CAPÍTULO 14
El frío del metal atravesaba sin problema la tela fina del vestido de verano de Laura. Los ojos de Noelia se clavaban en los suyos, nerviosos.
―Acabás de decirme que no ibas a obligarme a ayudarte a punta de pistola.
―No voy a hacerlo. Pero no puedo permitir que salgas de aquí antes que yo. Siéntate.
Laura volvió a la cama repasando mentalmente una maniobra de desarme. La ladrona acababa de exponerse demasiado al acercarse tanto con la pistola. Evidentemente, no tenía experiencia en combate cuerpo a cuerpo. Pero, así y todo, Laura no podía arriesgarse.
Viader abrió un cajón del escritorio y sacó unas esposas. El acero estaba recubierto de una goma roja y, donde debería ir el orificio para la llave, había una pequeña pantalla con botones.
―Ponte una en una mano y engancha la otra al radiador de la calefacción.
Laura no se movió.
―Estas esposas tienen un temporizador. Dentro de una hora se abrirán automáticamente. Es increíble lo que puede encontrarse en un sex shop .
Sin dejar de apuntarle, Noelia le insistió con un gesto.
Laura no tuvo otra opción que hacerle caso.
Una vez que la ladrona se cercioró de que las esposas estaban bien puestas, le quitó el teléfono y lo dejó muy lejos de su alcance.
Después le esposó la otra mano al radiador con otro par de esposas idénticas y le pegó dos trozos de cinta americana en la boca.
―Nos vemos pronto ―le dijo, y salió de la habitación.
Laura forcejeó un poco. Aunque el metal era sólido, las cadenas no eran tan gruesas como las de la policía. Consideró romperlas a base de tirones, pero aquello requeriría un gran esfuerzo y tenía miedo de que algo pudiera sucederle a Pichona.
Así que respiró hondo y se sentó a esperar.
Los pensamientos que le vinieron a la cabeza no ayudaron a que el tiempo pasara más rápido.
¿Qué tipo de madre exponía a su hija de esa manera?
Como un fumador que se promete que este será el último cigarrillo, Laura pasó los sesenta minutos convenciéndose de que este sería el último caso en el que se involucraría de esa manera antes de la licencia por maternidad.
Le pareció una forma de despedirse como correspondía de una etapa muy importante de su vida y a la que no sabía si podría volver.
Una hora después, las esposas vibraron y se abrieron automáticamente.
Laura se quitó la cinta de la boca, recogió su teléfono y salió de la habitación.
En el vestíbulo llamó a la policía española para denunciar que Noelia Viader, buscada con circular roja emitida por Interpol, estaba en Barcelona.
Le indicó al personal del hotel que nadie entrara en la habitación 401 y se sentó en un sofá a esperar a que llegaran los primeros agentes.
Tenía una leve sensación de hinchazón en los tobillos.
Mala señal. En teoría, eso debería empezar dentro de cuatro semanas.
Pero, como decía la enfermera de Río Gallegos que le había dado el curso de preparto, cada embarazo es un mundo.
Se descalzó, puso los pies en alto e hizo girar los tobillos para favorecer la circulación.
Pasó dos horas relatando su encuentro con Noelia Viader a policías de rango cada vez más alto.
Cuando por fin pudo irse, se subió a un taxi y le dio al conductor la dirección de casa de los padres de Julián.
Eran las cuatro de la tarde. Si Laura tenía suerte, Julián todavía estaría fuera, reunido con alguna agencia de viajes.
Podría tirarse un rato en la cama y descansar. O, por lo menos, pensar.
El teléfono le anunció un nuevo correo electrónico. Venía de Minerva, el apodo que había usado Noelia Viader durante el robo a la mina de oro. Asunto: «Por si cambias de opinión».
Perdón por inmovilizarte. Como comprenderás, no tenía otra opción. Sé que le mostrarás este correo a la policía y también que ya les habrás avisado de nuestro encuentro. No espero otra cosa de una buena policía.
Te adjunto la información que te he mostrado hoy sobre el asesinato en Comodoro Rivadavia. Va también una sorpresita como muestra de buena fe.
Si cambias de opinión, responde a este correo.
El mensaje continuaba, pero, antes de seguir leyendo, Laura abrió el archivo adjunto.
Era una noticia en un idioma que le pareció alemán, pero al meterlo en un traductor en línea resultó ser holandés.
Se trataba de un escueto recorte de periódico de hacía tres meses en el que se hablaba del homicidio de Marten Koeman, un hombre de cincuenta y un años que había aparecido asesinado en un bosque de Ámsterdam con un disparo de escopeta en el pecho.
El texto no mencionaba si había o no orificio de salida ni si le habían encontrado algo en el ojo.
Al terminar con el artículo, volvió al mensaje de Noelia.
Aquí va mi propuesta: tienes cuatro víctimas repartidas por el mundo y yo puedo darte los nombres de siete personas que estuvieron en cada una de esas cuatro ciudades las madrugadas de los asesinatos.
Si me ayudas, tu lista de sospechosos, en la que hoy está hasta el Papa, se reduce a siete nombres.
Solo te la daré a ti a cambio de lo que ya sabes.