Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

―Caminemos un poco por la iglesia ―le indicó Noelia Viader a Laura sin quitar la mano del bolsillo―. Como dos turistas más.

Laura se sorprendió de no sentir miedo a pesar de tener un arma apuntándole al vientre. Todo lo que sabía sobre Viader, y sabía bastante, ayudaba a tranquilizarla.

―No sé qué querés, pero así no vas a conseguirlo.

Viader comenzó a caminar y la invitó a seguirla con un gesto.

―¿De cuánto estás?

―De seis meses y medio.

―Seguro que será una preciosidad. Tú eres guapa y tu pareja también. Personalmente, no me gustan los hombres con la cabeza afeitada, pero el tuyo tiene algo.

―Veo que sabés bastante de mí.

―Más de él, la verdad. Tú no eres muy activa en redes sociales.

Julián y los malditos cursos de marketing digital.

Su pareja llevaba meses estudiando cómo dar visibilidad a su hotel y, al parecer, todos los gurús coincidían en que la clave era hacer un storytelling personal, que en castellano venía a ser contar historias de tu vida para que la gente gastara dinero convencida de que no solo estaba comprando un producto, sino también apoyando a las personas que había detrás.

En el último tiempo, Julián había estado más activo que nunca con ese tema.

Hasta el momento, Laura se había librado de salir en la mayoría de las fotos o videos que él le proponía.

Una o dos veces había dado el brazo a torcer, porque sabía que para él era importante, pero puso el límite el día que Julián le propuso hacer una foto del perfil de su barriga con el hotel de fondo.

―Soy policía. No me conviene contar mi vida en internet. Acá tenés la prueba ―le dijo, señalando el bolsillo de Viader.

―Pues seguramente tú de mí sí que sabes bastante.

―¿Por qué me hablás con acento español?

―Porque también es mío. Nací en Barcelona y llevo tres años recuperándolo. No me pidas que dé marcha atrás.

―Sabés que tarde o temprano voy a tener que denunciar este encuentro.

―Por supuesto. Cualquier otra cosa me decepcionaría.

Noelia le indicó que se detuvieran y señaló los vitrales de las paredes.

―Mira ―dijo, señalando uno de los más altos, no muy lejos del altar―. ¿Notas algo raro?

Laura estudió la ventana. No representaba ninguna escena católica, sino un patrón multicolor.

―No.

―En 1936, durante la guerra civil, un grupo anticlerical incendió esta iglesia. Años después, cuando quisieron restaurarla, se dieron cuenta de que necesitaban dinero. Mucho dinero. ¿Y sabes quién hizo una de las aportaciones más grandes?

―No.

―El Fútbol Club Barcelona.

Laura asintió como si le encontrara algún sentido al divague.

―Mírala con atención.

La ventana estaba dividida en una cuadrícula de tres columnas y ocho filas. En cada cuadrado había un patrón geométrico en el que predominaban los colores azul y verde.

―Fíjate en el cuadrado del centro de la fila más baja.

―Es diferente ―observó Laura―. Tiene algo de rojo.

―Es el escudo del Barça .

Laura afinó la vista y lo confirmó con sorpresa. ¿Qué hacía un escudo del Fútbol Club Barcelona en un vitral de aquella joya arquitectónica del Medievo?

―¿Crees que al obispo de Barcelona le habrá causado gracia poner el escudo de un club de fútbol en la casa de Dios? Yo no. Sin embargo, lo hizo, porque entendió que la ayuda a veces viene de quien menos te esperas.

―¿O sea que a cambio de la supuesta información que tenés me vas a pedir que me tatúe tu cara en el antebrazo?

Noelia sonrió. A pesar de la situación, a Laura le pareció que tenía una sonrisa preciosa.

―No. Voy a pedirte algo mucho más fácil para ti.

―¿Qué cosa?

―Aquí no. Acompáñame. Mi hotel no está lejos.

Laura miró hacia la puerta. Afuera el sol todavía brillaba con fuerza.

―Vienes conmigo ahora o ya no volverás a verme el pelo. Es la segunda vez que intento ayudarte. No habrá una tercera.

Eso Laura lo sabía. Pero no le hacía ninguna gracia encerrarse en una habitación con una persona armada.

Sin embargo, había estudiado muy bien el perfil de Noelia años atrás en un seminario sobre el caso de Entrevientos.

No iba a decírselo, pero de alguna manera la admiraba.

Era una ladrona y estaba prófuga, sí, pero no era una asesina.

Había organizado el robo de la mina por un motivo mucho más importante que el dinero.

Eso la convertía en una rara avis . Una delincuente con principios.

Pero delincuente al fin. Y Laura no pensaba dejarla escapar.