CAPÍTULO 1
UN AÑO DESPUÉS
Cuando sonó el teléfono, Laura estaba con Julián, su pareja, justo debajo de la mandíbula del Custossaurus sarai , el dinosaurio carnívoro más grande encontrado hasta la fecha.
Se sorprendió al ver en la pantalla el nombre de Rodolfo Lamuedra.
Casi no había hablado con él desde el caso del coleccionista de flechas.
¿Cinco años habían pasado ya? Increíble. Aunque, considerando cómo había terminado todo…
Laura animó a Julián a que siguiera recorriendo la exhibición y se sentó en uno de los largos bancos afelpados del museo.
―¿Comisario?
―Laura, querida. ¿Cómo va todo?
―Muy bien. Gracias.
―¿Estás en Barcelona, no? ¿O me informaron mal?
―Le informaron bien.
―¿Qué tal la vida en pareja?
―Veo que está al tanto.
―Es fácil seguirte la pista. Muy pocos policías destacan como vos. Y la gente habla. «La ascendieron a comisaria inspectora». «Es jefa de la policía científica». «Trabaja de lunes a viernes en Río Gallegos y se va los fines de semana a El Chaltén». «Está en pareja con un español dueño de un hotel».
Laura miró a Julián, que se alejaba entre réplicas de fósiles gigantes. Parecía disfrutar como un niño. En cuanto se había enterado de que el Museo de la Ciencia barcelonés organizaba una exposición de dinosaurios de la Patagonia, le había dicho a Laura que no podían perdérsela.
Verlo observar aquellos esqueletos con tanta ilusión la tranquilizaba. Julián sería un buen padre. Ella, por otro lado…
―Supongo que también se habrá enterado de que estoy embarazada. De seis meses. Una nena.
―¡Eso no lo sabía!
Lamuedra se deshizo en felicitaciones. Le habló de sus propios hijos, le aconsejó que aprovechara para dormir y le preguntó cómo se encontraba.
―Bien. El primer trimestre con algunas náuseas pero, considerando lo que les pasa a otras embarazadas, no me puedo quejar.
―¿Ya elegiste el nombre?
―De momento, la llamo Pichona ―respondió Laura, acariciándose la barriga.
―Yo te sugeriría que busques algo más clásico.
―Usted me conoce, comisario. A mí lo clásico suele traerme problemas.
Lamuedra tardó unos segundos en responder. Quizás estaba decidiendo si las palabras de Laura eran autorreflexión o reproche.
―Hablando en serio, Laura, no sabés la alegría que me da. De verdad. Se viene la aventura de tu vida.
―Gracias, comisario. Ahora dígame en qué puedo ayudarlo.
―Sí… No… Yo… Nada. Nada, no tiene importancia. Era para comentarte una cosa, pero… si me hubieran dicho que estabas embarazada, ni se me hubiese ocurrido llamarte.
―Estoy más gorda y más cansada, nada más. Cuénteme.
―No me parece apropiado. Bastante dudé de si molestarte en tus vacaciones.
―¿Por qué no me lo dice de una vez y deja que yo decida si me molesta o no?
La sorprendió su propio tono. Unos años atrás habría sido incapaz de hablarle así a Lamuedra. Pero el comisario ya no era su superior ni ella tenía las hormonas para tanta formalidad.
Desde las patas de otro dinosaurio, Julián la miró, le sonrió y le hizo un gesto para preguntarle si todo iba bien. Ella le respondió con el pulgar hacia arriba y le tiró un beso silencioso.
―Vos no estás muy lejos de Andorra, ¿no? ―preguntó Lamuedra.
―Creo que no. Me parece que son unas tres horas en coche.
―Eso es lo que vi por internet. Te llamaba para sugerirte que te acerques hasta allá.
Las cuatro cosas que Laura sabía del Principado de Andorra se las había contado Julián: que era un pequeño país entre España y Francia, que el idioma oficial era el catalán, que estaba lleno de argentinos instructores de esquí y que muchas de las grandes fortunas de España se escondían en sus bancos.
