Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Laura y Sallent llevaban dos horas leyendo los documentos proporcionados por la policía de los Países Bajos.

Los testimonios de Daan Meerman y Anna Vermeer sobre lo que habían oído y visto la noche de la muerte de Koeman se complementaban casi sin contradicciones.

Donde uno de los jóvenes era escueto, el otro se explayaba. Y viceversa.

Las diferencias eran menores. El chico, por ejemplo, aseguraba que, debido a la distancia y a la lluvia, era imposible precisar si el hombre lloraba. Tampoco mencionaba que el sujeto hubiese tosido.

El informe de la policía holandesa incluía un croquis. El coche de los jóvenes estaba estacionado a apenas cuarenta metros del cadáver de Marten Koeman. Una línea punteada marcaba la dirección en la que el hombre del impermeable había corrido al alejarse de la escena del crimen.

El apartado del informe dedicado a la descripción del sujeto era muy breve.

Se aclaraba que los intentos por realizar un retrato robot habían sido infructuosos.

A Laura aquello no le sorprendió. Confeccionar un identikit no siempre resultaba fácil.

Era muy común que una persona describiera ciertos rasgos de alguien, pero que, cuando el artista intentaba plasmarlos sobre el papel, no fuese capaz de reproducirlos de manera que el testigo los reconociera.

Del rostro, Daan y Anna únicamente pudieron decir que no llevaba barba y que tenía la piel clara.

De la complexión, solo descartaban que se tratara de una persona con alto grado de obesidad.

Más allá de eso, el holgado impermeable y la brevedad del avistamiento hacían imposible que ninguno de los dos precisara si se trataba de alguien corpulento o delgado.

La falta de una referencia con la que compararlo les impedía determinar si era alto o bajo.

En cuanto a la edad, ella decía que entre treinta y cuarenta años. Él, entre treinta y setenta.

―En una mochila cabe una escopeta recortada, una sierra y un vinilo, si es que el triángulo lo corta in situ ―dijo Sallent.

―Sí ―concedió Laura―. Pero Ámsterdam debe de estar lleno de hombres blancos que no son obesos. La policía holandesa seguramente intentó por todos los medios obtener más información de estos testigos. Si no está en este informe, es que no lo lograron.

―Entonces, ¿qué sacamos de todo esto?

―Como mínimo, que Noelia Viader sabe de lo que habla. Hay una serie de asesinatos en diferentes puntos del mundo claramente relacionados entre sí.

―Sí, pero eso no significa que realmente tenga siete nombres. Viader necesita algo de usted y quizás se esté marcando un farol. Como lo que le ha dicho hasta ahora es cierto, usted asume que lo que le diga en el futuro también lo será.

―Si realmente tiene esos nombres, me pregunto si no vale la pena el trato que propone.

―Eso, en realidad, le correspondería decidirlo a un fiscal.

―Sí, pero a Ferrari se le acaba el tiempo. Por eso Viader quiere negociar fuera del sistema judicial.

―No la culpo ―dijo Sallent―. Las cosas de palacio van despacio. ¿Va a acceder a su propuesta?

Laura sintió que Pichona se movía en su vientre y no pudo evitar responder con una sonrisa.

―Voy a hacerle creer que es ella quien tiene la sartén por el mango.