CAPÍTULO 15
Mientras Laura decidía qué hacer, la ciudad de Barcelona se deslizaba por la ventanilla del taxi.
Lo lógico habría sido reenviar el correo electrónico de Noelia Viader a las policías de Andorra y Argentina y olvidarse del asunto.
Ellos podrían investigar si efectivamente había algo que relacionara los tres homicidios anteriores con el de Ámsterdam.
Pero en el último párrafo Noelia dejaba claro que solo la ayudaría a ella.
Decidió avisar por los canales oficiales. Cumplir con su deber no le impedía continuar la conversación con Viader.
Le pidió al taxista que detuviera el vehículo y se bajó.
Era verdad lo que le había dicho Julián sobre Barcelona: si te soltaban en cualquier punto de la ciudad, siempre había un bar a la vista.
Se sentó en la terraza del primero que encontró y pidió un café descafeinado con hielo y unas patatas bravas, una combinación que a Julián le habría parecido una aberración pero que a ella, en plena hora de la merienda y con el desayuno ya en los talones, se le antojaba acertada.
Buscó en su teléfono el número personal de Valentina Sanahújar.
El chat entre ellas constaba de apenas un puñado de mensajes.
Todo lo que su jefa tenía de adicta al trabajo lo tenía también de respetuosa con la vida personal de sus subordinados.
Y eso, dentro de cualquier fuerza de seguridad, era inédito. Pulsó el botón de llamar.
La cara de la jefa máxima de la policía de la provincia de Santa Cruz apareció enseguida en la pantalla.
Como siempre, llevaba el pelo gris peinado en una tirante cola de caballo y unos anteojos acabados en punta que le daban un aire de profesora de Hogwarts.
A Laura no le sorprendió ver que estaba en la oficina.
―Hola, Valentina. Voy directa al grano: Lamuedra me contó lo del homicidio en Andorra.
―¿En serio? Le dije que, si tenía que decirte algo, lo hiciera cuando volvieras de tus vacaciones.
―Él me conoce y me aprecia mucho. Fue mi superior durante años y sabe que no me habría gustado perderme la oportunidad de hablar en persona con los andorranos. Además…
Laura tomó aire, pensando una vez más cuál era la mejor manera de decir lo que estaba a punto de decir.
―Además, ¿qué? ―preguntó su jefa.
Le contó todo sin rodeos. Le habló del triángulo de vinilo, de la bala de Carlos Gardel y de su contacto con Noelia Viader, apresurándose a aclararle que ya lo había comunicado a la policía española.
―Ojalá la detengan y nos la traigan ―dijo Sanahújar, resoplando―. ¿Por qué quiere ayudarte?
―A cambio me pide que haga desaparecer la impresión dactilar que involucra a Augusto Ferrari en el robo a la mina de Entrevientos.
―Eso es ridículo ―rugió la comisaria general.
―Eso le dije. Pero insiste en que es así o nada.
―Entonces, nada. No nos vamos a dejar extorsionar por una terrorista.
La negativa de Sanahújar no la sorprendió, aunque sí le pareció excesivo calificarla de terrorista. El robo a la mina de Entrevientos había dejado secuelas psicológicas en algunos empleados, pero, a nivel físico, solo había habido una rodilla rota.
―Técnicamente no es una extorsión ―se animó a decir―. No tiene secuestrado a nadie.
―Tiene secuestrada información que podría servir para detener a un chiflado que va matando gente por el mundo.
Laura no respondió. Cualquier cosa que añadiera podría interpretarse como si se estuviera poniendo del lado de la ladrona.
―Badía, no me digas que querés que dé el visto bueno para algo así, porque voy a tener que hacer que te evalúe un equipo de psicólogos.
―No, claro que no. Lo que quiero es que me autorice a actuar de forma que Noelia Viader crea que voy a ayudarla.
Sanahújar arrugó el ceño.
―¿Cómo sería eso exactamente?
Laura pasó la siguiente media hora explicándole su plan. O, mejor dicho, un minuto explicándole el plan y veintinueve convenciéndola de que funcionaría.