Capítulo 63
CAPÍTULO SESENTA Y TRES
Lesley entró en el aparcamiento a las siete y media. Apagó el motor y se recostó en el asiento, frotándose el entrecejo.
Había pasado una velada encantadora con Elsa la noche anterior. Habían ido al Arbor en Bournemouth, donde pidieron una botella de Prosecco para celebrar su boda por adelantado. Elsa se había mostrado juguetona y sexy, y aquello le había recordado a Lesley sus primeros meses juntas.
Ahora se arrepentía. Media botella de Prosecco sumada a un encontronazo matutino que se negaba a calificar de discusión, por no mencionar la casi certeza de que hoy tendría que lidiar de nuevo con los Kelvin. Todo aquello le estaba dando una resaca de mil demonios.
Se inclinó y buscó en la guantera. Sacó un paquete de paracetamol, se tragó dos con el agua que había en el portavasos e hizo una mueca al pensar que la botella probablemente llevaba allí una semana. Respiró hondo un par de veces, obligándose a no vomitar.
Tres días. A Lesley le quedaban tres días para su boda y tenía que cerrar este caso .
Con suerte, los forenses les darían lo que necesitaban. Y, con suerte, Carpenter la dejaría hacer su trabajo.
Se miró en el espejo retrovisor, se limpió el rímel bajo los ojos y salió del coche. Movió los hombros en círculos mientras caminaba, desesperada por activar la circulación.
«Espabila, mujer».
—Buenos días, Tony —dijo al entrar en la zona de recepción.
—Buenos días, señora —respondió el sargento de guardia.
Llevaba casi dos años allí y él seguía insistiendo en llamarla señora.
—Se casa dentro de tres días, ¿verdad, señora?
—¿Cómo lo sabes? —Lesley se detuvo y se volvió hacia él.
—Tengo mis fuentes. —Se dio un golpecito en un lado de la nariz—. En cualquier caso, me han dado un mensaje para usted. El superintendente Carpenter quiere verla.
Toda la energía que había conseguido reunir se le escapó en un instante.
—¿Ahora?
—Ya conoce al jefe —dijo, encogiéndose de hombros.
Lesley asintió con brevedad y se dirigió al ascensor. No estaba para escaleras.
Dos minutos después estaba ante el despacho de Carpenter, llamando a la puerta.
—¿Quién es?
—La inspectora Clarke, señor.
—Adelante.
Empujó la puerta y encontró a Carpenter en el sofá rinconero; la inspectora Pilton, de Crimen Organizado, estaba en la silla situada en ángulo recto con el sofá.
—Señor —dijo ella—. Y Samantha, me alegro de verte.
—Mmm —respondió la inspectora.
—¿Qué puedo hacer por usted, señor?
—Ven, siéntate. —Carpenter dio unas palmaditas en el sofá, a su lado. Lesley reprimió una mueca y arrastró una silla que había junto al escritorio. Él levantó las cejas con desaprobación mientras ella se sentaba.
—Señor —dijo ella—, supongo que, estando aquí la inspectora Pilton, esto está relacionado con el caso Kelvin.
—¿Puedo ser franca contigo, Lesley? —preguntó la inspectora Pilton.
—Creo que lo vas a ser, diga yo lo que diga.
— Touché. En ese caso, debes saber que el jefe ha encontrado la forma de calmar lo que podrían haber sido aguas muy turbulentas.
«Basta de metáforas».
—¿Y qué aguas turbulentas serían esas, Samantha?
—Creo que eres consciente de que tu investigación por asesinato ha interferido en una de nuestras operaciones principales.
—Me han informado de ello, sí. —Lesley miró a Carpenter—. Pero comprenderás que...
—El superintendente está dispuesto a dejarlo pasar, esta vez.
«¿Ah, sí?». Lesley miró a Carpenter. Tenía los dedos entrelazados sobre la rodilla y se los miraba como si fueran lo más interesante de la sala.
«Cabrón. Se las ha apañado para que una inspectora le haga el trabajo sucio».
—Si nos ayudas con algo —continuó Pilton.
—Eso depende de lo que sea —dijo Lesley mirándola. Le dolía la cabeza.
—Ya me imaginaba que dirías eso —dijo Pilton echándose hacia atrás—. Esto no puede salir de aquí. Nada de contárselo a tu equipo.
—Especialmente al sargento Frampton —intervino Carpenter.
Lesley lo miró. ¿A qué venía mencionar a Dennis en concreto?
—Está bien —dijo ella—. Confidencial. —Los planes y conversaciones entre departamentos a menudo se ocultaban a los agentes de menor rango. No era nada nuevo.
—En ese caso, quiero que dejes en paz a Kyle Kelvin. —La inspectora Pilton descruzó y volvió a cruzar las piernas y ladeó la cabeza, lanzando a Lesley una mirada penetrante.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—¿Vas a decirme por qué?
Lesley miró a Carpenter, que se lamió los labios.
—Lesley —dijo Carpenter—. Ayer mencioné una operación. No puedo divulgar todos los detalles, pero baste decir que implica a la unidad de la inspectora Pilton y a sus homólogos del cuerpo de Devon.
—Habéis estado vigilando a Kyle Kelvin. Preparando un caso para poder detenerlo por sus redes de tráfico de drogas.
Carpenter frunció el ceño, pero no dijo nada. No hacía falta ser un genio para saber que Lesley tenía razón.
—Estoy seguro de que comprenderás, Lesley, que una operación así... es delicada, frágil. Se tarda meses en preparar... —Carpenter le dedicó una sonrisa forzada.
—Años —dijo Pilton.
—Se tarda años en preparar. —Al ojo derecho de Carpenter le dio un tic—. No puedo permitir que todo se desmorone porque tengas al señor Kelvin en el punto de mira.
—Por asesinato —dijo Lesley—. Posiblemente más de uno.
—Morirá gente si no atrapamos a este hombre —dijo Pilton—. Gente que importa. No solo miembros de la familia Kelvin.
—¿Desde cuándo se clasifica a las víctimas de asesinato? —Lesley la miró.
—No seas ingenua, Lesley.
—La realidad es, inspectora Clarke, que te estoy dando una orden. —Carpenter se aclaró la garganta—. Y espero que la cumplas.
—Señor. Acudiré a usted antes de que mi equipo o yo detengamos a nadie. ¿Es suficiente con eso?
—No, no lo es —dijo Pilton.
—Ven a verme si hay alguna novedad importante —añadió Carpenter con el ceño fruncido.
—Lo haré. ¿Eso es todo?
—Sí —dijo Pilton. Al ojo de Carpenter le volvió a dar el tic. Lesley miró a uno y a otra.
—Puedes retirarte —dijo Carpenter.
Lesley se puso en pie, se alisó la falda con las manos y se dirigió a la puerta. Estaba sudando.
Justo cuando ponía la mano en el pomo, Carpenter habló.
—¿Cómo está el sargento Frampton, Lesley?
—¿Por qué lo pregunta? —Se dio la vuelta.
—Solo me preocupa su bienestar —dijo con una sonrisa.
«Ya, claro», pensó Lesley antes de contestar.
—Le han dado el alta para volver al trabajo. Su aportación es muy valiosa.
—Qué bien. Me alegra oírlo.