Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

El sexo había sido bueno. No era que Anna tuviera gran experiencia a sus diecinueve años.

Pero Daan, que tenía la misma edad, se había comportado de manera suave y gentil, asegurándose en todo momento de que ella estuviera disfrutando.

Los otros tres chicos con los que Anna se había acostado habían actuado como perros en celo.

Estar con Daan compensaba la incomodidad de hacerlo en el asiento trasero del pequeño coche de su madre. Se habían internado un buen rato en el Amsterdamse Bos, un bosque artificial de mil hectáreas que era a Ámsterdam lo que el Central Park a Nueva York, pero tres veces más grande.

Del otro lado de las ventanillas, todo era negrura.

La lluvia era tan fina que las gotas apenas se oían en el metal del techo.

Anna miró el reloj. Las dos y media de la madrugada.

Llevaban ya tres horas estacionados, con las luces apagadas, intercalando sexo con conversaciones divertidas.

Daan le caía bien. Tenía potencial para pasar a algo más serio.

El estruendo llegó sin avisar. Un sonido seco y contundente que no pertenecía al bosque.

Anna se tensó.

―¿Qué fue eso? ―preguntó, separándose de Daan.

―No lo sé. ¿Un petardo?

Anna frunció el ceño. En Ámsterdam solo había fuegos artificiales para Año Nuevo.

―Estamos en abril.

―¿Un choque? ―aventuró Daan.

Anna miró hacia las ventanillas negras, empañadas por el calor de los cuerpos.

―Estamos en mitad del bosque. Por el camino de tierra por el que hemos venido no pasa nadie, y la carretera más cercana queda a un kilómetro.

―No te pongas nerviosa ―le dijo Daan, acariciándole el muslo―. Si me dejas, en cinco minutos ya no recordarás ese ruido.

La mano de Daan subió por su pierna, pero Anna la apartó.

―Vámonos de aquí.

De repente, estar en la oscuridad absoluta la aterrorizaba. Quería ver las luces de la ciudad, oír el ruido de los tranvías, sentir el olor a kebab del local que había cerca de su casa.

Daan asintió y se escurrió hacia el asiento delantero. Anna lo siguió y buscó el cinturón a tientas.

En cuanto se encendieron las luces del coche, Anna soltó un alarido.

A diez metros del capó, parado en mitad del camino, había un hombre. Estaba quieto bajo la lluvia, como si llevara ahí un buen rato. Vestía un impermeable negro con la capucha calada hasta los ojos. Anna tuvo la sensación de que la miraba directamente a ella.

Y lloraba. A Anna le parecía que el hombre lloraba. Aunque, entre la distancia y la lluvia, era difícil afirmarlo, había algo en la forma en que sostenía la mirada, en la curva de sus labios, en la manera en que los hombros caían hacia adelante, que la convencía. Lloraba.

En cuanto Daan arrancó el motor, el hombre desapareció corriendo entre los arbustos. Al verlo de perfil, Anna distinguió una mochila pequeña y oscura pegada a su espalda. Y en el segundo antes de que la oscuridad se lo tragara, notó algo más. Un movimiento en su pecho y en su boca. Había tosido.

―Vámonos, por favor ―insistió ella.

Volvieron a la ciudad en silencio. Anna miraba por la ventanilla, pero solo podía ver el rostro de aquel hombre.

Esa noche no pudo dormir.

A la mañana siguiente, el agente joven que la atendió en la comisaría de su barrio tomó copiosas notas durante los veinte minutos de su relato.

Ni él ni ella sabían que, dos horas antes, un corredor matutino se había metido entre los arbustos para orinar y había descubierto el cadáver de Marten Koeman.