Capítulo 65
CAPÍTULO SESENTA Y CINCO
Gail se sentía aliviada de pasar el día al calor del laboratorio. Dos días a la intemperie bajo el frío mordaz del Estanque Azul le habían provocado una tos persistente, y se alegraba de estar en un lugar cálido y seco, tomando té sin parar.
Regresó de la cocina con una bandeja con cuatro tazas. Una para Gav, otra para Brett y dos para ella. Esperaba que el té caliente la ayudara a quitarse el resfriado. De ninguna manera iba a perderse la boda de Lesley y Elsa el sábado.
—¿En qué estás trabajando? —le preguntó a Gav mientras dejaba una taza en su mesa de trabajo.
—He sacado las huellas del cucurucho de patatas y ahora estoy cotejando lo que tenemos con la base de datos nacional de la policía.
Gail asintió y dio un sorbo ruidoso a su té.
—Pensaba que estarías trabajando con la sangre y la piel que encontraste ayer en la casa de los Kelvin.
—Eso está ahí —dijo él, señalando a Brett.
—Le estoy echando un ojo —dijo Brett—. Esperando a que termine una prueba Plex-S.
Gail sonrió. Fue a su escritorio y se sentó, cerrando los ojos unos instantes. ¿Se daría cuenta alguien si echaba una cabezadita?
La voz de Gavin la sobresaltó.
—Gail, ven a ver esto.
Gail abrió los ojos. ¿Se había quedado dormida?
Se puso en pie, frotándose los ojos y esperando no haber estado roncando. Fue hasta la mesa de Gavin con paso vacilante.
—¿Qué pasa? —preguntó mientras se despabilaba. «Despierta».
—Las huellas del cucurucho. Tengo una coincidencia.
—Buen trabajo —dijo Brett al otro lado de la habitación, inclinado sobre un monitor.
Brett estaba en su mesa de trabajo cuando Gail se sentó. ¿Cuándo se había movido?
—¿De quién son? —preguntó la forense, frotándose el puente de la nariz y reprimiendo una tos.
—De Arthur Kelvin —dijo Gavin, que la miró por encima del banco de trabajo.
—¿En serio? —preguntó con una sonrisa.
—En serio. —Señaló él la imagen de la pantalla—. Mira, hay un patrón.
Gail rodeó la mesa y se puso a su lado, mirando la pantalla.
—Tienes razón —afirmó Gail.
La imagen mostraba un patrón de huellas muy claro.
—Es lo que cabría esperar si lo hubiera tenido en la mano —dijo Gavin. Cogió un cucurucho de cartón de su escritorio.
—¿Y eso qué es? —preguntó ella.
—Fui al Chipperies anoche y pedí un cucurucho. —Sonrió de oreja a oreja—. Lo he estado sujetando de diferentes maneras, comparando las huellas con las que encontramos.
—¿Y concuerda?
—Así es —contestó él.
—Vale —dijo Gail—. Pero, por favor, dime que has encontrado más huellas. A ver, ya sabemos que Arthur Kelvin estuvo cerca del cucurucho.
—Lo siento. —Gavin torció el gesto—. Solo hay un juego de huellas.
—En fin —dijo Gail con un suspiro—. Al menos sabemos una cosa con seguridad: adónde fue Arthur Kelvin en las horas previas a su muerte.