Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Una morgue andorrana no era muy diferente a una argentina.

Algo más de tecnología, quizás. Y el olor a un desinfectante distinto.

Más allá de eso, Laura estaba frente a las mismas superficies lisas, las mismas baldosas blancas y las mismas cámaras frigoríficas para mantener los cadáveres a dos grados centígrados.

El forense se llamaba Thomas Douesnel. Era un hombre corpulento que hablaba el castellano con acento francés.

―Stefan Wachter. Muerte por herida de arma de fuego en el tórax. Escopeta disparada desde corta distancia.

Laura miró los ojos del cadáver. Estaban cerrados. El párpado izquierdo mostraba dos pequeñas marcas rojas como si lo hubieran pinchado con un punzón desde dentro hacia afuera.

―Dentro de la herida había un proyectil calibre 9 milímetros previamente disparado.

―¿También tiene astillas de madera en los pliegues? ―preguntó Laura.

―Sí.

―¿Madera muerta de pino u otra conífera?

Douesnel miró a Laura con asombro.

―Correcto.

―Te lo he dicho, Thomas ―intervino Sallent―. Las similitudes con el caso argentino son impresionantes.

―Deberíamos comparar las estrías de los proyectiles 9 milímetros para ver si fueron disparados por la misma arma.

―Sí. Lástima que no haya manera de cotejar los perdigones. El arma homicida es la escopeta, no la pistola 9 milímetros.

―De todos modos, es poco probable que se haya usado la misma escopeta ―opinó Laura―. Un arma de fuego es muy difícil de transportar de un país a otro. ¿Qué le pasó en el ojo izquierdo?

El forense levantó el párpado, revelando un globo ocular que parecía haber pasado por un rallador de queso.

―Le clavaron un trozo de disco de vinilo. Muy abrasivo. Las heridas van más allá del cristalino.

Douesnel dio unos pasos hacia una pantalla y abrió una foto de un pequeño triángulo negro. Según la regla junto a la que lo habían fotografiado, cada lado medía aproximadamente dos centímetros. Parecía de plástico y tenía un relieve a rayas.

―¿Un disco de música?

―Sí. El triángulo parece cortado a mano con una sierra de hoja fina.

Laura no pudo evitar parpadear. Ella jamás podría usar lentes de contacto porque la sola idea de que algo le tocara el ojo la estremecía.

―¿Se lo clavaron mientras estaba vivo?

―No. Post mortem .

―Entiendo que en el asesinato de Ushuaia no había nada similar ―intervino Sallent.

―En absoluto. La única herida en el cuerpo de Reláñez era la que le causó la muerte. Y el único objeto extraño, además de los perdigones, el proyectil de calibre 9 milímetros.

―Si dejamos de lado el vinilo, los casos son idénticos ―concluyó Sallent―. Los drogaron con la misma sustancia, los mataron de madrugada con la misma munición, a una distancia similar y les metieron por la herida una bala de idéntico calibre disparada contra un bloque del mismo tipo de madera.

―¿Sabe cómo le administraron la burundanga? ―preguntó Laura al forense.

―No había restos de la droga en el estómago, pero sí en los pulmones y en la piel de la cara.

―Soplada, entonces ―concluyó Laura―. Otra similitud entre ambos homicidios.

―¿Soplada? ―se sorprendió Sallent.

Andorra era, realmente, la aldea de los pitufos en cuanto a criminalidad.

―Se suele usar así para ataques sorpresa. A alguien le tocan el timbre y, cuando abre la puerta, buf . Vuelve en sí unas horas más tarde en el suelo de su casa con todo patas para arriba y lo último que recuerda es una nube blanca frente a su cara.

―Conocía la droga, pero no sabía que podía administrarse de esa manera ―admitió Sallent―. Soplarle a alguien un polvo en la cara y transformarlo en un títere suena a novela negra.

A Laura, el comentario le cayó simpático. En la policía, admitir que se desconocía algo solía verse como un gesto de debilidad. Era refrescante toparse con alguien que se mostraba abiertamente fascinado.

―Sí, salvo que en la vida real ese polvo blanco puede causar taquicardias, mareos y, en casos puntuales, la muerte ―intervino el forense.

Durante unos instantes, en la morgue solo se oyó el motor de las cámaras frigoríficas.

―¿Ya han analizado el trozo de vinilo? ―preguntó Laura después de un rato.

―Lo estamos estudiando desde todos los ángulos: huellas, herramientas para el corte, ADN y, por supuesto, tipo de música. Podemos ir a la oficina de la persona a cargo del análisis ahora mismo.

Laura asintió, se despidió del forense y salió de la morgue con Sallent.

―¿Le importa si vamos caminando? ―preguntó en cuanto sintió el aire cálido de la calle .

Sallent miró de reojo su barriga.

―Son veinte minutos andando hasta la comisaría. ¿No prefiere que busque el coche?

―No se preocupe que no se me va a caer.

El andorrano soltó una risita y emprendieron juntos la caminata por una avenida llena de coches de lujo que avanzaban a paso de caracol.

―¿Qué ha podido averiguar de Wachter? ―preguntó Laura.

―Austríaco, sesenta y un años. Trabajaba en Viena, en la sede central de uno de los bancos más grandes de su país. Estaba en Andorra por trabajo. Oficialmente, venía a hacerle una oferta a un banco andorrano para comprarle una parte del negocio.

―¿Oficialmente?

Sallent sonrió sin detenerse a mirarla.

―Durante muchos años fuimos un paraíso fiscal. Ahora ya no, en teoría, pero nuestras instituciones financieras siguen siendo muy opacas con sus negocios.

―O sea que Wachter era un hombre con un buen pasar económico.

―Estaba forrado.

―¿Culto?

―Seguramente. Había hecho un máster en Harvard.

―Ahí tenemos otra discrepancia. El nuestro no había terminado la escuela primaria. Y tenía deudas. Regentaba un prostíbulo en las afueras de Ushuaia.

―Quizás no tengan nada en común, incluso si el asesino fuera la misma persona.

―¿Víctimas al azar?

―Sé que eso suele suceder muy pocas veces, pero no podemos descartarlo.

Laura no respondió. Caminaron un rato en silencio.

En cien metros oyó catalán, castellano, portugués, francés, inglés y alguna lengua eslava que no pudo identificar.

En Andorra la gente olía a perfume caro y vestía, a partes iguales, de manera muy elegante o muy ridícula. En ambos casos, con ropa carísima.

Cuando estaban a punto de llegar a la sede de la policía, Sallent rompió el silencio.

―¿Por qué matar a alguien con perdigones y luego introducirle a mano una bala en la herida?

Laura se encogió de hombros.

―Esa es la pregunta del millón.