―¿Y qué hay en Andorra que pueda interesarme, comisario?
―El cadáver de Stefan Wachter. Sesenta y un años. Asesinado antes de ayer de un disparo en el pecho con cartuchería de escopeta a corta distancia. ¿A que no adivinás qué más había dentro de la herida?
―No me diga…
―Un proyectil de 9 milímetros introducido post mortem .
Laura no supo qué contestar. Consideró por un segundo que pudiese tratarse de una broma del comisario, pero sabía que Lamuedra no hacía ese tipo de chistes.
―Eso es muy parecido al homicidio de Manuel Reláñez en Ushuaia hace un año, ¿no?
―Es idéntico. ¿Cómo se enteró de esto, comisario?
―Saltó una alerta internacional. Como Ushuaia es una romería de turistas extranjeros, la policía de Tierra del Fuego tuvo el buen tino de meter los datos del caso en el sistema de Interpol. En cuanto los de Andorra hicieron lo mismo, saltó la semejanza.
Hasta ahí, tenía sentido. Lo que Laura no entendía era por qué la estaba llamando Lamuedra, que seguía siendo comisario en Puerto Deseado, el pequeño pueblo donde Laura había nacido y había pasado gran parte de su vida, incluyendo los inicios de su carrera profesional.
Ahora ella llevaba cinco años fuera del pueblo y Puerto Deseado no compartía jurisdicción con Ushuaia, porque pertenecían a diferentes provincias.
¿Por qué la llamaba Lamuedra y no alguien de la Policía Federal o la de Tierra del Fuego?
―Sabías que nunca encontraron al responsable del homicidio de Reláñez, ¿no?
Por supuesto que Laura lo sabía, aunque entendió por qué el comisario se lo preguntaba.
Ella solo había participado al principio del caso como sustituta durante dos meses.
Por aquella época, los únicos dos criminalistas de Tierra del Fuego habían tenido la increíble puntería de sufrir un infarto y un accidente de tráfico con menos de una semana de diferencia.
Entonces la policía de la isla pidió ayuda a Santa Cruz, la provincia más cercana, y Laura pasó sesenta días a préstamo en Ushuaia.
―Sí. Sigo en contacto de vez en cuando con los de Tierra del Fuego. ¿Qué tiene que ver usted con esto, comisario?
―Absolutamente nada ―rió Lamuedra―. Me enteré de casualidad. Estoy en Río Gallegos en un congreso y Sanahújar me habló del caso. La contactó el jefe de la policía de Tierra del Fuego para pedirle que te notificara, pero ella se negó porque estabas de vacaciones.
La comisaria mayor Valentina Sanahújar era una de las autoridades máximas de la policía de Santa Cruz. En el organigrama, solo había dos personas entre ella y el ministro de Seguridad. Y también era la jefa directa de Laura, que llevaba un año como directora general de la policía científica.
―Yo le insistí ―continuó el comisario―. Supuse que estarías en Barcelona, pero me repitió que no pensaba contactarte. En ningún momento me dijo que estabas embarazada. Viste cómo es.
Mientras más conocía a Sanahújar, Laura más admiraba su profesionalidad.
―Y si mi jefa directa decidió no contactarme, ¿por qué lo hace usted?
―Porque te conozco. Si alguna vez te enterás de que estuviste a menos de trescientos kilómetros de ese cadáver y no te dije nada, no me lo perdonarías.
Laura sonrió en dirección a Julián, que ahora estaba de pie junto a una tortuga fósil gigante. Al mirarla, infló las mejillas de aire y aleteó con los brazos lentamente, como si estuviera nadando. Definitivamente, sería un gran padre.
―Tiene razón, comisario. Hace bien en avisarme. Se lo agradezco. Ahora mismo llamo a Sanahújar.
―Negaré haber sido yo quien te lo dijo.
―Negaremos todo, comisario. No será el primer secreto que nos llevemos a la tumba.
Ambos rieron y Laura volvió a agradecerle.
―Una última cosa, Laura.
―Dígame.
―Esa nena se ganó la lotería. Te conozco y sé que vas a ser una madre excelente.