CAPÍTULO 6
Laura se colgó del cuello la tarjeta de visitante y siguió a Sallent por los pasillos de la sede central de la policía andorrana. Se detuvieron frente a una puerta sin placa identificatoria que el inspector abrió tras darle unos suaves golpecitos con los nudillos.
― Bones ―dijo una mujer sin levantar la vista de una de las tres pantallas sobre su escritorio. Tendría unos cincuenta años, algo de sobrepeso y vestía una camisa tipo leñador arremangada que dejaba ver una mariposa roja tatuada en el antebrazo.
―Hola, Núria. Te presento a Laura Badía, jefa de la policía científica de la provincia de Santa Cruz, en Argentina.
Laura, ella es Núria Villaró, nuestra mejor perito.
Es especialista en informática, pero también hace balística, huellas y otros trabajos de criminalística.
Lleva dos días analizando el triángulo de vinilo.
Se saludaron con un apretón de manos y Laura le explicó la similitud entre ambos casos.
―¿Has encontrado algo? ―le preguntó Sallent cuando Laura terminó de hablar.
La mujer sonrió detrás de las gafas redondas tipo John Lennon.
―Poco. Acompañadme al laboratorio.
La siguieron hasta la sala contigua, un espacio amplio y atiborrado de herramientas que a Laura le recordó a su propio laboratorio en Río Gallegos: microscopios, kits para huellas digitales, martillos de inercia y todo un arsenal de dispositivos, comprados o de fabricación casera, esenciales para un buen trabajo de criminalística.
Núria Villaró señaló la mesa central, cubierta de discos de vinilo de varios tamaños, todos destrozados por alguna de las cinco o seis sierras dispuestas a un lado. Al otro, montado delante de una lupa, un triángulo negro.
―Este es el trozo que tenía la víctima en el ojo. Pertenece a un disco de treinta y tres revoluciones por minuto, el formato de vinilo más popular. Probablemente se trate de un long play . También podría ser un EP, pero esos eran menos comunes.
Laura recordó el tocadiscos en el que su tía Susana le hacía escuchar los Beatles y Vox Dei.
―¿Qué es un EP?
―Otro tipo de formato más pequeño. Del tamaño de un plato de postre.
―¿Como un single ?
―Parecidos. Pero en los single s había un solo tema por lado y eran de cuarenta y cinco revoluciones por minuto. Los EP de treinta y tres tenían entre dos y tres canciones por cara. Pero, insisto, no eran nada comunes. Lo más probable es que esto sea un trozo de long play .
La mujer acompañó sus palabras abarcando con las manos un círculo del tamaño de una pizza. Luego agarró una de las sierras y se la pasó a Sallent.
―Muy probablemente está cortado a mano con una herramienta similar a esta. Son sierras de calar de hoja muy fina y arco muy amplio. Los cortes irregulares me llevan a pensar que los hizo alguien que no está acostumbrado a utilizar herramientas de este tipo.
―O tenía prisa ―acotó Sallent.
―Puede ser. También es llamativo que, por la curvatura de los surcos, el triángulo pertenece a la última canción de cada lado del disco, la que está más cerca del centro.
―¿Llamativo por qué ?
La mujer señaló la pila de vinilos que ella misma había destrozado.
―Porque lo más fácil es sacar un trozo del borde.
En cambio, para cortar el que terminó en el ojo de Wachter, la sierra tuvo que atravesar todas las canciones hasta llegar a la última.
De cuatro a seis si se trata de un long play , o una o dos si es un EP.
Si se tomó ese trabajo, es porque la música que hay en el fragmento tiene algún significado.
―¿Has podido reproducirla? ―preguntó Sallent.
La mujer asintió señalando un tocadiscos conectado a una consola de audio.
Sobre la bandeja había un vinilo con un agujero triangular donde cabía perfectamente el fragmento que el asesino había clavado en el ojo de Stefan Wachter.
Movió un ratón y una pantalla cobró vida mostrando un programa de edición de sonido.
―Escuchen con atención.
Villaró presionó la barra espaciadora y los altavoces emitieron un sonido mucho más corto que el piar de un pájaro. La mujer lo repitió tres o cuatro veces.
―El surco más grande del triángulo mide veintiún milímetros. En la canción más cercana al centro de un disco de treinta y tres revoluciones, esto equivale a poco menos de una décima de segundo. Lo que dura un chasquido de dedos.
Villaró abrió otro archivo en el programa de edición de audio.
―Naturalmente, el resto de los surcos son más cortos aún.
Reprodujo una secuencia de sonidos que se volvían cada vez más breves hasta resultar casi inaudibles.
―Son fragmentos demasiado breves para aplicaciones de reconocimiento de música tipo Shazam. He intentado unirlos con inteligencia artificial, pero el resultado es pésimo. Suena como una ballena muriéndose.
―¿Qué más se puede hacer? ―preguntó Sallent.
La mujer señaló una de las tres pantallas sobre su escritorio. Laura reconoció las palabras y símbolos de colores sobre el fondo negro. Era código fuente.
―Lo único que se me ha ocurrido es escribir un programa para comparar los fragmentos con diferentes canciones y ver si pertenecen o no a ellas. Lo he conectado a un servicio de streaming de música.
―Muy buena idea ―la felicitó Sallent.
―No te ilusiones. El catálogo tiene más de cien millones de canciones. Si no encontramos la manera de acotar la búsqueda, a mi programa podría llevarle un tiempo impracticable dar con la respuesta.
―¿Cuánto es impracticable?
Villaró consultó unos números escritos a mano en una libreta.
―El valor más probable son treinta años. Si tenemos mala suerte, sesenta.