Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Después de veinte minutos dando vueltas por calles sinuosas de inclinaciones imposibles, Laura encontró un hueco para estacionar el coche que le había prestado la madre de Julián. Caminó cuesta abajo hacia el centro de Andorra la Vella, la capital del Principado, a remolque de su barriga.

La ciudad estaba emplazada en un valle escoltado por montañas arboladas que velaban el horizonte. Todo lo contrario a la meseta patagónica. A medida que bajaba, los edificios residenciales se volvían más nuevos, más lujosos y más estrafalarios.

Al llegar a la avenida Meritxell, se unió a un enjambre de transeúntes que entraban y salían de perfumerías, franquicias de comida rápida, tiendas de relojes y ropa de marcas exclusivas.

De no ser por los numerosos establecimientos de tabaco y sucursales bancarias, la avenida Meritxell le habría parecido el hall de un gran aeropuerto al aire libre.

Se detuvo frente a una escultura de Salvador Dalí: los clásicos relojes derritiéndose. Desde allí le hizo una videollamada a Julián.

―Me quiero mudar a Andorra ―le dijo en cuanto él atendió―. No sabés lo fresquito que está. En Barcelona me estaba cocinando.

―Pues solo necesitas un canal de YouTube que facture millones.

―Muertos hay en todos lados. No creo que me falte trabajo.

―Ahora que lo mencionas, ¿has podido hablar con Sanahújar? Necesitaba contactarte. Me ha llamado su secretaria.

―Sanahújar no tiene secretaria, sino secretario.

―Pues a mí me… Espera, ¿no tienes ninguna llamada perdida de ellos?

―No.

―Qué raro. Me dijo que te había intentado ubicar pero tenías el móvil apagado o sin cobertura. Aunque de camino a Andorra pasaras por sitios sin señal, te tendrían que figurar las llamadas perdidas.

Desde luego, era extraño.

―No pasa nada. Ahora mismo la llamo y resolvemos el misterio.

Al levantar la vista, vio la bandera andorrana flameando en la fachada de hormigón de una construcción de tres pisos.

Había llegado al edificio del Obac, la sede central de la policía del Principado.

Se despidió de Julián con un sonoro beso y después hizo una vocecita aguda para decir «Chau, papá. Nos vemos prontito».

Dentro, el edificio olía a tinta de impresora y a ambientador de manzana.

―Buenos días. Soy Laura Badía. Trabajo para la policía argentina ―le dijo al único agente apostado en la mesa de entrada―. Tengo información sobre el homicidio de Stefan Wachter. Necesito hablar con el responsable de la investigación.

El policía puso cara de póker. Era bueno. Su semblante no dejaba entrever si sabía o no del caso del que le hablaba. Aunque Laura suponía que, en un país de solo 85.000 habitantes, era imposible que un policía no se hubiese enterado de un crimen tan peculiar.

―Tome asiento un momento, por favor.

Laura se sentó en un banco de madera junto a la pared y oyó de fondo al policía hablar por teléfono en catalán. Después de dos años en pareja con Julián, comprendía bastante bien el idioma, pero el agente había sido tan discreto que ella apenas logró reconocer el d’acord final.

―Ahora baja un compañero ―dijo, y se puso a mirar unos papeles.

Quince minutos después, las puertas del ascensor revelaron a un hombre de más de cincuenta años que vestía vaqueros y una chaqueta de cuero negra por encima de una camiseta del mismo color.

Su delgadez extrema solo cedía a la altura de la cintura.

La cara bronceada, de mejillas hundidas y pómulos marcados, el pelo rizado con varias canas y una barba gris y rala le daban el aspecto desgarbado de un excantante de rock.

―Buenos días. Soy el inspector Enric Sallent, a cargo de la Unidad de Homicidios. El agente me ha dicho que tiene información para nosotros.

―Trabajo para la policía de la provincia de Santa Cruz, en Argentina.

Apareció una coincidencia en la base de datos de Interpol entre un asesinato que hubo en la Patagonia hace un año y uno en Andorra hace dos días.

Ambas víctimas murieron por cartuchería de escopeta y les metieron post mortem en la herida un proyectil de pistola 9 milímetros.

―¿Y qué necesita exactamente?

―Intercambiar información. Si concluimos que podría tratarse del mismo homicida, deberíamos plantear una investigación conjunta.

―Escúcheme, señora…

―Comisaria inspectora Laura Badía ―dijo mostrándole su credencial.

―Comisaria inspectora, es cierto lo que usted dice: tenemos un cadáver con esas características.

Hasta ha salido en las noticias. También estoy al tanto de la coincidencia con el caso de Argentina.

Pero no he recibido órdenes de compartir información con nadie.

Tampoco me han informado de que se presentaría usted aquí.

―Ni le informarán. Estoy de vacaciones visitando a la familia de mi pareja, en Barcelona. Me enteré de la coincidencia en Interpol por un colega. No podía dejar de venir, nuestro caso lleva un año estancado.

El hombre inspiró hondo y la miró a los ojos.

―La entiendo. Yo en su lugar habría hecho lo mismo. Pero no puedo saltarme las normas. Seguramente habrá un intercambio de información a través de Interpol. Incluso es probable que usted y yo acabemos colaborando por vía telemática.

―¿Vía telemática? Estamos cara a cara. Acá. Ahora. ¿Hay algo mejor que eso?

El hombre respondió mostrándole las manos vacías.

―No puedo ayudarle, de verdad.

Laura insistió un par de veces, pero no hubo caso. Hacer que un policía de servicio cambiara de opinión era como sacarle una respuesta a una pared. Ella había sido muchas veces esa pared.

―Permítame al menos que le deje mi número. Si en algún momento puedo ser útil, solo tiene que avisarme. Estaré en Barcelona dos semanas más.

El hombre recibió la tarjeta de Laura sin ofrecerle la suya a cambio. Después se disculpó y dio por zanjado el encuentro anunciándole que debía volver a trabajar.

―¿Ya recibieron el informe toxicológico de la víctima? ―dijo Laura mientras Sallent esperaba el ascensor.

―No puedo facilitarle esa información.

Eso era un sí. De lo contrario, el policía le habría dicho que no para sacársela de encima lo antes posible.

―¿Escopolamina? ―aventuró ella.

La puerta de acero inoxidable se abrió con un «ding», pero el hombre se quedó inmóvil, mirándola a los ojos.

Vas bien , se dijo Laura a sí misma.

―¿Le gusta la cerveza, inspector Sallent?

―¿Eso a qué viene?

Laura volvió a acercarse a él y le ofreció la mano para que la estrechara.

―Le apuesto una cerveza a que en menos de cuatro horas, después de que usted lea a fondo el informe del homicidio de Ushuaia, me llamará por teléfono. En el toxicológico de nuestra víctima también hay escopolamina.

―Si la llamo, dé por hecho que pagaré yo las cervezas.

Laura arqueó la espalda para hacer su barriga aún más prominente.

―Para mí, sin alcohol. Es más cara pero, considerando mi estado, no creo que vaya a objetar.

Giró sobre los talones y salió del edificio sin saludar a Sallent ni al agente de la recepción. Cuando el aire fresco le lamió la cara, sonrió.

―Yo diría que acabamos de meter un gol al ángulo, Pichona ―dijo, acariciándose el vientre.