Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Por supuesto que a Laura le interesaban los nombres.

Pero, ¿era posible que una persona con muchos recursos, actuando por su cuenta, pudiese ir más rápido que la policía?

Además, ¿Viader realmente tenía tanto dinero?

Uno o dos millones de dólares, que era lo que probablemente le habría correspondido después del asalto a la mina, tampoco eran tanto si se tenía en cuenta que habría gastado una buena parte en procurarse una identidad falsa.

Quizás los descubrimientos de Noelia no eran fruto del dinero, sino de sus habilidades.

Laura desconocía si llegaba al nivel de hacker, pero había dirigido el departamento de informática de la mina de Entrevientos.

Si había logrado vulnerar los sistemas de seguridad de la mina para robarla, podía ser capaz de detectar patrones en la información disponible públicamente en internet.

―En concreto, tengo una lista de nombres entre los que está el asesino. ¿Te interesa o no?

―¿Cómo la obtuviste?

Noelia le sonrió y se sentó frente a ella, a los pies de la cama.

―No le pidas al mago que te explique el truco. De momento, lo que tienes que saber es que puedo ayudarte.

―¿Qué querés a cambio?

Noelia abrió el minibar, sacó una pequeña lata de cerveza y le ofreció un agua a Laura.

Era un signo de debilidad aceptarla, pero estaba muerta de sed.

Abrió la botella y le dio un largo trago.

Estaba deliciosamente fría. A Pichona también pareció gustarle, porque se movió dentro del vientre, haciendo que Laura sintiera algo parecido al aleteo de una mariposa.

―Mac está en problemas ―dijo Noelia.

―¿Quién es Mac?

―Augusto Ferrari. Su apodo en la banda era MacGyver.

Laura asintió. Ferrari era la única persona a quien la justicia había podido vincular al robo de Entrevientos.

En parte, porque había dejado una huella dactilar en uno de los GPS que los delincuentes habían arrancado de las camionetas de la empresa en las que se llevaron el oro.

Pero una huella dactilar sin otra con la que compararla no servía para nada.

Y ahí había estado brillante el comisario Lamuedra.

Primero, por deducir el modo en que los ladrones se habían escapado con el oro.

Un modo tan peculiar que resultaba una firma en sí mismo.

Y segundo, por rastrear a las pocas personas del país capaces de poner en marcha una fuga así.

―Está en libertad provisional. Dentro de dos meses comenzará el juicio ―explicó Noelia―. La fiscalía le ha ofrecido una sentencia reducida a cambio de los nombres del resto de la banda.

―Y vos querés proteger a tus amiguitos.

―No. Cada uno sabía a lo que se exponía. Pero Mac es viudo y tiene tres hijos a su cargo. Dos de ellos adolescentes. Cualquiera en su lugar hablaría con tal de pasar menos tiempo en la cárcel. Puedes contar con que, tarde o temprano, accederá a la reducción de condena.

―¿Entonces?

―Hay dos problemas. Uno es que Mac no sabe los nombres reales de la mayoría de los miembros. Les hablará de ellos, de su aspecto físico, su acento, sus tatuajes, sus costumbres, pero no será capaz de dar los datos que la policía quiere. Eso podría hacer que el recorte de condena quedara sin efecto.

―¿Y el otro problema?

―Diga lo que diga, igual pasará un tiempo en prisión. Y tiene tres hijos que dependen de él.

―Eso hay que pensarlo antes de entrar con un grupo comando a asaltar una mina de oro.

―Mira, Laura, tú eres policía y nosotros, ladrones. No te pido que nos entiendas, ni me interesa. Te estoy ofreciendo una transacción comercial: nombres a cambio de un favor.

―¿Qué favor exactamente?

―La única prueba contra Mac es la huella dactilar que encontraron en Entrevientos. El original está en el juzgado de Río Gallegos, donde tú trabajas.

Laura evitó aclararle que trabajaba en la policía científica, no en el juzgado. Daba lo mismo. Tenía acceso al depósito del juzgado donde se almacenaba toda la evidencia que entraba en la cadena de custodia.

Vació la botella de agua de un último trago.

―No me estarás pidiendo que haga desaparecer evidencia de un juzgado…

―Pues sí.

