntico al de Ushuaia.
En cuanto dejó su equipaje en la habitación del hotel, una ligera electricidad recorrió su cuerpo.
Supuso que así se sentiría un artista antes de salir al escenario.
Bajó al vestíbulo, donde Sallent la esperaba. Subieron al coche policial estacionado en doble fila y salieron hacia el edificio de la policía andorrana.
Núria Villaró los esperaba en una oficina que no era la suya.
―Faltan veinte minutos ―dijo Sallent, consultando el reloj.
Se refería a la nueva videoconferencia que Laura había pactado con Noelia Viader.
―El ordenador está listo ―intervino Villaró―. Grabaremos la llamada y los metadatos para intentar tracearla .
Laura asintió sin preguntar. Había que dejar que los informáticos blandieran sus palabras difíciles. Eran felices así.
Unos minutos más tarde, la cara de Noelia Viader, esta vez oculta bajo gafas de sol y una peluca, apareció en la pantalla de cincuenta pulgadas montada en la pared.
―¿Estás sola, Laura?
―Por supuesto.
La imagen se volvió completamente negra. Laura maldijo para sus adentros. Quizás su esfuerzo para sonar natural no había logrado disimular que, a un metro de ella, Enric Sallent y Núria Villaró observaban todo quietos como estatuas.
―Muy bien, empecemos ―dijo Viader, y la pantalla volvió a cobrar vida mostrando un mapa del mundo.
Laura respiró. La ladrona no había cortado la llamada, sino que había desactivado la cámara para compartir una presentación en PowerPoint.
Viader comenzó a enumerar los homicidios y en el mapa fueron apareciendo cruces rojas con los datos de cada uno.
Manuel Reláñez – Ushuaia – 06-07-2021
Pedro Sierra – Comodoro Rivadavia – 15-01-2022
Marten Koeman – Ámsterdam – 16-04-2022
Stefan Wachter – Andorra – 06-07-2022
Viader volvió a conectar la cámara para que Laura la pudiera ver.
―Todos los casos tienen en común el modus operandi , pero eso tú ya lo sabes. Lo que voy a darte ahora, sin embargo, creo que te resultará nuevo. ¿Puedo confiar en que cumplirás con lo que hemos acordado?
―Tenés mi palabra.
Viader mostró a la cámara el dedo índice apuntando hacia abajo.
―Espero no estar equivocándome ―dijo y apretó una tecla.
En la pantalla apareció una fotografía. Tres mujeres y cuatro hombres elegantemente vestidos de negro.
Ellos, con traje y corbata. Ellas, con vestidos y el pelo recogido.
Excepto uno, todos posaban junto a un instrumento musical.
Laura contó un piano, dos violines, un contrabajo y dos bandoneones.
El séptimo, que parecía muy joven, sostenía un micrófono a la altura del pecho para que no le tapara la sonrisa de oreja a oreja.
―Te presento a Alma de Arrabal.
―¿Una orquesta de tango? ―preguntó Laura.
―No. La orquesta de tango. Es la formación más exitosa de los últimos veinte años.
Mientras Laura examinaba las caras oyó que Noelia tecleaba a toda velocidad.
―Te acabo de enviar un email.
Laura lo abrió en el teléfono. Había cuatro imágenes adjuntas.
Dos de ellas eran recortes de periódicos donde se anunciaba la presentación de la orquesta en Ushuaia y Comodoro Rivadavia.
Las otras eran capturas de pantalla tomadas directamente de las redes sociales de Alma de Arrabal, donde la banda compartía fotos de sus actuaciones en Ámsterdam y en Andorra.
―Mira las fechas ―dijo Viader.
Laura consultó sus notas. Cada una de las muertes había tenido lugar de madrugada, unas horas después de la actuación de la orquesta.
―¿Podría ser una casualidad? ―preguntó Laura―. Quizás estaban en el momento y lugar equivocados.
―Las balas dentro, junto al corazón, Laura. Los asesinatos están relacionados con el tango. Además, mira esto.
Noelia proyectó en la pantalla el perfil de Instagram de Marten Koeman. La mayoría de las fotos eran de sus dos pastores alemanes, pero había una de él abrazado a una mujer en la posición inequívoca del instante previo a bailar un tango.
―¿Son argentinos? Los de Alma de Arrabal, me refiero.
―Cinco argentinos, un uruguayo y una argentino-colombiana.
Dos o tres veces por año organizan giras en diferentes partes del mundo.
Tienen una representante en Málaga para las actuaciones europeas.
Son muy buenos, y los organizadores de cualquier milonga están encantados de recibirlos.
Yo misma los vi en vivo en Budapest hace un tiempo.
Bailar con su música es un verdadero placer.
―¿En Budapest se baila tango?
―Y en casi cualquier otra ciudad del mundo.
Aquello le pareció una exageración. Había leído en el expediente de Noelia Viader que era aficionada a este baile. Quizás esa pasión sesgaba su opinión.
―No me refiero solo a Nueva York, Madrid y París ―continuó la ladrona―.
Hay milongas en Nairobi, Kuala Lumpur y hasta en Andorra la Vella.
El tango es un fenómeno mundial que pasa desapercibido.
Una marea silenciosa que mueve a millones de personas en todo el planeta, pero de la que el resto apenas se da cuenta.
―O sea que esta orquesta de tango va viajando por el mundo... ―resumió Laura.
―Sí. Viven en Argentina medio año y pasan el resto de gira.
Laura hizo una pausa para consultar las redes sociales de Alma de Arrabal. Noelia Viader decía la verdad. Había fotos de la banda posando delante del Golden Gate, en las Cataratas del Iguazú, frente a las torres Petronas y hasta en las pirámides de Egipto.
La penúltima publicación era un agradecimiento al público andorrano por haber «gastado las suelas» al compás de su música. La última anunciaba la siguiente actuación, en Málaga dentro de tres días.