CAPÍTULO 10
Laura paseaba sola por las callejuelas del barrio del Born. Había pasado una semana desde que había vuelto a Barcelona, el mismo día que la habían dejado plantada para la videollamada. Sallent se había comprometido a mantenerla al tanto de las novedades, pero de momento seguía sin noticias.
Aquel día Julián lo pasaría de reunión en reunión, intentando convencer a agencias de viajes de que incluyeran al Hotel Montgrí en sus paquetes a la Patagonia. Ella había decidido recorrer la parte antigua de la ciudad, un lugar que le parecía fascinante.
Entró a la iglesia de Santa María del Mar por la puerta principal, donde dos pequeñas figuras de bronce que representaban a hombres cargando grandes piedras en la espalda resumían la historia de la construcción del templo. Laura lo sabía porque había visto con Julián la serie La catedral del mar .
Dentro de la iglesia, todo era austeridad: pocos ornamentos y unas gigantescas columnas de piedra desnuda que se elevaban hacia el cielo. Un estandarte del gótico catalán, según las guías de turismo.
Caminó hacia el altar por el lateral derecho, pasando junto a pequeñas capillas. Se detuvo a observar una gran losa de piedra en el suelo, sobre la que había tallada una calavera con dos tibias cruzadas, como una bandera pirata.
―Son tumbas ―oyó que le decían.
Al girarse, se encontró con una mujer de su misma edad enfundada en un vestido negro.
Encima llevaba una chaqueta de lino que, por más fina que fuera, resultaba innecesaria considerando las temperaturas de ese día.
A pesar de que el interior de la iglesia estaba oscuro, no se había quitado las gafas de sol.
Llevaba maquillaje sutil y unas zapatillas elegantes que parecían muy cómodas.
―Si te fijas, algunas tienen talladas unas tijeras o una barca. Corresponden al oficio del muerto. Sastre. Pescador. Otras tienen el escudo de la familia. Esos eran los nobles.
―¿Y las calaveras?
―Son osarios. Allí la iglesia juntaba los huesos de quienes dejaban de pagar para hacer sitio a los muertos más recientes. Como diría Mirtha Legrand, el público se renueva.
La última frase la descolocó por partida doble. Por un lado, la mujer había abandonado su entonación cien por cien española para pronunciarla con un perfecto acento de Buenos Aires. Por el otro, había mencionado a una leyenda de la televisión nacional muy poco conocida en el extranjero.
―¿Tenés alguna relación con Argentina? ―preguntó Laura con una sonrisa incómoda.
―Podría decirse que sí. Bastante. Pero es una larga historia.
―¿Sos catalana?
La mujer pareció pensarse la respuesta.
―También.
Al levantar la vista de la calavera, Laura se encontró con unos ojos que la miraban fijamente por encima de las gafas. Unos ojos marrones y rabiosamente atractivos que habría jurado haber visto antes.
―¿Nos conocemos?
―En persona, no. Pero yo sé quién eres tú y tú sabes quién soy yo.
―Eso último no lo tengo tan claro.
―Ya lo verás. ¿Qué te ha parecido el artículo sobre Carlos Gardel?
―¿Vos me mandaste el mensaje?
Por toda respuesta, una sonrisa. Laura dio un minúsculo paso hacia atrás.
―¿Quién sos ?
―Pues es una gran pregunta. Puedes llamarme Ainoha. He tenido muchos nombres. Tú conoces la mayoría de ellos.
Laura no tenía la menor idea de lo que estaba pasando.
―Muy bien, Ainoha. ¿Por qué no te presentaste a la videollamada?
―Porque después de enviarte el mensaje me enteré de que estabas en Andorra. Me lo confirmó Julián.
―¿Lo conocés?
La mujer sonrió.
―Hablé por teléfono con él una sola vez en mi vida. La semana pasada.
Ante el gesto extrañado de Laura, la mujer levantó una mano para pedirle que la dejara explicarse.
