CAPÍTULO 7
Laura despertó en una cama que no reconocía. Tardó varios segundos en recordar cómo había terminado allí. Estaba en el hotel en el que había comido unas hamburguesas y bebido la prometida cerveza sin alcohol con Sallent después de despedirse de Núria Villaró.
En general, nunca dormía la siesta, pero desde que estaba embarazada, después de comer tenía menos energía que un koala.
Se había quedado frita boca arriba. El peso de la barriga empezaba a resultarle incómodo, pero a veces se obligaba a mantener esa posición porque le habían advertido que pronto ya no podría hacerlo durante mucho tiempo.
Estiró la mano hasta dar con el teléfono e hizo una videollamada a Julián. Él atendió con una sonrisa que se disolvió enseguida.
―¿Estás en una cama? ¿Te ha pasado algo?
―No, no, estoy bien. Reservé una habitación en un hotel porque voy a quedarme a pasar la noche.
―Joder. Sí que te ha gustado Andorra.
―Hay algo que nunca te dije, Juli. Soy millonaria y una de mis empresas off-shore tiene un problema de papeles. No te lo había contado antes para que no estuvieras conmigo por interés.
―El único interés en mi vida es el del préstamo.
Rieron. Después de resolver juntos el caso de los crímenes del glaciar, Julián había decidido quedarse a vivir en la Patagonia y acondicionar el hotel que había heredado de su tío Fernando en El Chaltén.
Sus padres se habían ofrecido a ayudarlo económicamente, pero él prefirió vender su piso en Barcelona para costear la reforma.
O al menos buena parte de ella. Para lo que le faltaba, pidió un crédito a varios años.
Por suerte, los primeros trece meses del Hotel Montgrí habían sido un éxito. El turismo en Argentina ―y en la Patagonia en particular― había estallado después de que el mundo volviera a viajar tras la pandemia de 2020.
―¿En serio te quedas en Andorra?
―En serio. Quiero profundizar en algunos aspectos del caso. Además, el hotel corre por cuenta de la policía andorrana.
Hablaron un buen rato y se despidieron tirándose besitos a la cámara como dos adolescentes. Si Laura se hubiera visto en esa situación un par de años atrás, le habría dado vergüenza. Cringe, que dicen las nuevas generaciones.
Pasó las dos horas siguientes leyendo el dossier sobre el homicidio de Stefan Wachter que le había enviado Sallent y también los informes de las autopsias de Andorra y Ushuaia.
Después se dio una ducha y se cambió para bajar a cenar.
Enric Sallent la había invitado a probar la comida típica del país.
Estos son medio franceses. Espero que no coman caracoles , pensaba Laura mientras se maquillaba. Siempre puedo decir que, como estoy embarazada, prefiero no innovar.
El disparo retumbó en la habitación quince minutos antes de la hora de la cita. Desde hacía años, Laura tenía configurado el teléfono para que sonara así cada vez que le llegaba un mensaje. Era Sallent, avisándole que ya estaba abajo.
Antes de abandonar la habitación, dio un breve repaso al resto de los mensajes sin leer.
La mayoría eran de trabajo. No los abría porque su jefa se lo había prohibido.
«Disfrutá de las vacaciones. Si hay algo urgente, te llamamos», le había dicho.
Pero a Laura le resultaba imposible, así que se había convencido de que mirarlos una vez al día era prácticamente lo mismo que estar totalmente desconectada.
Le llamó la atención uno de un número desconocido. Lo habían enviado temprano esa mañana.
Puedo ayudarte a encontrar al asesino. Unite a esta videollamada mañana a las 9 a. m. Si lo comentás con alguien, desaparezco. Va una muestra de buena fe.
Debajo del texto había dos enlaces. Uno llevaba a un sitio de videollamadas encriptadas. El otro, a un artículo de un blog llamado Dos por cuatro .
Laura releyó el mensaje varias veces. Estaba escrito en argentino, pero venía de un número español. Y le advertía que no hablara con nadie. ¿Era posible que quien lo había escrito supiese que ella ya estaba en contacto con la policía andorrana?
Leyó el artículo.
CANTAR CON UNA BALA JUNTO AL CORAZÓN
La vida de nuestro querido Carlos Gardel, el exponente más grande del tango a nivel mundial, estuvo y sigue estando rodeada de rumores, misterios, incógnitas y situaciones tan insólitas que parecen inventadas.
A esta última categoría pertenece el siguiente dato: Gardel cantó desde los veinticinco años hasta su muerte, a los cuarenta y cuatro, con una bala alojada a pocos centímetros del corazón.
La madrugada del 10 de diciembre de 1915, Carlitos salió a festejar su cumpleaños junto a su amigo, el actor Elías Alippi.
Eligió para la celebración el Palais de Glace, un local de moda ubicado en el barrio de Recoleta donde se bailaba tango interpretado por las mejores orquestas de la época.
Al parecer, dentro del local se produjo un incidente entre Alippi y otra persona, y Carlitos salió en defensa de su amigo.
Después de que el altercado se aplacara sin pasar a mayores, Gardel y Alippi decidieron continuar la noche de farra en otro lado.
La versión con más peso dice que detrás de ellos salió un grupo de hombres liderados por quien había tenido la trifulca con Alippi, y que hubo una persecución en automóvil hasta que lograron darles alcance.
No se conocen los pormenores de la discusión, pero sí que un hombre llamado Roberto Guevara le disparó a Gardel en el pecho con un revólver calibre treinta y dos.
Carlitos fue trasladado al Hospital Ramos Mejía, donde los médicos concluyeron que la bala había quedado alojada en el pulmón izquierdo. Dado el difícil acceso, decidieron no operar para extraerla.
Años después, Félix Pinto, biógrafo de Gardel, diría: «La bala, al ver que entraba en una de las cajas torácicas más privilegiadas del mundo, decidió quedarse ahí, calentita en el pulmón de Carlitos, reverberando para siempre con sus tangos».
En su momento, cuando le preguntaron a Gardel si el proyectil le molestaba, se limitó a decir que no. Que estaba ahí, pero que no lo sentía para nada. Y que prefería no hablar de algo tan feo.
Así que, a partir de ahora, querido tanguero, cuando escuches cantar al más grande sabrás que en ese pecho, además de un corazón, vibraban seis gramos de plomo que, por capricho del azar o por designio divino, no lograron arrancarle la vida.