Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Me bajo del coche y lo primero que oigo es el susurro de las hojas de los eucaliptos al mecerse con la brisa débil de la mañana.

Después noto los pájaros, que ya presienten el inicio de la primavera y entonan sus cantos de cortejo.

Solo se detienen por unos segundos cada vez que, a lo lejos, alguien dispara.

Es jueves. Los jueves y los domingos una empresa de turismo hace excursiones por este bosque artificial para cazar jabalíes.

Son cientos y cientos de hectáreas de plantación maderera que, a lo largo de los años, se han convertido en el hogar de varias especies autóctonas e introducidas.

Un bosque de árboles australianos donde unos argentinos cazan cerdos salvajes europeos.

Apoyo el bloque de pino en el suelo, contra un árbol.

Son seis tablas de una pulgada que clavé una encima de la otra hasta lograr el espesor que necesito.

Me alejo un par de pasos y le apunto con la pistola.

Automáticamente, siento que puedo respirar mejor.

Mi mente matemática no puede evitar cuantificar el alivio.

Es como si en vez de tener cien kilos apretándome el pecho, ahora tuviera noventa y cinco.

Aprieto el gatillo poco a poco. Sé que más adelante no tendré este lujo, así que voy aumentando la fuerza con el dedo índice hasta que suena el disparo. Es uno más de los que retumban en el bosque.

Cierro los ojos e inhalo el olor a pólvora mezclado con el de la tierra húmeda. La presión en el pecho baja un poco más. Noventa.

Tiro de nuevo, y de nuevo, y de nuevo, espaciando los disparos para no llamar la atención. Con cada uno, fantaseo que la bala rebota y me da en el pecho. Eso sí que me traería paz verdadera.

Un par de minutos después, con el cargador de la pistola ya vacío, me acerco al bloque de madera. Los orificios de entrada son círculos irregulares rodeados de astillas. Miro el otro lado y compruebo con satisfacción que ninguna de las balas ha traspasado la última tabla.

Valiéndome de un hacha de mano, rompo con cuidado el bloque hasta dar con los trece proyectiles. El metal todavía está caliente, aunque podría sostenerlos en la mano incluso si no llevara guantes. He hecho la prueba. Pero hoy no. Hoy los guantes son cruciales.

Los pliegues en los encamisados de cobre no dejan de sorprenderme. No hay dos balas disparadas iguales. Son como copos de nieve.

Setenta y cinco.

Con el dorso del hacha hago un agujero en la tierra blanda, meto las tablas rotas y vuelvo a taparlo. Como toque final, reparto la hojarasca con el pie. Todo queda como estaba hace veinte minutos.

Me subo al coche con las trece balas en el bolsillo del pantalón. Pronto usaré una de ellas. Me pregunto a cuánto lograré bajar la presión esta vez. Mi récord es veinticinco. Y para eso tuve que incorporar el triángulo de vinilo.

Mientras conduzco, fantaseo con llegar a un veinte. O un quince. Aunque quizás sea pedir demasiado.

El cero, desde luego, es inalcanzable. Ya hace mucho tiempo que ni siquiera sueño con él. La presión en el pecho no se irá nunca por completo. A lo único que puedo aspirar es a aliviarla cada vez que se torna insoportable.