Los crímenes del tango (Laura Badía, criminalista. Noelia Viader, ladrona 2)
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PRÓLOGO
La doctora Agustina Peñasol se frotó las manos y sopló dentro de ellas antes de ponerse los guantes de nitrilo negros y entregarle un par a Laura Badía.
―Hace tres días que no oigo el motor encenderse ―dijo la forense, señalando la cámara frigorífica.
A Laura esas puertas cuadradas de acero inoxidable siempre le habían recordado a la heladera de la carnicería de Puerto Deseado donde su tía Susana la mandaba de pequeña a comprar para el asado de los domingos―.
Eso significa que hace más frío fuera de la cámara que dentro.
Laura asintió y reprimió una sonrisa. Agustina tenía acento del noreste del país.
No sabría decir la provincia. Corrientes, quizás.
O Chaco. En cualquier caso, lugares mucho más cercanos al trópico de Capricornio que a la Antártida.
Sitios donde, Laura suponía, las bufandas eran consideradas objetos exóticos.
Pusieron juntas el cadáver sobre la mesa de autopsias. Hombre. Entre treinta y cuarenta años. Pelo corto, mandíbula cuadrada y muchos tatuajes. El que más llamó la atención de Laura era una serpiente que atravesaba la mejilla izquierda.
La forense señaló el corte desde la nuez de Adán hasta el pubis.
―Terminé la autopsia anoche, tarde. Me costó encontrar a alguien en el edificio que me ayudara a volver a meterlo en la cámara. Pensé en dejarlo sobre la mesa, pero tenía miedo de que se congelara .
Laura sonrió ante la exageración. Agustina debía de tener a lo sumo treinta años.
Entre su juventud, su acento marcado y la tela del guardapolvo blanco tensa por tantas capas de ropa debajo, Laura calculó que no podía llevar más de unos meses en la ciudad de Ushuaia.
Y se necesitaba mucho más tiempo que eso para acostumbrarse al frío de Tierra del Fuego, en el sur más extremo de la Patagonia.
―La llamé porque nunca había visto algo así ―dijo la médica con cierto brillo de ilusión en los ojos.
Laura tuvo ganas de preguntarle si con «nunca» se refería a los tres años desde que había terminado la residencia de medicina forense.
Agustina señaló un orificio del tamaño de una moneda junto al esternón, un par de centímetros a la izquierda del corte de la autopsia.
―¿Cartuchería de escopeta disparada a corta distancia? ―aventuró Laura.
―Exacto, los perdigones entraron haciendo bala. Extraje trescientos once del siete y medio.
Era normal que Peñasol nunca se hubiera encontrado con algo así en su corta carrera profesional, pensó Laura.
Ella, por el contrario, había visto más de una docena de heridas similares en sus dieciséis años como policía.
Cuando los perdigones salían del cañón de una escopeta, durante los primeros metros se comportaban como una munición única.
A eso se le llamaba «hacer bala». Viajaban juntos y, al impactar, abrían un boquete como el que le había quitado la vida a Manuel Reláñez, el hombre sobre la mesa.
―Esa cantidad de perdigones coincide con la que trae un cartucho 12/70, la munición más común para escopetas ―comentó Laura―. No es algo que se vea todos los días, pero tampoco es tan inusual.
La forense negó con la cabeza.
―No es la herida lo que me extraña, sino lo que encontré dentro. Además de los perdigones.
Agustina se acercó a unas estanterías en las que convivían libros, un microscopio y una cafetera. Cuando estiró una mano para buscar algo, una costura del guardapolvo se le desgarró a la altura de la axila con un crrrrr rápido.
―Siempre es mejor usar uno o dos talles más grandes ―le aconsejó Laura―. Bienvenida a la Patagonia.
Agradeciendo el comentario con una sonrisa, Peñasol recogió de la estantería una cajita de acrílico transparente, la sacudió como si fuera un sonajero y la apoyó junto a la cabeza del cadáver. Dentro había un proyectil de arma de fuego, posiblemente nueve milímetros, aplastado por el impacto.
―Encontré esto a dos centímetros del corazón.
―¿En el cuerpo no hay ningún otro orificio de entrada? ―preguntó Laura, aunque el entusiasmo con el que le hablaba Agustina ya le daba la respuesta.
―No ―contestó la forense. Parecía estar haciendo un esfuerzo por no sonreír de oreja a oreja y decir «frío, frío».
―La otra alternativa que se me ocurre es que los dos disparos hayan entrado por el mismo orificio ―sugirió Laura―. Es muy poco probable, pero no puede descart…
Agustina ya estaba negando. Abrió la cajita de plástico y le ofreció una lupa.
―Mire los pliegues.
Como todos los proyectiles que se detenían abruptamente, ese pedacito de plomo se parecía más a un chicle mascado que a la punta de una bala. En los dobleces habían quedado capturadas pequeñas esquirlas teñidas del marrón de la sangre oxidada.
Agustina señaló el microscopio balístico.
―Son astillas de madera ―dijo―. Según el ingeniero agrónomo con el que consulté, muy probablemente pino o alguna otra conífera.
Aunque en su carrera como criminalista Laura había visto coincidencias más improbables que sacarse la lotería dos veces, esto le pareció demasiado.
―¿Me estás diciendo que esta bala fue disparada en otra dirección, rebotó en algo de madera y entró justo por el orificio que abrieron los perdigones?
Agustina abrió grandes los ojos. No solo parecía sorprendida, sino también decepcionada.
A Laura le dieron ganas de mandarla, como decía Julián cuando se enfadaba, a freír espárragos.
No lo hizo porque la forense le recordaba un poco a ella hacía diez años.
Era una mujer joven que intentaba utilizar su obsesión por la muerte para algo de provecho.
―No ―respondió la médica, con una nubecita de vapor acompañando sus palabras―. Para mí, la explicación es más simple. Y, con todo respeto, más probable.
Agustina empuñó con ambas manos una escopeta imaginaria y la apuntó al pecho de Laura.
―Le dispararon. Los perdigones entraron haciendo bala. Una herida fatal. Post mortem , el asesino le introdujo a mano un proyectil previamente disparado.
Sacó del bolsillo un objeto igual de imaginario que la escopeta y, con un gesto teatral, lo metió dentro de la herida hasta que los nudillos hicieron tope.