―Tengo información que puede ayudarte. Supe que estabas en Barcelona porque tu pareja publicó una foto en las redes sociales del Hotel Montgrí.
Entonces empecé a seguirte. En la calle, no en las redes.
Estuve a punto de hablarte en un par de ocasiones, pero me arrepentí. Verás, esto es muy difícil para mí.
―No lo parece.
―Pues lo es. Pensé que sería mejor tener un primer encuentro virtual, y por eso te envié el mensaje.
Pero después me arrepentí. Si estabas en Andorra era porque habías ido a hablar con la policía sobre el asesinato de Stefan Wachter.
Y supuse que les mostrarías mi mensaje a tus colegas andorranos. ¿Me equivoco?
―¿Y por qué llamaste a Julián y no a mí?
―Porque no tenía tu número.
Laura iba a preguntarle cómo había conseguido el de Julián, pero recordó que aparecía en la web y en las redes sociales del Hotel Montgrí.
―«Hola, ¿hablo con Julián? ―dijo la mujer en perfecto argentino―. Mirá, te llamo desde Río Gallegos. Soy la secretaria de Valentina Sanahújar. La comisaria necesita hablar con Laura, pero no logramos localizarla. ¿Le podrías pasar el teléfono un momentito?»
La mujer sonrió y volvió al acento español.
―Entonces Julián me dijo que te habías ido a Andorra. Le pedí que me confirmara tu número de teléfono y él me lo dio.
Laura puso los ojos en blanco. Eso era el ABC de las estafas telefónicas. Un error de principiante, y Julián no tenía un pelo de tonto. Pero lo cierto era que todos, en un mal día, podemos caer en una trampa así si nos agarran desprevenidos.
―¿Qué tenés para decirme?
―Manuel Reláñez, asesinado en Ushuaia el año pasado.
Stefan Wachter, asesinado en Andorra hace una semana.
No hace falta ser un genio para saber que, si la criminalista que estuvo a cargo del primer caso va a ver a los que están a cargo del segundo, hay alguna relación.
Además, eso de que les metan una bala a mano es demasiado peculiar para ser una coincidencia, ¿no?
Laura miró alrededor, como si fuera a encontrar una respuesta en las caras de los demás visitantes de la iglesia. Malditos los periodistas que habían publicado esos detalles.
―Lo que tengo para decirte es que Reláñez y Wachter no son los únicos. Hay al menos dos asesinatos más con el mismo modus operandi .
Laura tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la cara de póker.
―¿Por qué no vas a la policía con esta información?
―Es lo que estoy haciendo.
―Me refiero a la policía de...
―Sé a qué te refieres. Acudo a ti porque quiero algo a cambio y solo tú puedes dármelo.
―Mirá, no hace falta que hablemos más. No sé qué querés pedirme, pero no voy a dártelo. Si de verdad tenés información relevante, deberías hablar con la policía de Andorra o la de tu país.
―Argentina también es mi país.
Otra vez el acento. Y otra vez las gafas en la punta de la nariz. Entonces sí, Laura recordó dónde había visto esos ojos. Nunca en persona, pero sí en pantallas. En la tele, en su teléfono, en el sitio web de la Policía Federal, en circulares rojas de Interpol.
―¿Noelia Viader?
La mujer sonrió. Noelia Viader era una de las criminales más buscadas de Argentina. Estaba prófuga desde hacía tres años, cuando ella y su banda habían desaparecido de la faz de la tierra con cinco toneladas de oro y plata robadas de la mina de Entrevientos, en el corazón de la Patagonia.
―Tenía muchas ganas de conocerte, Laura. Ahora escúchame, porque lo que tengo para decirte te interesa.
Con las últimas palabras, Viader movió la mano que tenía dentro del bolsillo de la chaqueta. Bajo el lino, Laura distinguió la silueta de un arma pequeña que apuntaba directamente hacia su abdomen.