Los crímenes del Estanque Azul (Inspectora Lesley Clarke 7) Capítulo 82
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Capítulo 82

CAPÍTULO OCHENTA Y DOS

Dennis aparcó en el aparcamiento junto a la playa de Sandbanks, procurando que no lo vieran desde la casa.

No había ni rastro de otros vehículos policiales en la zona. Las unidades de respuesta y de armas de fuego serían fáciles de detectar; puede que no todas estuvieran rotuladas, pero él sabía qué aspecto tenían sus furgonetas.

Consultó el reloj. Habían pasado cuarenta y cinco minutos desde que salió de Dorchester.

—¿Dónde se habrán metido? —masculló.

—Ya vendrán —dijo Katie.

Él la miró. Era tan joven.

—¿Ha participado alguna vez en una detención como esta? —le preguntó Dennis.

—¿Por asesinato?

—O por crimen organizado.

—No. —Su expresión era de tensión.

—Todo irá bien —le dijo—. Nosotros apenas hacemos nada. Son los agentes de armas de fuego quienes hacen todo el trabajo duro.

—¿Cree que los Kelvin nos dejarán pasar por esa puerta ?

—Lo dudo. Pero mi plan es conducir hasta allí, solo nosotros, y tocar el timbre como si fuera una visita de rutina. Ayer dejó entrar a la jefa; puede que hoy haga lo mismo con nosotros.

—¿Y dónde estarán los agentes de armas de fuego? —preguntó. Tenía los ojos muy abiertos.

—Estarán más atrás en la carretera, fuera de la vista.

En cuanto se abran las puertas, retrocederemos y ellos entrarán.

—Notó la tensión en el rostro de ella—. No se preocupe.

Estará a salvo. Me alejaré de la casa y aparcaré a una distancia prudencial.

Usaremos la radio para comunicarnos con las unidades hasta que hayan asegurado la vivienda.

—¿Cree que habrá armas allí dentro?

—Hay muchas posibilidades. Pero los agentes de armas de fuego las neutralizarán.

—Así que no tendré que entrar para nada.

—Los agentes de armas de fuego y la unidad de respuesta inmovilizarán a Kelvin y a cualquier otra persona que sea necesario. Se asegurarán de que los niños que haya dentro estén a salvo. Luego entraremos nosotros. Realizaremos la detención.

El rostro de Katie había palidecido. Dennis le dedicó la mejor sonrisa que pudo esbozar.

—Todo irá bien —le dijo.

—Si usted lo dice.

Sonó su teléfono.

—Dennis, soy Lesley. La unidad de armas de fuego está a cuatro minutos. ¿Estás en posición?

—Estoy en el aparcamiento de la playa.

—Me aseguraré de que lo sepan. También se os unirán los uniformados, alguien para encargarse de los civiles.

—Y de los niños también —dijo Dennis. Había al menos dos allí dentro.

«Pobres criaturas» .

—No te preocupes, Dennis —le dijo Lesley—. Se trata de Kyle Kelvin. Tengo a medio cuerpo de la policía de Dorset de camino hacia allí.

—Gracias, jefa —dijo Dennis y soltó un suspiro.

—Buena suerte.

Vio movimiento en el espejo retrovisor: una furgoneta azul oscuro que entraba en el aparcamiento.

—Ya están aquí —dijo. Colgó, fue al maletero del coche de la jefa, esperando que tuviera chalecos antipuñaladas allí dentro, y sacó dos con alivio.

Katie seguía en el asiento del copiloto. Él se metió en el asiento del conductor y le entregó uno.

—Póngase esto.

—Dijo que sería seguro.

—Y lo será. —La miró. «Seguro que ha recibido formación para realizar detenciones de alto riesgo»—. ¿Necesita que la saque de la escena? Los uniformados pueden llevarla...

—No. Rotundamente no —lo interrumpió con el ceño fruncido.

—Bien. —«Pues asegúrate de estar a la altura, entonces»—. Espere aquí.

Dennis se acercó a la furgoneta, que había aparcado a dos plazas de distancia. Por suerte, en febrero el aparcamiento estaba tranquilo y no habían atraído la atención. Eso cambiaría pronto.

Una mujer bajó del asiento del conductor de la furgoneta.

—Sargento Frampton, soy Donna Turnberry.

—Ya nos conocemos. —Dennis la recordaba del caso de Lyme Regis. Los Kelvin le habían tendido una trampa a su colega, Christian Davison.

—He hablado con su inspectora y he compartido con mi equipo las imágenes del hombre al que debemos detener. —Turnberry asintió.

—Bien. Es probable que también haya una mujer anciana allí dentro. Una pieza de cuidado, pero no se la busca por nada. Y niños.

—Tendremos que esperar a una unidad convencional, entonces. —Una sombra cruzó el rostro de la agente—. Los niños se aterrorizan cuando nos ven.

Hizo un gesto hacia su uniforme: chaleco antibalas, metralleta, escopeta, casco. Dennis lo entendía.

Entró otra furgoneta, esta sí rotulada. Un hombre bajó de un salto y se acercó a ellos.

—Sargento Wright, de la unidad de respuesta. ¿Necesitan ayuda?

—Estamos aquí para detener por asesinato a un conocido miembro del crimen organizado. Es probable que haya armas en la propiedad, pero también habrá niños.

Wright asintió.

—Entraremos nosotros una vez que los agentes de armas de fuego declaren que es seguro.

Dennis asintió. Sabía que eso era lo mejor que podía hacer. Solo cabía esperar que esos niños no quedaran demasiado traumatizados.

Alguien tendría que llamar, y pronto, a los servicios sociales.

Miró por detrás de los dos sargentos cuando entró otra furgoneta azul.

—¿Esos vienen con usted? —preguntó.

—Ese es el equipo del sargento Gates —dijo Turnberry al darse la vuelta—. ¿Qué hacen aquí?

La furgoneta aparcó al otro lado del aparcamiento. Un Mercedes gris la siguió y aparcó a su lado.

Un hombre bajó del coche.

Dennis se quedó mirándolo fijamente.

¿Qué demonios estaba pasando?