Noelia la miraba desde los pies de la cama, con las piernas cruzadas y una sonrisa. Laura habría pensado que era una inconsciente absoluta de no ser porque la mujer que tenía enfrente había liderado a la banda que había robado uno de los recintos más seguros de Sudamérica.

―Aunque quisiera, no podría ayudarte. Esa huella está digitalizada y se envió a abogados, jueces, fiscales… Por más que desaparezca, el castillo de cartas ya no se va a caer.

La sonrisa de Noelia Viader se intensificó.

―El caso de Mac lo lleva uno de los mejores bufetes de abogados de Argentina. No les resultará difícil encontrar una excusa para impugnar la pericia de la huella dactilar y pedir que se vuelva a hacer. Y, sin el original, la prueba no puede reproducirse.

A ojos de quien no estuviera familiarizado con el sistema judicial, aquello habría sonado a delirio. Pero Laura había participado en incontables pericias y ya había perdido la cuenta de la cantidad de acusados que había visto quedar libres por tecnicismos similares.

El plan de Noelia era viable. Muy viable.

―¿Hacemos trato, Laura? ¿Qué me dices?

―Que estás entrando en una mezquita con un crucifijo. ¿Cómo me vas a pedir eso?

―Vamos, Laura. ¿Qué pesa más en tu balanza? ¿Capturar a un asesino en serie o meter en la cárcel a un padre soltero que delinquió una única vez contra una multinacional que expolia los recursos de nuestro país? Una multinacional que, además, no perdió un solo dólar porque el seguro le pagó todo.

Después de un tiempo sentada, Laura ya no encontraba una postura en la que no le dolieran las lumbares.

Le habría encantado tirarse en la cama doble, rodearse de los mil almohadones hasta encontrar la posición perfecta y continuar la conversación desde ahí, pero optó por ponerse de pie y masajearse los riñones con los puños.

―Soy policía, ¿entendés? Mi trabajo es atrapar a gente como vos, no ayudarla.

―Pues yo soy ladrona, millonaria y estoy prófuga. Mi trabajo es tomar daiquiris en playas paradisíacas, no meterme en la boca del lobo hablando con gente como tú. Sin embargo, a veces una tiene que coger un desvío. Se llama tener sangre en las venas.

Laura se tomó unos segundos para terminar el automasaje. Todo, incluso un caso como aquel, perdía relevancia comparado con su embarazo.

―¿Por qué no vas por la vía legal? Si la información que tenés sobre los homicidios es tan buena, podrías negociar inmunidad para Mac directamente con el fiscal.

Noelia le clavó los ojos oscuros, que reflejaban una mezcla de desesperación y tenacidad.

―¿De verdad crees que eso es una opción viable? Para hacerlo, me pedirían que me entregue. Además, la burocracia, los tiempos… Mac podría pasar meses en prisión antes de qu e estudiaran mi oferta.

Noelia dio un paso hacia ella. Sus caras estaban a un metro de distancia. Sus vientres, a mucho menos.

―Aquí, contigo… es diferente ―dijo en voz más baja―. Necesitas respuestas y yo puedo dártelas. Es una oportunidad para ambas. Tú encuentras al asesino y yo ayudo a Mac sin meterme en una vía larga y farragosa que, además, me pondría en la mira de la justicia.

Tenía sentido. Pero, como la misma Noelia había dicho, estaban en bandos distintos. Igual que en un encuentro deportivo, Laura apreciaba la habilidad de su contrincante, pero a su vez debía hacer todo lo posible por vencerla.

―Mi respuesta es que no ―dijo, y señaló el bolsillo de la chaqueta de lino, que la ladrona no se había quitado―. ¿Ahora me vas a dejar ir? ¿O de verdad pensás dispararle a una policía embarazada?

Noelia sacó el arma y Laura pudo verla en detalle por primera vez. Era una Beretta de bolsillo calibre 22. Mucho menos potente que su Browning 9 milímetros de servicio, pero igual de peligrosa a una distancia tan corta.

―Esto era simplemente para asegurarme de que escucharas mi oferta. No voy a obligarte a ayudarme a punta de pistola.

―Hacés bien. Te repito: mi respuesta es que no.

Laura dio dos pasos lentos hacia la puerta, pero Noelia la interceptó y le apoyó el arma en el pecho.