CAPÍTULO 16
Al día siguiente, exactamente treinta horas después de hablar con Valentina Sanahújar, Laura esperaba sentada en una sala de interrogatorios de la comisaría del barrio de Les Corts, en Barcelona.
Enric Sallent entró con un café en una mano y un té de manzanilla en la otra.
Había bajado a la capital catalana para asistir a una reunión con los Mossos d'Esquadra sobre otro caso.
Como parte de su visita, había gestionado que le prestaran una oficina durante unas horas.
A falta de una disponible, les habían facilitado esa sala.
Laura dio un sorbo a la manzanilla y señaló su teléfono, todavía encima de la mesa.
Hacía unos minutos habían terminado una llamada con Edmundo Mazza, el jefe de la división de homicidios de Comodoro Rivadavia.
Laura conocía a Mazza de los tiempos en los que ella trabajaba en Puerto Deseado.
A pesar de pertenecer a provincias distintas, y por lo tanto a cuerpos de policía diferentes, Comodoro y Deseado solo estaban a trescientos kilómetros de distancia.
Eso, en términos patagónicos, es ser vecinos.
―Ya no quedan dudas, es el mismo homicida ―dijo Sallent recostándose hacia atrás en la silla metálica.
―Yo también estoy casi segura.
―¿Casi?
―Si nos ceñimos a las pruebas, no podemos asegurarlo. No hay huellas digitales ni ADN.
―El modus operandi es prácticamente una firma. Sumisión con burundanga, escopetazo de madrugada, un proyectil de 9 milímetros introducido a mano en la herida y un trozo de vinilo en el ojo.
―En eso estoy de acuerdo. El modus operandi es una firma.
―Quizás está recreando la noche que atacaron a Carlos Gardel, como insinuó Noelia Viader en su primer mensaje.
―Ojalá cuando Mazza nos envíe la digitalización del pedazo de vinilo podamos encontrar alguna relación ―dijo Laura―.
Y también me gustaría comparar las estrías de la bala con las de las encontradas en las otras víctimas.
Ahora mismo voy a pedir fotos a Ushuaia.
Usted intente conseguir las de Ámsterdam.
Sallent asintió. Ambos sorbieron sus bebidas al mismo tiempo.
―¿En serio no descarta que estemos ante más de un homicida? ―preguntó el andorrano.
―Sé que es improbable, pero una cosa es enfocar los recursos de una investigación basándose en probabilidades y otra descartar por completo una hipótesis sin pruebas sólidas. La diferencia es sutil, pero puede tener consecuencias graves.
Sallent se la quedó mirando con una expresión que a ella le resultaba familiar. Se parecía en cierto punto a una mirada de deseo sexual. Pero no, no era eso exactamente. Era admiración.
―En cualquier caso ―prosiguió Laura―, si se tratase de múltiples homicidas, debe de haber una relación entre ellos que los lleva a actuar de la misma manera. ¿Puedo preguntarle en cuántos casos de homicidio trabajó durante su carrera, Enric?
―Este es el sexto ―sonrió el hombre detrás de la taza.
―La policía andorrana no tiene unidad de homicidios, ¿no?
―No de manera permanente. No se justifica. Hay uno cada cuatro o cinco años. Cuando sucede, se crea un grupo de trabajo. Yo he estado en casi todos y, en los últimos años, soy quien los dirige.
Ahora Laura entendía ciertas preguntas de Sallent que nunca haría un policía de homicidios experimentado.
También que Núria Villaró lo mismo se dedicara a la informática forense que a la balística.
Que eso lo hubiese hecho Laura en Puerto Deseado era comprensible, pero Villaró trabajaba para la sede central de la policía de un país.
Nadie en la sede principal de la Policía Federal Argentina hacía de hombre orquesta.
―De todas maneras ―continuó el andorrano―, sabemos que tarde o temprano habrá uno, y tenemos que estar preparados.
Nos formamos constantemente con fuerzas más experimentadas, como la francesa o la española.
Vamos a seminarios, vienen ellos a darnos charlas…
Ese tipo de cosas. Por otra parte, tenemos una experiencia muy amplia, porque cada día nos toca hacer algo nuevo.
―Le tengo un profundo respeto al generalismo.
Durante mucho tiempo fui la única criminalista de la región.
Y mientras mis colegas en Buenos Aires se especializaban en balística, huellas dactilares o patrones de sangre, yo tenía que tocar todos los palos.
Un poco como el médico de un pueblo pequeño, que hace de pediatra en una visita y de dermatólogo en la siguiente.
―De eso aquí en Andorra sabemos bastante. Por suerte, tenemos vecinos muy potentes.
Sallent se terminó el café de un trago.
―¿Por qué cree que el cadáver de Ushuaia no tenía nada en los ojos?
Laura se encogió de hombros .
―El crimen de Ushuaia es anterior. Quizás el homicida fue refinando su firma a medida que iba matando.
―Puede ser ―reconoció el andorrano―. O quizás un imprevisto no le permitió acabar con su ritual. Un ruido, un contratiempo. Cualquier cosa que lo obligase a irse antes de terminar.
Se quedaron en silencio, cada uno elaborando teorías que no se atrevían a verbalizar.
―¿Alguna novedad sobre el análisis de la música en el fragmento de vinilo? ―preguntó Laura después de unos minutos.
―No. Núria dice que no encuentra correspondencias con ninguna canción de Gardel.
El teléfono de Sallent vibró sobre la mesa. El policía lo consultó y, sin despegar la vista de la pantalla, levantó el índice.
―Han respondido los holandeses.
Se refería al mensaje que había enviado a la policía de los Países Bajos solicitando el expediente del homicidio de Marten Koeman en Ámsterdam.
―¿Qué dicen?
―Me adjuntan un montón de documentos. Más de quinientas páginas en total. Entre ellos, el informe de la autopsia. A Marten Koeman le metieron una bala post mortem y tenía un triángulo de vinilo dentro del párpado. En el toxicológico encontraron burundanga.
―Eso termina de confirmar que los cuatro asesinatos presentan el mismo modus operandi .
―Sí, pero el de Ámsterdam tiene una particularidad ―agregó Sallent.
―¿Cuál?
―Hubo testigos.