Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Enric Sallent la llamó dos horas después.

―¿Sigue en Andorra?

―Por supuesto. ¿Se convenció de que los casos se parecen? ¿Ya corroboró que soy quien digo ser?

―Para terminar de estar seguro, debería ver su pasaporte.

―Puedo volver a la comisaría.

―Aquí no venden cerveza. Acabo de enviarle un mensaje para que tenga mi número. Si le parece bien, respóndame con su ubicación y me acerco a donde esté.

Diez minutos más tarde, un coche sin distintivos se detuvo delante de la tienda de ropa para bebés en la que Laura había decidido esperar.

Ella se subió al vehículo y le entregó su pasaporte a Sallent, que lo examinó mientras consultaba unos papeles con las medidas de seguridad de los documentos de viaje argentinos.

Después de comprobar hasta el último holograma y marca de agua, se lo devolvió.

―¿Por qué estaba tan segura de que la llamaría?

―Por la manera en la que me trató en la comisaría. Se comportó exactamente como lo habría hecho yo si la situación hubiera sido al revés. Y yo, después de comprobar su identidad, lo habría llamado. Ahora lléveme adonde vendan la cerveza más cara del país.

Sallent sonrió. Después de que Laura estirara el cinturón de seguridad al máximo para abrochárselo, él puso primera y arrancó el coche. Apretó un botón debajo del volante y unas luces azules ocultas comenzaron a parpadear sobre el parabrisas acompañadas de una potente sirena.

―Perdone el ruido. El tráfico en Andorra es siempre un desastre ―se excusó mientras esquivaba coches con una destreza admirable―. Hábleme de Manuel Reláñez. He leído el expediente, pero, como usted ha dicho, nada mejor que una reunión cara a cara.

―Reláñez fue asesinado en el bosque que linda con la ciudad de Ushuaia.

En los pliegues del proyectil que le insertaron post mortem había astillas de madera muerta de pino.

El cadáver apareció en un lugar rodeado de lengas y coihues, unos árboles autóctonos del bosque andino patagónico que no están emparentados con las coníferas.

―Es decir, donde murió no había pinos.

―Nosotros no fuimos capaces de encontrar uno solo, ni vivo ni muerto.

―¿Qué cree que sucedió?

―La única explicación que le encuentro es la premeditación.

El homicida trajo consigo un proyectil previamente disparado contra un bloque de pino.

Quizás eligió una madera blanda para que le resultara fácil recuperarlo.

Hicimos pruebas de balística y, con ese calibre, se necesitan al menos ocho centímetros de espesor para que el proyectil no lo atraviese.

―Entiendo que nunca encontraron esa madera.

―Nunca. Podría ser cualquier cosa: un trozo de viga, un leño grueso, un árbol seco…

Sallent apagó la sirena. Habían dejado atrás la ciudad y ahora subían por una carretera de curvas que se adentraba en el pequeño país en dirección a Francia.

―Nuestra hipótesis también es que el asesino mató a su víctima en el bosque con una escopeta y luego le metió un proyectil de pistola a mano.

―¿Adónde vamos?

Sallent apuntó con el dedo hacia adelante. El carril se desdoblaba para permitir que el tráfico girara a la izquierda. Abandonaron la carretera y se metieron por una vía en desuso llena de baches y hierbajos que crecían en las grietas del asfalto.

―No tiene pinta de que por acá vayamos a encontrar una cerveza sin alcohol.

―Eso lo dejaremos para más adelante.

Sallent detuvo el coche junto a una casa abandonada.

La puerta y las ventanas estaban tapiadas con ladrillos, y las plantas que crecían entre las tejas alcanzaban el medio metro de altura.

En el tronco de un árbol joven aún quedaba un trozo de la cinta plástica que la policía científica había usado para delimitar el perímetro.

―Aquí mataron a Stefan Wachter ―dijo justo antes de bajar del coche.

Laura lo siguió por un camino oculto por la maleza.

Se detuvieron junto a la casa, entre una parrilla que llevaba décadas sin fuego y una gran mesa de piedra sostenida por un pilar central que a Laura le recordó a un altar de iglesia.

Sallent señaló el suelo a un par de metros, donde aún quedaban rastros de sangre sobre la hierba aplastada.

―¿Quién encontró el cuerpo?

―Un periodista del Diari d'Andorra . Estaba haciendo un fotorreportaje sobre construcciones abandonadas. El periódico tuvo el buen gusto de no publicar imágenes, pero sí sacaron un artículo revelando más detalles de los necesarios.

A Laura le daba la sensación de que aquel hombre estaba disfrutando.

Se movía con un garbo que recordaba a los detectives de las películas estadounidenses.

Había buscado su nombre en Google, como tenía costumbre de hacer con casi todas las personas que conocía, pero los resultados habían sido escasos: algún documento oficial de la policía andorrana y una noticia del Diari d'Andorra en la que lo mencionaban como el agente a cargo de una redada en la que habían detenido a un instructor de esquí por venta de cocaína.

―Por lo que veo, este lugar no es nada frecuentado ―dijo Laura―. Y además, no se ve desde la ruta porque la casa lo tapa.

―Exacto. Está oculto, pero bien comunicado. Apenas a cien metros de la carretera principal del país. Esto me lleva a pensar que el asesino conoce bien el terreno.

―¿Podría haber sido la víctima quien lo citara acá?

―Qué va. Wachter era extranjero y no había estado nunca en Andorra.

A Laura el razonamiento no le pareció del todo sólido, pero lo dejó pasar. Después de todo, ¿cuánta experiencia real en materia de homicidios podía tener un policía de un país diminuto y con índices bajísimos de criminalidad?

―El asesino trajo a la víctima aquí para poder llevar a cabo su ritual con tranquilidad. Igual que en el caso de ustedes en Ushuaia, en el análisis toxicológico se encontró una alta concentración de escopolamina, llamada también burundanga.

Laura asintió. Lo habían drogado con la misma sustancia que a Reláñez.

La burundanga había ganado popularidad en los últimos años porque era capaz de inducir una sumisión química que convertía a quienes la consumían en títeres dóciles que luego no recordaban nada.

Se usaba sobre todo para violaciones, aunque no había sido el caso en el homicidio de Reláñez.

―¿Algún signo de agresión sexual a Wachter? ―preguntó Laura.

―No.

―Es decir, tanto a su muerto como al mío los drogaron para inhibirles la voluntad y llevarlos a un lugar remoto sin que se resistieran.

―Sí. El cadáver de Wachter no presenta ningún indicio de que haya forcejeado para liberarse de alguna atadura. Y por lo que he leído, el de Reláñez tampoco.

Los dos policías se quedaron en silencio.

―Los casos son casi idénticos, salvo por lo del ojo ―concluyó Sallent.

―¿A qué se refiere?

El andorrano la miró sorprendido.

―¿No ha leído el informe de la autopsia de nuestra víctima?

―No he tenido la oportunidad. Prácticamente acabo de enterarme de la coincidencia en Interpol. ¿Qué le pasó en el ojo?

Sallent se encaminó de nuevo hacia el coche.

―Será mejor que lo vea usted misma.