CAPÍTULO 9
Se puso unos auriculares por los que oiría a no solo a su interlocutor sino también las acotaciones de Sallent, que seguiría la conversación desde el edificio del Obac.
―Hola, Laura. ¿Me escucha bien?
―Fuerte y claro.
A las nueve en punto hizo clic en el enlace. Un cartel le indicó que era la primera persona en la llamada y que, en cuanto se uniese el organizador, le permitirían entrar.
Sola en su habitación, se preguntó si la persona con la que estaba a punto de hablar daría a conocer su rostro o lo ocultaría.
Posiblemente lo segundo. Si lo hacía con un pasamontañas, era de los buenos.
Si lo hacía con un filtro digital, un amateur.
Bastaba con que esos filtros fallaran durante una milésima de segundo para dejarte, como diría su tía Susana, con el culo al aire.
Los veinticinco minutos de espera se hicieron eternos.
―Creo que no se va a presentar ―le dijo Sallent por el auricular.
―Esperemos un poco más.
A las diez menos cuarto, Laura no tuvo más remedio que aceptar que no habría videollamada.
―¿Es posible que sepa que hablé con usted? ―preguntó, masticando rabia.
―Si suponemos que está en Andorra, puede haberla seguido. Al vernos cenar juntos anoche, ató cabos.
Laura intentó recordar las caras de los camareros y los comensales sentados en las mesas aledañas la noche anterior. ¿Era posible? ¿Cómo había sabido esa persona dónde cenarían? Por su parte, ella solo se lo había comentado a Julián, preocupada por si Sallent le hacía comer caracoles.
―¿Quién sabía dónde cenaríamos anoche?
―Tres o cuatro compañeros del Obac. La sugerencia de llevarla a ese restaurante fue de uno de ellos.
―¿Un compañero suyo le dijo dónde llevarme?
―Hombre, no es que me diera una orden. Yo mencioné que quería ser, como usted ha dicho, un buen anfitrión, y Fran Talavera, el policía más foodie del Obac, sugirió El Tafaner.
Ahora, si está usted insinuando que Fran tiene algo que ver con todo esto, se equivoca.
Es uno de los pocos por quienes pondría la mano en el fuego.
Laura se mordió la lengua para no contarle la de veces que se había quemado las suyas. Pero esa no era su guerra. Si había algo turbio dentro de la policía andorrana, no era ella quien debía desenmascararlo. Su objetivo era descubrir quién había matado a Manuel Reláñez en Ushuaia.
―¿Y por su parte? ―preguntó Sallent.
―Yo no tenía idea de adónde iríamos. Usted solo me dijo que era un lugar de comida típica andorrana.
―¿Le mencionó esto a alguien?
―A mi pareja, que está en Barcelona.
Hubo un silencio en la comunicación.
―Creo que acabamos de perder una buena oportunidad ―se lamentó Laura.
―Eso no lo sabemos. Quizás quien le envió ese mensaje lo hizo para divertirse y nunca tuvo intención de presentarse a la videollamada.
Podía ser, aunque resultaba extraño. ¿Para qué enviar un enlace? ¿Para qué advertirle que no lo comentara con nadie?
―Por cierto, acaban de llamarme de la embajada de España.
―¿España tiene una embajada en Andorra?
―Claro. ¿Acaso no tiene una en Argentina?
―Sí, disculpe. El acento, el entorno... Me cuesta asimilar que es otro país.
―La entiendo. A mí me pasa lo mismo con ustedes y Uruguay.
Le decía que me ha contactado el delegado de la Policía Nacional española en la embajada.
El número de teléfono desde el que le enviaron el mensaje pertenece a Srdjan Cacarevic, un ciudadano serbio que hace por lo menos tres años que no reside en España.
―¿Quiere decir que me contactó desde Serbia?
―No. Quiero decir que esa tarjeta SIM seguramente la han comprado en el mercado de los Encants, en Barcelona, donde se ofrecen desde candelabros viejos hasta, si uno sabe con quién hablar, DNIs falsos.
La antena que procesó el mensaje está en Barcelona, pero ese número ya no ha vuelto a estar activo.
Haremos un pedido para que los Mossos d’Esquadra, la policía de Cataluña, intenten rastrearlo.
Pero me jugaría el sueldo a que no van a encontrar nada.
Es probable que esa tarjeta ya esté en una papelera y no vuelva a activarse nunca más.